“Yo no creo en ceguas ni en micas brujas”, dice don Rufo. ()

Don Rufo Zeas, el bachiller más viejo de Jinotega

Estaba en la fila de los adolescentes que solicitaban ingresar a secundaria. Los maestros que estaban matriculando le preguntaron: “¿Y usted señor, a quién viene a matricular?” “Pues a mí mismo”, respondió. Nadie quería creerle… porque Rufo tenía 35 años [doap_box title=»Las vaquitas bautizadas» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Ahora don Rufo Zeas está jubilado y vive de […]

  • Estaba en la fila de los adolescentes que solicitaban ingresar a secundaria. Los maestros que estaban matriculando le preguntaron: “¿Y usted señor, a quién viene a matricular?” “Pues a mí mismo”, respondió. Nadie quería creerle… porque Rufo tenía 35 años
[doap_box title=»Las vaquitas bautizadas» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Ahora don Rufo Zeas está jubilado y vive de su pensión. “Me excedí y sobrepasé las 750 cotizaciones. Me dijeron que el excedente me lo iban a reconocer, pero era mentira, me dieron una suma de miseria. Pero vivo feliz porque después de tantos años ya pude comprar mi novena vaquita”.
Para que no se vayan al Limbo don Rufo ha puesto nombre a sus vaquitas. “La primera se llamaba ‘Luisa’, pero me la robaron con todo y nombre. Las otras eran ‘La Blanquita’, ‘La Muñeca’, ‘La Muca’, ‘La Mariposa’, ‘Betty la Fea’, ‘La Chabela’, ‘La Pelo de Maíz’ y ‘La Tuerce Rabos’.

[/doap_box]

No cacha ni picha, pero…

Tiene la fama de ser el bachiller más viejo de Jinotega. Pero él no cree que eso sea una hazaña sino el efecto de una terquedad que le entró a los 35 años y que logró coronar para confirmar ante su esposa e hijos que más puede el que quiere que el que tiene.

Ahora, a los 74 años, recuerda que la secretaria del Instituto Benjamín Zeledón no lo quería matricular, pero su cuñado se fue a hablar con el director, que era el doctor José Borge Rivera, y éste autorizó y vino donde la secretaria, Emilia, se llamaba, y le dijo: “Dele la matrícula que él como ciudadano tiene el derecho de aprender”.

Han pasado 34 años desde que logró salir del Instituto con su diploma de Bachiller en Ciencias y Letras y don Vicente Rufo Zeas Arauz recuerda con fidelidad aquellos treinta y cuatro años en que anduvo de la “Ceca a la Meca” ganándose la vida ejerciendo variados oficios. La conversación de don Rufo es alegre y amena, adornada de historias y anécdotas.

El barrio La Caballeriza

¿En qué año nació usted, don Rufo?

Yo nací el 19 de julio de 1933. Por eso, después del 19 de julio de 1979 ya no sé qué celebro, si mi cumpleaños o el aniversario de la Revolución Popular Sandinista.

¿Nació en Jinotega, pero en qué barrio?

¡Claro que nací en Jinotega! En una casita que está como a 150 varas de aquí. Antes este barrio se llamaba La Caballeriza, hoy lleva el nombre de Mauricio Altamirano.

¿Por qué le decían La Caballeriza?

Eso fue en tiempos de la Guardia Nacional, había en esa parte de ahí un predio donde los guardias construyeron una especie de cuadra, eran unos cobertizos donde amarraban las mulas y los caballos después que regresaban de sus incursiones o de sus rondas, ahí le daban pienso y agua a las bestias y a veces hasta las bañaban. Era como un garaje, porque los vehículos de ese tiempo eran de cuatro patas.

¿Me imagino que era un barrio pobre?

No sé si era barrio porque en aquellos tiempos no existían los barrios, nosotros decíamos: Vamos a San Antonio, vamos a la Pilona, vamos a la Parroquia. La Pilona era un famoso balneario popular que hubo en esos tiempos, de barrios, con ese nombre, comenzamos a hablar a partir del 79 con mejor propiedad.

En la escuela del mundo

“Mis padres fueron doña Isabel viuda de Zeas, y mi papá don Amador Arauz, ambos ya fallecidos. Sólo tuve una hermana que es la profesora Alina Zeas de Rosales”, dice.

¿Por qué decidió estudiar bachillerato a una edad adulta?

Bueno, usted sabe que aquellos gloriosos tiempos uno no se dedicaba a los estudios sino que andaba como loco buscando dónde trabajar. Por eso mi primaria también la hice en dos épocas, en una terminé mi cuarto grado de 9 años y como a los 11 entré nuevamente a quinto y sexto. En ese lapso me casé y cuando entré al primer año de secundaria ya tenía dos hijos.

¿Y al fin encontró el trabajo que buscaba?

Yo fui un chavalo muy mundano, pero no por vago sino por el conocimiento que me fue dando el mundo. Muy pequeño aprendí a zapatero, de esos pone suela, pero en ese oficio iba caminando hasta que un día un amigo me preguntó si quería trabajar en otra cosa, total, cuando me vi fue trabajando en el establecimiento llamado El Batazo, donde había billares y chalupa. Mi amigo iba cantando las fichas y yo las apuntaba en una pizarrita, ahí aprendí todos los albures que acompañan ese bingo, como aquello de “el que le cantó a San Pedro no le volverá a cantar”, “el que por delante te acaricia y por detrás te pica”, “la rana mujer del sapo ya se quiere divorciar”…

¿Y de la jerga de los billareros qué aprendió?

Muy poco porque sólo trabajaba los domingos en horas de la tarde. Pero eran muy comunes, “te fuiste cholo”, “cántame el volado”, “voy dos pollos”… En ese billar no había carambolas sino tres mesas de pool, porque según el dueño, don José Palacios Herrera, el juego de carambolas tarda mucho en jugarse, en cambio el pool es rápido y da más ganancias, la mesa costaba cincuenta centavos.

Entre estudiantes te veas

Volvamos a su bachillerato, ¿cómo fue recibido en el instituto?

El primer día de clase llegué, me señalaron el aula del primer año, fui y me paré en la puerta. Todos los alumnos se pusieron de pie pues así se saludaba a los visitantes. La profesora era doña Merceditas Pastora de Rivera que me hizo pasar y me invitó a sentarme, yo sentía todos los ojos pegados en mí. Cuando llegó la hora del recreo, doña Merceditas se me acercó y me preguntó: “¿Y usted don Rufo qué materia va a impartir?” “No profesora —le dije— yo soy alumno, voy a estar en primer año con ustedes”.

Los jóvenes alumnos al principio creían que aquello era una broma, que yo era un inspector o supervisor de las clases. Pero con el tiempo se fueron tragando mi compañía, los más aventados pronto me tutearon: “Oye viejo, vos sos buena mano, regalanos cajetas”, “Ve viejo, ayudanos en esto”. Yo en ese tiempo caminaba con mis centavitos y los invitaba, en ese tiempo un córdoba de cajeta era un montón de cajetas

¿Me imagino que se hizo muy popular?

Pues sí. Así pasó el primer año y los cuatro restantes hasta que llegamos al momento de nuestra promoción, mis compañeros se confabularon a favor mío. “Cuando te llamen para entregarte el título vamos a hacer una gran bulla, cuando digan “¡Bachiller Vicente Rufo Zeas Arauz, vamos a votar las sillas, vamos a aplaudir hasta que nos duelan las manos”. Así fue y tuvieron que llamarles la atención para que se calmaran.

¿Y usted muy orgulloso don Rufo?

¡Ahhh sí! Estaba que no alcanzaba. Yo tenía la idea de continuar estudiando, quería irme a Managua a estudiar Derecho, pero eso fue en 1972, el año en que el terremoto dejó en ruinas esa ciudad, y además yo estaba pasando una situación económica difícil. No encontraba trabajo hasta que me encontré a un compañero de bachillerato cuyo padre era gerente de la Sociedad Cooperativa Agropecuaria. “Decile a tu papá que me consiga algo”, le dije. Eso fue como a las once del día, en la tarde recibí una llamada: “Dice don Félix Palacios que llegue”. No me hice esperar. “Aja, cómo es el asunto?”, me preguntó. “Pues que quiero ganarme los frijoles”. “Pero ahorita sólo hay una plaza de bodeguero”. “No me importa, démela”. Ahí comencé a trabajar el 15 de noviembre de 1973.

Los tres chelines de vida

¿Qué podría decirme de las creencias populares de este pueblo?

Pues mire, aquí sobra quién le hable de la Carreta Nagua, pero yo ya voy a cumplir los tres chelines de vida y nunca vi nada.

¿Y de las costumbres de Semana Santa?

Nosotros, ya a la segunda o en la tercera edad, reflexionamos lo que nos enseñaron nuestros padres de no correr en los días santos, de respetar las creencias. Eso no existe ahora. El hijo no le hace caso al padre. En aquel tiempo el papá mandaba al hijo a una diligencia, pero antes lanzaba un salivazo sobre el piso de barro y uno tenía que regresar antes de que se secara la saliva, si no era así se llevaba una buena reprimenda cuando no una fajeada.

“Mire —nos decía el maestro de primer grado—, no tire esa cáscara de banano al suelo porque puede pasar una persona, se desliza, se da un golpe en el cerebro, se mata y usted, indirectamente, es el culpable, usted es el criminal”. Hoy van comiendo guineo, mamón, jocote, mandarina y van tirando las cáscaras en la calle.

También en el aspecto de dar buenos días, buenas tardes o en la simple cortesía de saludar al entrar a un recinto.

Así es, pasan volando a la gente y ni “con permiso” dicen. Al anciano le dicen “viejo”, “roco” y lo consideran como un paria. Se han perdido casi todos los valores morales y cívicos.

¿Con quién se casó, cuántos hijos tiene?

Yo me casé con una linda joven que se llama Teresa Espinoza López, legítima jinotegana.

¿Le costó mucho trabajo convencerla?

Bueno, usted sabe cómo son esas cosas, uno tiene que echarlas todas, mucha palabra amorosa, mucho cariño, mucho cuidado. Por fin nos casamos y procreamos tres hijos, jalamos como año y medio.

Poco tiempo, quiere decir que estaba apurado.

Es que, el barco iba rápido y si no, me quedaba.

¿Todo el tiempo vivió en Jinotega?

Sí, como el conejo dentro de su madriguera.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí