- Las famosas Medina de Somoto nos presentan el arte culinario que las ha mantenido de generación en generación
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CORRESPONSAl/MADRIZ
Noemicia de Medina tiene 81 años, pero eso no impide que los chorizos henchidos que se fabrican en su casa sean los favoritos y más conocidos en la ciudad de Somoto.
Esta mujer de trabajo duro, día a día sigue en pie de lucha fabricando esas delicatessen para el deleite de sus clientes en todo el país y en el extranjero.
Su hija, Francisca Araceli Medina, es una de las herederas de esta tradición. Es ella quien ahora ayuda a doña Noemicia en la faena diaria; a pesar que todas las hermanas Medina son sabedoras de los secretos del chorizo henchido somoteño.
PREPARACIÓN
Francisca nos recibió en su casa con una sonrisa y nos hizo pasar a un corredor que sirve de cocina y al mismo tiempo es el taller donde procesan los chorizos.
“Primero se lava muy bien la tripa de vaca, para esto se usa agua con vinagre y cloro. Hay que tener mucho cuidado porque si se abusa del cloro se puede romper la tripa o agarrar un sabor feo”, explica Francisca mientras con maestría única limpia una larga tira, hasta darle vuelta “como calcetín”, como ella misma comenta a manera de chiste.
Desde la puerta que conduce a la sala, doña Noemicia solamente escucha. Después de un momento de silencio, se aproxima para contar que este oficio lo aprendió de su madre cuando ella tenía 16 años de edad.
“Mi mamá me enseñó cómo hacer chorizos. Ella destazaba cerdos y preparaba todo lo que se puede hacer con la carne de chancho. Después yo le enseñé a todos mis hijos, ya que me ayudaban tanto en la faena como en la venta en las calles de Somoto”, recuerda.
De nuevo la octogenaria mujer vuelve al silencio, mientras su hija continúa explicando el proceso.
“Una vez que los chorizos están limpios, se inflan como si fueran chimbombas o globos y de esa manera se cuelgan en un alambre para que se sequen al sol. Cuando están secos, se procede a la preparación de la carne”, agrega.
SIN FINANCIAMIENTO
Según doña Noemicia, su oficio le permitió criar a sus diez hijos y construir junto a su marido la casa que actualmente habitan. Aunque al mismo tiempo reconoce que “no es fácil la situación porque no hay créditos para este tipo de tareas en los bancos y las financieras” de Somoto.
Apoyada en el bastón que usa para caminar, la anciana cuenta que algunos coroneles de la Guardia Nacional de Somoza llegaban a comprar manteca, carne de cerdo, almuerzos, chanfainas, morongas, nacatamales, mondongos lavados y chorizos, motivo por el cual fue acusada de “oreja” al inicio de la revolución sandinista, y fue encarcelada durante cuatro meses.
Fue ahí donde enfermó de presión arterial y a causa de ese padecimiento perdió totalmente la vista en uno de sus ojos y parcialmente en el otro.
“Tengo dos hijos que fueron guardias; pero yo jamás me he metido en asuntos de política, nunca me ha interesado eso, nomás trabajar para darle de comer a mi familia y tratar de cumplir con Dios en la Iglesia. De puro gusto me llevaron presa, si trabajando estaba cuando vinieron a traerme, pero eso se lo dejo a Dios”, dice mientras agacha su mirada meditabunda.
Su hija Francisca interrumpe la conversación para anunciar que las tripas ya están secas y es hora de preparar la carne.
En una pana de metal tiene la carne molida y le da sabor con un punto de sal, pimienta, ajo, vinagre y comino y procede a desenrollar la inmensa vejiga para embutir la carne.
“Primero se amarra con tule (cinta natural que se obtiene de una planta) uno de los extremos de la tripa y empezamos a meter la carne con un embutidor hechizo a partir de un bote plástico. Así se van amarrando los tramitos de chorizo, dependiendo del tamaño que se quieran, que por lo general son de un tamaño de tres dedos o de cinco si alguien los encarga grandes”, dice Francisca.
Las Medina reciben pedidos de Estelí, Ocotal y Managua. En el extranjero este producto es demandado en Honduras, Guatemala, Costa Rica y Estados Unidos.