Es obvio que los Yanquis necesitan algo más que Roger Clemens, pero la verdad es que con este pitcher, el mejor de la era moderna del beisbol, nunca se sabe.
Después de registrar 40 victorias y 36 derrotas entre 1993 y 1996, Dan Duquette, gerente de Boston, dijo que Clemens estaba en el crepúsculo de su carrera y muchos así lo creyeron.
Entonces se fue a Toronto a ganar 41 partidos en los siguientes dos años, con dos premios Cy Young, desatando un debate que terminó por expulsar a Duquette de su puesto.
Y cuando se sintió infeliz en Toronto, hizo que sus agentes provocaran un cambio y aterrizó en el Bronx, para unirse a los Yanquis, con quienes fue a cuatro Series Mundiales y ganó dos de ellas.
Todos recuerdan aquella noche de octubre del 2003, cuando salió del dogout para saludar a los fanáticos en su supuesto adiós del beisbol. El dueño del equipo le obsequió una Hummer como regalo de despedida.
Parecía lo prudente. Sus cifras habían sido notables (17-9 y 3.91), pero a sus 41 años, la salida era natural. Sin embargo, al año siguiente estaba con los Astros de Houston y el dueño de una venta de vehículos le ofreció una camioneta para que le devolviera, si así lo deseaba, la que le había regalado George Steinbrenner.
En su estadía con Houston, adonde llegó tras las huellas de su amigo Andy Pettitte, pero también por la cercanía de su residencia, coleccionó marca de 38-18, mientras ayudaba a ese club a alcanzar la primera Serie Mundial en su historia.
Ahora, justo cuando el pitcheo de los Yanquis levanta más interrogantes que la situación del país, Clemens ha retornado al Bronx, donde se le ha recibido como el salvador.
En 1996 se pensó que estaba acabado y desde entonces ha ganado 156 juegos y cuatro Cy Young, pero valdría la pena recordar, que el 4 de agosto próximo, arriba a 45 años y quizá se le comience a notar.