A pesar de la distancia, seguir la elección presidencial de Francia, que culminará este domingo, es asistir a uno de los rituales más tradicionales y famosos de la política en Europa, cargado de enorme valor político y simbólico.
Lo es porque Francia es uno de los países claves de la Unión Europea, uno de sus fundadores y pieza fundamental de la estructura comunitaria. Lo es por el peso simbólico de su historia, de su cultura y de la trascendencia de las ideas que allí nacieron. Lo es porque precisamente el rechazo francés al proyecto de Constitución Europea, junto al holandés, paralizó el proceso de su adopción. El resultado, se espera, influirá en el esfuerzo de retomar el proyecto.
En una América Latina donde repunta el populismo autoritario, antidemocrático y excluyente y en general, en un mundo donde los nacionalismos y los extremismos religiosos avanzan, cuestionando los valores occidentales, podemos sacar varias lecciones positivas de lo ocurrido en aquel país. Salvando las diferencias, desde luego.
A mi juicio, la primera vuelta presidencial del 23 de abril trajo agradables sorpresas, como el récord de participación del 85 por ciento, el más alto en 4 décadas. Es una cifra asombrosa para un país desarrollado. En EE.UU. crearía euforia si votase al menos el 60 por ciento del electorado.
Otro aspecto positivo es una alta participación de los jóvenes —mayor que la norma—; no sólo en el voto, sino también en los debates, de los cuales los franceses son grandes amantes en general.
Ambas cosas aportan una prueba de la vitalidad de los mecanismos de la democracia como sistema de gobierno viable. ¿Cómo no puede ser positivo que los jóvenes, usualmente tan desconfiados del poder y la política tradicional, se expresen dentro del marco de las instituciones establecidas?
Quizás en este aspecto influya el alto nivel de conocimientos políticos —muy superior a otras sociedades europeas— del electorado francés y su elevada escolaridad.
“Ye leí los programas y con mis amigos los discutimos, intercambiamos mensajes (de e-mail)”, me decía Raphaël Pont, director de la Alianza Francesa en Managua, en una entrevista reciente. Sé que no miente. Lo dicen los politólogos y lo he comprobado personalmente. En octubre y noviembre de 2005, durante una estadía en París me asombraba ver que la televisión pasaba programas de debates políticos cerca de la medianoche. Recuerdo uno donde invitaron al ex primer ministro socialista Lionel Jospin a conversar sobre su libro, entonces recién publicado. No era en vivo, sino una repetición, pero la hora era increíble. No lo he visto en otras partes.
Asimismo, si bien es cierto la insatisfacción con el gobierno conservador de Jacques Chirac influyó en el “No” a la Constitución Europea en 2005, el rechazo fue un acto muy consciente de la mayoría.
Esta elección tiene el atractivo adicional de dar a una mujer por primera vez la oportunidad de ser Presidenta. La socialista Ségolène Royal tiene una carrera y un carácter imponentes, logró la candidatura del partido venciendo a hombres, varios de ellos poderosos caciques rojos .
No menos interesante es su rival, el favorito de la elección —le saca de 4 a 5 puntos a Royal en los sondeos—, el conservador Nicolas Sarkoy. Pese a ser Ministro del Interior del Gobierno saliente, con destreza logró desligarse de ese desgaste, construyó una imagen de duro con la inmigración ilegal. Ambos son grandes egos y espíritus de enorme ambición, pero en esto no son muy diferentes a otros políticos.
Hace dos días, los candidatos se enzarzaron en un duelo televisivo acalorado y enérgico, sin ofensas personales, pero cuya vitalidad fue elogiada en términos comparativos por los diarios estadounidenses, pese a la irritación de Royal (¿real o premeditada?).
¿Qué ha preocupado a los franceses? El crónico alto desempleo, la rigidez de la economía que no crea un número satisfactorio de empleos, la preservación de las conquistas sociales, la inmigración ilegal, una mejor educación.
Francia es un país muy moderno, pero uno muy receloso con la globalización y con un Estado fuerte, muy presente en la vida social. El costoso Estado del bienestar se ve cada vez más amenazado por un déficit gigantesco y las exigencias de la competencia mundial.
El gran dilema de Francia es definirse en estos nuevos tiempos, conciliando el futuro con un pasado de gloria añorado pero de imposible retorno. El tiempo se agota y de ahí lo importante de esta elección.