“Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita”.
(Benedicto XVI)
Uno de los significados y afectos del bautismo es el de la iluminación. Como cristianos, estamos llamados a verlo todo con “nuevos ojos”, es decir, con la luz de la fe. Por eso, el cristiano, gracias a la acción sacramental, por la fuerza suave del Espíritu de Dios, es “el hombre nuevo” también por la nueva visión que tiene de la vida, de los acontecimientos y de las cosas, de las personas y de su manera de amarlas.
El cristiano sabe compartir, partir el pan con el hermano necesitado, pero además, “partirse” para los demás, es decir, sabe dar y darse y también sabe que darse vale más que dar.
Pero es la manera de ver la vida, el don de ciencia que le permite mirar todas las cosas con ojos sobrenaturales y según el modo de pensar y de sentir de Jesucristo, lo que genera una tremenda capacidad de entrega en el seguidor del Divino Maestro.
“El buen pastor da la vida por sus ovejas”, nos dice Jesús y, a la vez, la Iglesia nos enseña que todos los que tenemos alguna responsabilidad espiritual, moral o de autoridad ante los demás somos “pastores” y estamos llamados, a imitación de él, a ser buenos pastores. La bondad del buen pastor radica precisamente en ese “dar la vida por los demás”.
Algunas personas sienten pavor cuando oyen decir que “ser cristiano es dar la vida por los demás”, pues se imaginan muriendo en una cruz al estilo de Cristo, pero no todos los cristianos estamos destinados a morir sobre el madero de una cruz, pero sí a negarnos a nosotros mismos.