- El grupo de teatro Justo Rufino Garay estrenó una obra bien lograda sobre la violencia intrafamiliar
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En un país como Nicaragua donde las cifras ilustran que el abuso conyugal significa el 75 por ciento de los casos que han sido víctimas de algún tipo de violencia, y que el 80 por ciento de las mujeres maltratadas nunca han recurrido a algún tipo de ayuda para resolver su situación, la obra Sopa de Muñecas viene a llenar un vacío necesario.
Este estreno era esperado, entre telones se hablaba de un giro en la labor del colectivo teatral del Justo Rufino, que en los últimos años había montado piezas del repertorio latinoamericano y que ahora harían una recreación de teatro colectivo para aterrizar en el centro del huracán y contextualizar en Nicaragua el tema de la violencia.
La noche se tornó mágica, el público repletó la sala y terminó sentándose en los escalones, y los gritos contenidos demostraron la crudeza de los hechos expuestos.
La violencia penetra hondamente desde el inicio, que es el desenlace de la trama, los personajes no sólo expresan sus parlamentos sino que además nos dicen sus pensamientos. Todo en un escenario sencillo y utilitario.
LOS PAPELES
René Medina, en su rol de esposo de Ana, nos entrega una actuación potente pero natural, es el hombre machista e irracional que abusa de la mujer. Logra momentos de frenesí y de rasgos caricaturescos, como en la escena del baile, donde manipula a su esposa como si fuera un pelele. René logra que lo detestemos porque es el prototipo del abusador por excelencia.
Amanda Polo logra instantes de emotiva sensibilidad, sufre intensamente y la violencia de las escenas llega a niveles muy altos. El público contiene la respiración cuando es vapuleada, forzada sexualmente, empujada o cae con estrépito.
Alicia Pilarte nos ofrece en medio de la aplastante carga de la noche, un momento memorable, cuando queda en ropa interior y a través de un diálogo lleno de suspicacia, casi obliga a su pareja a decirle obesa, vieja y arrugada. Ella es el símbolo de la mujer sumisa.
A esta triada de actores se suma Roberto Carlos Guillén, el hijo que sufre las secuelas de la violencia. Es como un hilo conductor, a través de él respiramos el abuso a que son sometidos los niños en un contexto crudo y despiadado.
En sorbos grandes y seguidos la atmósfera se carga de brutalidad, apoyada no sólo en la actuación sino en las luces y el sonido. Este último aspecto deben valorarlo con detenimiento porque hay demasiada profusión de sonidos diferentes en las transiciones y no siempre guardan relación con lo que sucederá después sino que sólo están ahí y nada más.
Al final sentimos alivio pero también una tristeza muy grande al ver cómo el amor se tornó en algo espantoso y las vidas de estas personas fueron afectadas para siempre. Hay amores que matan en el sentido recto de la palabra, y la violencia contra la mujer nicaragüense no es una casa de muñecas, sino una “sopa de muñecas” que se sirve sin bastimento.