Después de la resurrección, Nuestro Señor, durante cuarenta días, estuvo con sus discípulos enseñándoles todo aquello, que luego, al subir a los cielos, se los iba a recordar el Espíritu Santo.
Interesante meditar cómo en los Evangelios el Resucitado en múltiples ocasiones se aparece a los suyos y no lo pueden reconocer.
María Magdalena, cuando llega a la tumba de Jesús, al tercer día después de su muerte, es el mismo Resucitado quien está resplandeciente junto a ella, pero no lo puede distinguir, “pues aún estaba oscuro”.
Igual sucede con los apóstoles, que estando con las puertas cerradas, miran que Jesús surge entre ellos, pero tampoco lo reconocen “porque algo se los impedía”.
Los dos discípulos de Emaus transitan tristes por el camino, conversando de lo que había sucedido en Jerusalén y Jesucristo se acerca, los acompaña, les explica las Escrituras, pero “algo tenían en sus ojos” que les entorpecía reconocer a Cristo glorioso.
Cuando el Señor hace un ademán de irse por otro lado, es que ellos le dicen: “Quédate con nosotros porque ya oscurece”, reconociéndolo después “en el partir del pan”.
La Pascua es el tiempo cuando celebramos que Jesús resucitó de entre los muertos y venció el poder de las tinieblas y que se ha quedado con nosotros, su Iglesia, hasta la consumación de los siglos.
Aunque los golpes en el rostro de Jesús, cuando iba camino al calvario, afearon sus preciosas facciones, y la Escritura relata que ya no tenía apariencia agradable, era el mismo Jesús, el hijo de Dios, que estaba allí.
Sucede igual con nuestra Iglesia, la amada esposa de Cristo, cuando la deslucimos en su exterior, por nuestras debilidades y pecados, allí sigue Jesús, vivo y resucitado.
Experimentar la Resurrección es reconocer que como cristianos tenemos que orar, pero también actuar, para transformar un sistema indigno que se contradice con las enseñanzas del Evangelio.
No son los políticos los que van a cambiar el entorno de gravísima injusticia que vivimos, pues en muchos casos, no en todos, ellos velan solamente por sus propios intereses y no por los de la Patria, mucho menos por los de aquellos que por sus circunstancias de miseria y exclusión social son los más desfavorecidos, no tienen ni fuerza para gritar y exigir sus derechos, quedando en tierra de nadie.
Solemos creer que los momentos de éxito humano son los más importantes de nuestra existencia. Pero el más trascendental de cada persona, creyente o no, es el instante de la muerte.
A eso nada se le puede comparar. Puede pensarse como una tristeza, catástrofe o desolación, cuando se vive apegado excesivamente a los bienes terrenos, pero será de alegría para quienes han vivido con su mirada puesta en el cielo, pero con los pies firmes en la tierra, trabajando no solamente por la justicia, sino por algo más sublime que se llama solidaridad.
La Resurrección de Jesús en un cristiano sincero es la misericordia. Sentir en el propio corazón la miseria de los otros.
No solamente compadecerse, sino actuar, marchando contracorriente en una cultura individualista y ambiciosa que condena a las mayorías marginadas a vivir privadas de su dignidad humana y trabajar a favor de una sociedad igualitaria, soñando, teniendo ideales nobles y trabajando para que desaparezca el gran pecado social en que vivimos y que clama al cielo. ¿Qué nos impide a ti y a mí reconocer al Resucitado en medio de su pueblo?