- Desde la colina vaticana
“El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad”.
(Benedicto XVI)
Una de las experiencias más traumáticas de la vida humana constituye, sin duda alguna, el llamado “fracaso amoroso”, de parejas de enamorados, de novios o de esposos. Muchos de este tipo de “fracasados”, si nos atenemos a lo que expresan en sus momentos de dolor por la separación, al perder el supuesto amor de su vida, pierden o creen perder el amor a la vida y el sentido de la vida misma. En ese trance “dan vueltas” a su cerebro o permiten que la cabeza les dé vuelta como un torbellino imaginándose una y mil cosas, desde cómo soportar la ausencia del otro o de la otra hasta cómo enfrentar la vergüenza social de quien no pudo terminar la obra comenzada.
Todo fracaso en el amor es lamentable, también lo es y mucho más que cualquier fracaso matrimonial, el fracasar en el amor cristiano o, más exactamente, el no dedicarnos a la tarea de amar como nos lo exige o reclama nuestra condición de cristianos o seguidores de Cristo.
Con frecuencia nuestro amor al prójimo no fructifica por falta de profundidad, por no tener raíces en el amor como pareja a causa de que se ha fracasado antes en el amor como cristiano, es decir porque no se ha enraizado el amor conyugal en el amor de Dios.
La falta de raíz es la causa primordial de todos los fracasos de la vida, sobre todo de los amorosos, de los vocacionales y eclesiales: fracasa el que se casa por casarse (sin un previo y suficiente noviazgo, sin preparación, “a lo loco”, sin amor profundo y sin Dios, como fracasa el estudiante que no estudia o quien pretende ejercer un oficio o manejar un negocio que no puede dominar por no ser ese su vocación o por no poseer la aptitud correspondiente para desempeñar determinada función.
Los primeros cristianos no fracasaron en el amor: se amaban los unos a los otros como Cristo los amó a ellos y a nosotros, tenían un solo corazón y una sola alma, compartían sus bienes, vendiendo sus pertenencias para suplir las necesidades.