Ernesto González Valdés

Algunos inconvenientes, incluido el peligro de viajar en las calles, son los culpables ¿Por qué no se estudia en equipo? Ya hice referencia en un artículo anterior de lo complejo que resulta trabajar en equipo. En esta ocasión me referiré a lo que el título de hoy plantea. Hace no mucho me di cuenta que […]

Algunos inconvenientes, incluido el peligro de viajar en las calles, son los culpables

¿Por qué no se estudia en equipo?

Ya hice referencia en un artículo anterior de lo complejo que resulta trabajar en equipo. En esta ocasión me referiré a lo que el título de hoy plantea.

Hace no mucho me di cuenta que una de mis hijas se pasaba la santa noche (después de clase) pegada al teléfono hablando con una de sus amigas. Inmediatamente recordé el comportamiento en cuanto a gastos de lo que costaba el aparato inventado por Antonio Meucci (y no por Alexander Graham Bell) siglos atrás y ahí, exactamente ahí, estaba la autora-culpable intelectual y material del ascenso exponencial de gastos en telefonía: mi hija.

Cuando le reclamé que llevaba un buen rato conversando y le hice ver que “… hija, el teléfono cuesta…”. Ella me respondió: “Pero papá, ¡estoy estudiando!”

En mi cabeza giraban cientos de signos de interrogación buscando cómo entender que se podía estudiar de ese modo. Tal vez aclarar una duda, un ejercicio, pero ¿estudiar? Pacientemente esperé a que concluyera de estudiar y le pregunté. Haber, concretemos ¿por qué no vas a casa de esa amiguita a estudiar?

La siguiente explicación me permitió reflexionar y darme cuenta de por qué fallaba desde temprano (posiblemente como parte de un todo) el inculcar el estudio en equipo, capaz de solucionar dudas, aclaraciones con relación a los estudios, pero a la vez hacer que los integrantes de ese equipo se identifiquen, se conozcan, se solidaricen, etc.

“Papá, la problemática está en que ir a la casa de mi amiga me resulta casi imposible cuando tú llegas de trabajar casi a las 7:00 p.m., al igual que mi mamá”.

Le dije que igual que me pedía que la llevase a una fiesta, ¿por qué no a casa de su compañera de estudio? Ella ripostó que su amiga se acuesta temprano.

“Jovencita, ya usted quiere que me coma el león”, le respondí en señal de que su solución estaba en seguir resolviendo dudas por teléfono. “¿Y por qué no se miran en la biblioteca?”, le dije tratando de buscar alternativas.

Papá ¿a qué hora? ¿En la noche, cuando resulta tan peligroso? ¿Me vas a permitir tomar un bus o un taxi para ir y regresar? Indiscutiblemente que con estas interrogantes había quedado totalmente desarmado.

La falta de bibliotecas públicas, la falta de hábito de asistir a ellas, no siendo orientados por los docentes en el sentido propio de la investigación o bien prepararse para ahondar o profundizar en los temas tratados u orientados, la peligrosidad de trasladarse en la noche, afectaba extraordinariamente mi ímpetu de educarle en estudiar “en vivo” con sus compañeros.

Claro, podría buscar otras opciones para no darme por vencido y no por capricho, sino por hacerle comprender los beneficios de estudiar en equipo. ¿Hablar con los padres o madres de sus compañeros de clase para buscar un horario y un lugar para estudiar? En fin, ¿posibles soluciones? Las hay, pero ¿sencillas? Al parecer, no, pero había que buscarlas. ¿Me ayuda usted estimado lector?

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