Especial para LA PRENSA
Sólo Rubén Darío, en la época en que no había el poderío mediático de ahora, era capaz de juntar a centenares de personas en el puerto de La Habana; o el poeta chileno Pablo Neruda, que creció en otro tiempo, también tuvo un poder de convocatoria similar al que ahora despierta Gabriel García Márquez entre la gente, asegura Sergio Ramírez, el escritor nicaragüense que está en Cartagena participando en el Congreso de la Lengua Española, que culminó el pasado miércoles.
Ramírez dice que uno de estos días conversando con Carlos Fuentes, el escritor mexicano que también asiste al Congreso, llegaron a la conclusión que desde Rubén Darío y Neruda no había existido otro escritor showman de la estatura del colombiano Gabriel García Márquez.
El pasado lunes, Gabo, quien recién cumplió 80 años, entró con su amigo Fuentes a un auditorio donde había unas 2,000 personas que lo esperaban y querían tocarlo como quien quiere ver a Shakira o a Madonna.
Ese día Gabo, quien vistió de blanco y de corbata, ya no más con el mítico liqui-liqui blanco con el que recibió el Nobel hace 25 años, agradeció uno de los más grandes homenajes que un escritor puede recibir. La Real Academia Española lanzó una edición conmemorativa de su novela Cien Años de Soledad con un millón de ejemplares, de los cuales en el primer día se vendieron 14,000 libros.
Entre amigos
Ramírez Mercado, quien también estuvo presente en el homenaje, dijo que era grandioso que un escritor recibiera un homenaje así en vida.
En el homenaje de Gabo, además de Ramírez y Carlos Fuentes, estaban entre otros Tomás Eloy Martínez (Argentina), Carlos Monsivais (México) y la viuda de un amigo entrañable como Álvaro Cepeda, uno de sus cómplices de letras de Barranquilla.
Por donde quiera que Gabo ha ido en Cartagena —donde tiene residencia— ha sobrado un flash iluminándolo y voces saludándolo. Así, se supo que estuvo en una discoteca de salsas, escuchando boleros y rancheras, en un almuerzo con periodistas jóvenes… en fin.
Fuentes dijo que cuando Gabo se fue a vivir a París, una vez vio cruzar por una calle al escritor estadounidense Ernest Hemingway y le gritó: “Adiós, maestro” —como le gritan a él ahora—, apuntó Fuentes.