Cartas desde Iwo Jima

Kuribashi y sus soldados se merecen cinco perros calientes Cavar no es lo que más le gusta a Saigo. Él nació para panadero pero una vez que comenzó la guerra, los militares se le llevaron primero el pan, luego el dinero, todos los fierros y por último recibió una misiva en la que le ordenaban […]

Kuribashi y sus soldados se merecen cinco perros calientes

Cavar no es lo que más le gusta a Saigo. Él nació para panadero pero una vez que comenzó la guerra, los militares se le llevaron primero el pan, luego el dinero, todos los fierros y por último recibió una misiva en la que le ordenaban a ir a morir por su patria.

Y ahora, Saigo tiene que abrir una trinchera que podría convertirse en su tumba, la fosa donde quedarían miles de soldados que defendieron y atacaron por el control de la isla Iwo entre febrero y marzo de 1945.

Esta es la otra cara de las dos películas de Clint Eastwood sobre la contienda con Japón que comenzó con Banderas de Nuestros Padres y que en Cartas desde Iwo Jima nos presenta la versión japonesa de lo que fue una de las batallas más sangrientas que duró 34 días y en las que murieron 7 mil estadounidenses y 20 mil japoneses.

La película está basada en el libro Cartas del Comandante en Jefe, del militar Tamadachi Kuribashi, quien es protagonizado en la cinta por el actor Kent Watanabe y que relata ese mes infernal en una isla de origen volcánico donde la manera más tranquila de morir era de disentería.

Es un recorrido por las historias de nipones convencidos como el soldado Shimizu, quien a pesar de su entrega carga un pasado de vergüenza que le ladra en el presente hasta morderlo en sus más íntimos deseos.

Como Saigo, quien no está convencido que saldrá vivo pero hará todo lo posible para volver a su hogar, al regazo de Hanako y abrazar a su hijo a quien no pudo ver nacer.

Eastwood con la ayuda de Steven Spielberg, recreó las escenas que vivieron esos soldados entregados a una guerra de la que no estaban seguros si los representaba o si se dejaban llevar por el mar de emociones nacionalistas.

Es una historia en la que quedan al descubierto vidas, emociones, recuerdos, amores, estrategias militares que quedaron enterradas bajo toneladas de bombas, en la que la guerra es un acto siempre suicida pero nunca noble.

Y dentro de ese dramatismo, de esas despedidas, de esos encuentros consigo mismo, hay espacio para algunos respiros de humor que le resultaron muy bien a los japoneses confirmándome que la pelea estaba dura por el Oscar y también que Los Infiltrados no era nunca la favorita.

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