El clima, fresco y soleado. La grama del estadio de Ft. Lauderdale, profundamente verde. Y las sonrisas… las sonrisas en todas las caras, son sonrisas de esperanza.
Falta una hora para que empiece el partido entre los Orioles de Baltimore, el team de casa y los campeones mundiales Cardenales de San Luis y ya hay mucha gente en los graderíos.
El equipo infantil Bob's Pizza está justo fuera del terreno junto al dogout de tercera. Los niños con los ojos brillantes por la esperanza de conseguir un autógrafo entran de dos en dos, al terreno cuidado por un adulto. Siempre algún pelotero llega y les firma tarjetitas, gorras, hojas de anotar, fotos.
El dominicano Kelvin Jiménez, de 26 años pero aparentando 17, sonríe lleno de esperanza. ¿Es tu primera vez en un campamento de liga mayor? “Sí”, contesta, deseando lucirse para que a media temporada los Cardenales lo suban de triple A, su casi seguro destino.
¿Has visto a Dennis Martínez? “Sí, es muy buena persona, ayuda mucho. Está en el campamento de liga menor”. Le deseo suerte y me da efusivas gracias. Más tarde, durante el juego, le cuida las espaldas al receptor que calienta a un pitcher. Se abalanza con la elegancia y ferocidad de una pantera sobre un fault peligroso, hace una bonita atrapada y eufórico le regala la pelota al público. Es la exuberancia de la primavera.
Cheíto Oquendo, el coach, me presenta a su hijo de 16 años, el “junior”. Como scout, le digo en serio, ¿tiene chance de ser pelotero? “Sí”, me dice, con una amplia sonrisa iluminando su cara. Es primavera y para muchos también la primavera de la vida.
Rick Ankiel vivió una experiencia terrible, Después de ser un gran lanzador, al final de su primer año, en los play offs, perdió el control, impuso marca de wild pitch, y ya no pudo volver a lanzar. Se ha convertido en jardinero, a ver si puede batear lo suficiente como para regresar a las Mayores. Oigo que un scout dice bajito “muy difícil”.
Pero Ankiel solamente escucha a grupos de aficionados, que conociendo su historia los respaldan con entusiasmo. “¡Rick! ¡Rick!” gritan y él se apresura a firmarles autógrafos y contestar preguntas con la sonrisa plasmada en la cara. Es primavera y tiene esperanzas de recuperar su carrera.
El outfielder boricua Miguel Negrón le aclara a los colegas que en Puerto Rico todos le dicen Mickey. Lo dice sonriendo, claro y dice que quiere “stick”, es decir, pegarse en el róster de 25 para empezar la campaña. Está muy esperanzado.
También lo están el colombiano Jolbert Cabrera y el venezolano Roger Cedeño, que vienen de Asia.
Esperanzados están todos los Orioles, que quieren ponerse a la altura de los monstruos de su división, Yanquis y Medias Rojas. Dice Mike Flanagan con optimismo: “viene un abridor más antes que empiece la temporada”. Chris Gómez, shortstop en el ocaso de su carrera, pide a los jugadores de cuadro que le tiren piconazos. No agarra muchos, no está acostumbrado a capturarlos con el pie en la almohadilla, pero tiene la esperanza de ser útil en varias posiciones.
Los Cardenales tienen la esperanza de repetir como campeones mundiales.
Nos acercamos a Ryan Ludwick, jardinero a quien están observando con atención.
¿Te acuerdas del “Team USA”? “¡Claro! Fui a Nicaragua e Italia en 1998”.
Y el día antes de que empezara el Perolímpico te dieron accidentalmente un batazo en la cara. “Me quebraron la órbita del ojo y parte de la mejilla. Como no había ambulancia me llevaron al hospital en un auto viejito, me atendieron muy bien, pero se me dañó un nervio y perdí la visión en el ojo derecho por un tiempo”.
Sonríe. “Jugué a los tres días, todavía tuerto, ¡y di jonrón”! Para despedirse otra gran sonrisa. “Espero poder 'stick'”. Claro, ¿por qué no? es primavera y todos los sueños se cumplen.