Respondiendo al rencor

Muchos en América Latina tal vez estén sorprendidos al escuchar al presidente Bush lamentando el “escándalo” de la persistente pobreza e inequidad durante su viaje de seis días por cinco países de la región. O tal vez tengan una reacción similar al escucharlo discutir la importancia de programas estadounidenses para ayudar a proveer salud, vivienda […]

Muchos en América Latina tal vez estén sorprendidos al escuchar al presidente Bush lamentando el “escándalo” de la persistente pobreza e inequidad durante su viaje de seis días por cinco países de la región.

O tal vez tengan una reacción similar al escucharlo discutir la importancia de programas estadounidenses para ayudar a proveer salud, vivienda y educación a los pobres de la región.

Su sorpresa seguramente aumentará cuando Bush enfoque su atención en los mismos males de América Latina que su archirrival en la región, el presidente venezolano Hugo Chávez, cita constantemente como fallas del capitalismo; o si invoca el nombre de Simón Bolívar, recordándole tácitamente a Chávez, que el libertador “nos pertenece a todos”.

Tal como me lo dijo esta semana un alto funcionario de la Administración, la Casa Blanca quiere mostrar que está en sintonía con las prioridades de la región y que los latinoamericanos debieran “sentir que estamos respondiendo a su agenda, que hemos decidido escuchar”.

Bush pretende “exhibir la otra mitad de su agenda” que no es la del “antiterrorismo, comercio y antidrogas”, según dijo el Consejero de Seguridad Nacional, Steve Hadley.

La Administración espera que los latinoamericanos descubran que Washington no merece realmente su hostilidad.

Aparentemente desde un principio ha tenido una agenda positiva, a pesar de haberse empeñado en ocultarla: castigando a quienes discrepaban de Washington o gradualmente reduciendo fondos para asistencia al desarrollo y programas de supervivencia infantil y de salud.

Parte de ese esfuerzo de ocultamiento pareciera ser la insistencia de Bush de negociar acuerdos comerciales en una región donde hay un creciente temor de que las reformas de mercado y el libre comercio están contribuyendo a la persistencia de la pobreza.

Incluso cuando tuvo la oportunidad de reconocer directamente esos temores, durante las Cumbres de las Américas del 2004 y el 2005, la indiferencia de Bush reforzó la idea de que Washington era completamente insensible a la lamentable situación de sus vecinos pobres.

Esto no podía contrastar más con Chávez quien, independientemente de lo que pueda uno pensar de él, ha estado respondiendo directamente a esos temas, que están al centro del sentimiento antiestadounidense.

En respuesta, Washington ha alimentado demasiado a menudo el ego de Chávez y confirmado el sentimiento latinoamericano de que Washington no entiende la situación cuando riñe con él y se obsesiona con la necesidad de contenerlo y también de contener al líder cubano Fidel Castro.

Esta confrontación ha tenido un efecto devastador. Rara vez la imagen de Estados Unidos en América Latina ha sufrido tanto.

Apenas una cuarta parte de personas encuestadas en la región están de acuerdo con Estados Unidos por estos días.

El ex embajador de Brasil en Estados Unidos, Roberto Abdenur, se ha quejado recientemente de que el antiamericanismo está institucionalmente arraigado en su país.

En este viaje Bush evitará a Ciudad de México para, según creen analistas latinoamericanos, no tener que enfrentar protestas antiamericanas —del tipo que probablemente se robará los titulares durante su paso por Uruguay—.

El hecho de que este sea el octavo viaje de Bush a la región demuestra que no ha estado desconectado sino que ha elegido la táctica errónea para hacerlo.

La nueva expresión humanitaria de Bush señala un cambio probablemente debido en buena parte a Thomas Shannon, el secretario asistente de Estado para asuntos del Hemisferio Occidental, que aboga por un acercamiento menos antagónico con los vecinos del sur.

Además la Administración Bush está tomando una página de la presidencia de Clinton. A fines de los años noventa, cuando la globalización había generado tanta animosidad hacia Estados Unidos que restaurantes McDonald's en Francia estaban siendo atacados, Félix G. Rohatyn, entonces embajador en el país europeo, envió a diplomáticos estadounidenses fuera de la embajada en París para que se pusieran a disposición del pueblo francés.

La meta inicial no era cambiar la mente de nadie, me dijo Rohatyn recientemente, sino “tener un intercambio de ideas” y explicar las políticas estadounidenses.

El Departamento de Estado abrirá pronto seis de estos Puestos de Presencia Estadounidense en América Latina como parte de los esfuerzos de la Secretaria de Estado, Condoleezza Rice, de poner “más estadounidenses en la primera fila de la diplomacia en el siglo XXI”.

Como los diplomáticos de Rohatyn, los de Rice vivirán y trabajarán lejos de las embajadas y responderán al rencor con una comunicación más directa.

Seis de estos puestos obviamente no son mucho pero sí el comienzo y ojalá representen tanto un retorno a una verdadera diplomacia como una victoria para quienes en la Administración entienden que un acercamiento más humanitario será una táctica más fructífera.

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