- Un puñado de mujeres que son madres, hermanas, esposas, hijas, tías, buscan a sus familiares que desaparecieron un día sin dejar rastro. Se los llevó alguno de los grupos armados que hacen la guerra en Colombia. Se les conoce como Las Madres de La Candelaria, y a cualquier costo quieren saber la verdad
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Tres fotos emplasticadas que lleva en la mano, resumen la pena de Melba Elvira Giraldo. Son los retratos de tres hombres: su hijo, su esposo y su hermano que desaparecieron en los últimos cuatro años a manos de los paramilitares en Medellín.
Al marido de Melba Elvira, se lo llevaron el 25 de julio del 2004. Daban un paseo con su hija menor, cuando una pareja de hombres en moto, se estacionó a la orilla de ellos. Le pidieron cuatro mil pesos al esposo de Giraldo. Éste no se los dio, y en seguida, amenazado con pistolas, lo subieron a la moto. La mujer fue al comando de Policía cercano a denunciar lo ocurrido, pero recuerda que no buscaron nada.
En ausencia del marido, asumió la jefatura de la casa su hijo, Luis Zuluaga, de 23 años, hasta que una mañana, a él también se lo llevaron.
Melba Elvira Giraldo, dice que tenían un pequeño negocio de verduras en Aranjuez, en el barrio donde viven, que es parte de la temible comuna 13, una zona deprimida y marcada por la violencia de Medellín.
Luis salió con su tío, Efrén Giraldo, a eso de las seis y media a coger la buseta que los llevaría al mercado de verduras. De la parada, los metieron a un carro, del que ningún vecino pudo dar señales. Eso fue el 15 de noviembre del 2005.
Desde entonces, Melba Elvira, no ha vuelto a saber de ellos tampoco.
Medellín, es la segunda ciudad más grande de Colombia, con cerca de dos millones y medio de habitantes. Es la única que cuenta con metro en el país y la que más rinde culto a Carlos Gardel. Ahí, nació el famoso capo Pablo Escobar, en consecuencia, en los ochenta y noventa, se convirtió en la cuna del narcotráfico, del sicariato y del paramilitarismo. En resumen, estos últimos, surgieron como una reacción a los grupos guerrilleros.
DESAPARECIDOS EN CIFRAS
Cálculos modestos de organizaciones de Derechos Humanos, estiman que de los noventa a esta parte, sólo en Medellín han desaparecido unas 3,500 personas. El 95 por ciento por cuenta de los paramilitares.
Esos datos, los cita Amparo Mejía, una de las líderes del movimiento Madres de La Candelaria, un grupo de mujeres —madres, esposas, hijas, hermanas, tías, primas— familiares de esos desaparecidos, que desde hace ocho años, se juntan en el atrio de una iglesia a preguntar por el paradero de sus parientes. Son unas 400 que quieren saber la verdad.
EL ATRIO DE LA CANDELARIA
En pleno centro de Medellín, al final de una calle peatonal, en la que abundan vendedores de minutos a celular, se alcanza el pequeño atrio de la iglesia de La Candelaria, la primera Catedral que existió en esa ciudad.
Es mediodía. El sol arde en la cara de los feligreses que salen a esa hora de la iglesia, y que no se llevan la mano a la frente para evitar que ese roce les borre la cruz de cenizas que acaba de grabarle el cura, como símbolo de la cuaresma, en esa parte de la cara.
Hoy no caben los creyentes, y el grupo de mujeres de mirada lacerante que, con sus galerías de fotos abiertas de par en par, ocupan todos los miércoles, desde hace ocho años, el estrecho atrio de La Candelaria.
En la ciudad de la Eterna Primavera, como también le llaman a Medellín, les dicen las madres de La Candelaria, es la versión colombiana de las abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina. Tienen en común con las argentinas, el reclamo: buscan la verdad. Quieren saber qué pasó con sus familiares desaparecidos. A dónde se los llevaron, en dónde están. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, dice un lema que se lee en una de las pancartas. Es la misma petición que hacen los parientes de los secuestrados, en raquíticos plantones, todos los martes en Bogotá.
Al pie de una de esas pancartas frente a La Candelaria, está Teresita Gaviria, una madre, que anda penando desde 1998 por el paradero de su hijo, Cristian Camilo Quiroz de 15 años.
A Cristian Camilo y a su amigo, los bajaron del vehículo en el que iban para Bogotá. Estaban como a cuatro horas de Medellín. Teresita, supo lo de Cristian, por el amigo, que pudo fugársele a los captores.
MIEDO, FRENO A LA VERDAD
A casi 10 años de la desaparición, Teresita, ya no tiene el pálpito de otras mujeres que sienten que sus parientes todavía respiran en alguna parte.
“Ay yo no sé, sinceramente no creo que a mi muchacho me lo devuelvan con vida”, dice Gaviria, quien lleva un cuaderno en una de las manos, y está de pie aguantando sol en uno de los bordes del atrio.
A su orilla pasa gente que sale de la iglesia. Algunos se detienen frente a las fotografías de las galerías. “Ahí debería estar nuestro hijo”, comenta un hombre que lleva del brazo a su mujer, y ésta al escuchar el comentario lo jala y aligera el paso por la calzada, como si hubiera pronunciado una ofensa.
Amparo Mejía, dice que uno de los obstáculos para que la gente exija justicia por sus desaparecidos, es el miedo. “La gente siente mucho miedo, todavía de denunciar”, afirma.
Hace menos de un mes, en Montería, Córdoba, a unas horas de Medellín, unos sicarios asesinaron a la campesina, Yolanda Izquierdo, que demandaba la devolución de su finca a los jefes paramilitares, que se desmovilizaron y están siendo procesados por la Justicia.
Izquierdo, que reclamaba tierras para ella y otras familias desplazadas por los paramilitares en esa zona, había ido a un par de audiencias que rinden los ex cabecillas de las Autodefensas de Colombia, AUC, ante la Fiscalía.
Encarar a los jefes, ha sido uno de los ejercicios de estas madres. A mediados de enero un grupo de mujeres se reunió con el directorio del paramilitarismo, recluido en Itagüí, la cárcel de máxima seguridad, situada a una hora de Medellín.
El encuentro fue difícil para las mujeres. Las autoridades de la prisión, les permitieron entrar hasta el patio, donde estaban todos los líderes, y sentarse a dialogar con ellos.
Al principio ninguna hablaba. Era muy grande la impresión. Poco a poco se envalentonaron y empezaron a mostrar las fotos, y a preguntar por ellos. Algunos contestaron. Otros sólo callaron y escucharon.
RÍO DE MUERTOS
Todas se estremecieron con las palabras de Ramón Isaza, quien controlaba la importante región del Magdalena Medio.
Isaza, les dijo que a los que habían cogido por el lado de la Autopista no los buscaran, porque su orden era tajante: echar los cuerpos al río.
“La verdad es dura, pero queremos saberla, queremos saber qué pasó con cada uno de los desaparecidos”, dice con empeño Amparo Mejía.
Carmen Emilia Vargas, confiesa que ella sentía miedo. Pobladora de una vereda lejana, dice que tampoco sabía dónde acudir, ni a quién contarle que a su hija Abelarmina Benítez, se la llevaron en la madrugada del cinco de julio del 2001, unos hombres que llegaron hasta su rancho.
Antes de Abelarmina, se habían llevado a dos de sus ocho hijos: a Jairo y Andrés Emilio. Carmen Emilia, dice que a ellos sí los mataron, pero que de Abelarmina no sabe. Le gustaría saber qué fue de su hija, para poder explicarle a la nieta de nueve años, qué fue lo que pasó con su mamá. “Me gustaría saber la verdad, para ya no seguir buscándola», dice esta mujer que habla bajito, y que desde el Miércoles de Ceniza hace parte de la fraternidad de La Candelaria.