Don Julio César, “El decano de los taxistas”, se siente un hombre feliz porque tiene una linda familia e hijos a los que pudo formar profesionalmente. ()

Cocheros, “chaufferes” y el decano de los taxistas

Las andadurías y bandidencias de los taxistas actuales no son ninguna novedad. Cuando los carros que llegaron a Nicaragua comenzaron a prestar servicios de taxi, allá por los años cincuenta del siglo pasado, ya don Julio César Silva y sus amigos hacían cosas dignas de recordar [doap_box title=»Novelero y bailarín» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] A don Julio […]

  • Las andadurías y bandidencias de los taxistas actuales no son ninguna novedad. Cuando los carros que llegaron a Nicaragua comenzaron a prestar servicios de taxi, allá por los años cincuenta del siglo pasado, ya don Julio César Silva y sus amigos hacían cosas dignas de recordar
[doap_box title=»Novelero y bailarín» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

A don Julio César Silva le encantaba leer novelas de aventuras, como la de los Caballeros del Rey Arturo y del Mago Merlín, aunque también reconoce que se le quedaron en la mente las odiseas de los Reyes del Mar, que eran los vikingos.

“A mí que no me digan que Cristóbal Colón descubrió América, no fue él, fueron los vikingos que llegaron a Terranova mucho antes que Colón”, dice apasionado.

En sus ratos libres “devoraba” las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Stefanía.

También le encantaba ir a Los Balcones, donde cada pieza bailada valía un chelín. Dice que era de esos a quienes les encanta bailar bolero en un solo ladrillo y sacándole brillo a la hebilla. Sin embargo, dice que nunca pudo bailar ni el boteadito que llegó con El patito chiquito ni el mambo de Pérez Prado.

Aunque en aquel entonces los taxistas tenían fama de mujeriegos y jugadores de desmoche, dice que en verdad eran tranquilos y honrados. Entre los taxistas que hicieron época en la vieja Managua, recuerda a “Tinta Verde”, a quien le dieron ese sobrenombre porque a cada rato cantaba la canción con ese nombre; a otro que le decían “Metasa”, a Carlos Parrales que manejaba uno de los Taxis Jiménez y a “Carne Asada”, quien llevaba todas las noches a su suegra a la esquina opuesta al Gran Hotel donde ella vendía gallo pinto con carne asada.

Primer “chauffer” mataperro

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Grato es platicar con los obreros del volante cuando no andan de goma ni asoleados. La ventaja que lleva el pasajero es que puede introducir cualquier tema de conversación, el que recomiendo no sea sobre materias que amarguen la vida del conductor, como el precio de la gasolina, las mordidas de “los pescas” y el bellaco costo de la vida, pues unos los abordan con cinismo, otros con resignación y la mayoría con epítetos poco decorosos.

De los canes que tienen fobia contra cualquier vehículo automotor, hablaba con don Alberto Castillo, el robusto chofer que el martes pasado me llevaba a mi casa. “Si de aplastar perros se trata, los taxistas nos hemos sobrado porque a los perros les da por ladrar y perseguir a todo vehículo, ellos solitos se meten debajo de las ruedas del carro y ahí encuentran la muerte”.

—¿Cuántos años lleva manejando taxis?

Pues comencé muy joven, a eso de los 18 años que conseguí tener una licencia.

—¿Sabe usted quién es el taxista más veterano de Managua?

Yo creo que es don Julio César Silva, un señor que se mantiene en las afueras de la emergencia del Hospital Lenín Fonseca. Tendrá como 80 años, usa unos anteojos de fondo de botella y todavía maneja. Lo vi hace pocos meses, muy flamante manejando y luciendo un grueso cuello ortopédico; me atrevo a decir que es el decano en este oficio.

Pues para allá voy, a buscar a ese veterano del volante.

BÚSQUEDA NOCTURNA

Esa noche a eso de las ocho encontré a don Julio César. Estaba sentado en una silla plástica a orillas de la pequeña plazoleta donde maniobran las ambulancias que llegan a la sala de emergencias del Hospital Antonio Lenín Fonseca. De buenas a primeras supe que llega todas las noches a platicar con sus amigos y a esperar a su hijo médico que trabaja en ese centro asistencial.

Don Julio César Silva Carranza nació hace 75 años en el barrio San Antonio, de Managua. “Cerca de la casa donde se instaló después la Foto Luminton. Mi mamá se llamaba Antonia Silva, mi papá Pedro Carranza, éramos pobres, mi padre tenía una pedrera, en ese tiempo tener pedrera y diez carretas eran muchos reales, pero nunca nos dio nada. Yo iba a El Malecón, que era la basurera, a buscar botellas vacías, las vendía a cinco reales y compraba comida. En esos tiempos un tiste valía un centavo, y con cinco reales comíamos un tiempo, los frijoles cocidos cinco centavos y la cuajada cinco”, recuerda melancólico.

A don Julio César le gustó mucho el beisbol, jugó en el equipo Cabo Mejía y después en otro que se llamaba Los Linces. En este último los jugadores eran desarrapados, vestían todos rotos, pero al final quedaron en segundo lugar, porque el Luis Miranda era el campeón de siempre. Después jugó en el Amaya Leclerc y quedaron subcampeones. Jugó también con el Granada cuando era profesional, en la posición de jardinero derecho.

¿En alguna ocasión salió de Nicaragua?

A jugar no, pero sí a traer un carro, fui dos veces a San Francisco (EE.UU.), dos veces a Panamá con el mismo propósito y dos veces a Costa Rica. Conozco todo el territorio mexicano, de aquí a la capital de México hay 2,500 kilómetros.

¿Cómo fue que se metió al oficio de taxista?

Me gustó el taxi, fue mi verdadero vicio, pero también soy tractorista, tornapulero, patrolero, una vez me dieron una medalla como el mejor tractorista de Centroamérica.

¿Y qué sintió cuando manejó por primera vez un taxi?

Pues nada, como ya sabía manejar otras máquinas lo vi normal. Ese taxi era alquilado, pagábamos cuarenta córdobas por un turno que iba desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche.

¿A qué edad comenzó a manejar?

A los 22 años, por ese tiempo el jefe de Tránsito era Icaza. Se le ocurrió eliminar los coches de Managua porque decía que ensuciaban la ciudad y atrasaban la circulación de los vehículos. Recuerdo que obligaron a los cocheros a llevar sus coches a la explanada, y ahí estaba aquella gran fila de coches. Creo que se los compraron y los obligaron a comprar unos carritos Renault a los que les decían “gatos”. De ahí quedó que al chofer que miraban perico la gente le decía “¡cochero!” en son de burla. La verdad es que los cocheros resultaron malos taxistas y desbarataron los carritos, después los “gatos” fueron sustituidos por los “perros”, así les decían a los carritos un poquito más grandes de la marca Hillman.

¿Se acuerda de una época cuando a los caballos de los coches les ponían un pañal de bramante donde quedaba el estiércol, para que no ensuciaran la ciudad?

Claro que sí. No recuerdo si fue orden de Hernán Robleto o de Andrés Murillo, que fueron alcaldes de Managua. Después los coches fueron distribuidos en Masaya, Granada, Jinotepe y León.

¿En qué año comenzó a manejar taxis?

Comencé en 1958. Taxié 48 años, y digo taxié porque dejé de hacerlo el pasado mes de diciembre cuando se me venció mi licencia. Pero en el Tránsito me hubieran dado esa licencia, lo que pasó fue que no llegué a renovarla… Porque yo manejo mi carro y lo manejo bien todavía.

¿Cuántos accidentes y choques tuvo manejando taxis?

Yo perdí un choque. Otra vez me fui a un guindo y perdí el conocimiento. Me desperté en un abismo. El último choque fue hace como un año, me fracturé esta canilla que todavía la ando así. Pero como dicen “son gajes del oficio”.

¿Y qué dicen sus hijos de todo esto?

Ya no quieren que maneje ni les gusta que venga al hospital, pero ellos no me detienen. Aunque sé que tienen razón porque ahora padezco de la presión arterial. Más por eso no manejo, porque cuando se me sube (la presión arterial) me pongo como loco.

¿Pero qué viene a hacer todas las noches?

En mi casa no duermo, se me sube la presión y tengo que dormir afuera, entonces para no dormir afuera me vengo para acá. Ya es religioso que mi hijo Rigo me llega a traer a las ocho o nueve de la noche y me voy de aquí a las siete de la mañana, duermo entre dos o tres horas.

ÚNICA FLECHA DE CUPIDO

¿Y no se aflige aquí viendollegar enfermos y heridos?

No, ya estoy acostumbrado. En cambio me alegra estar aquí con mis amigos gozando, chileando, jugando naipes, bromeando. Mi hijo me dice: “Papá usted mucho bromea, mucho bromea”. Y qué querés que haga, le digo, mejor que digan que soy un viejo alegre antes que un viejo malcriado.

¿Sus hijos lo quieren mucho?

¡Claro que sí! Tengo un hijo médico, otro que también era doctor pero murió, una administradora de empresas, y los otros dos, uno en su tercer año de universidad y “El Negrillo” que le faltan pocos meses para ser ingeniero en computación.

Y del amor, ¿qué me cuenta?

Para serle franco nunca fui mujerero, yo me enamoré de mi única novia que fue mi esposa, ella tiene 57 años y su nombre es Gloria Obando.

¿Entonces fue un solo flechazo?

Un solo flechazo. ¿Para qué quería más? Ella me salió muy buena mujer, entonces me he quedado con ella. Ahora ya viejo, ¿quién me haría caso?

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