Han pasado 46 años desde que William J. Lederer escribiera Una Nación de Borregos
(A Nation of Sheep) en el que desnuda las torpezas y fracasos de la diplomacia estadounidense, hace advertencias y llamados a sus compatriotas y estampa sus reflexiones y conclusiones a partir de las repercusiones derivadas de su libro El americano feo, que escribiera, dos años y medio antes, en conjunto con el profesor Eugene Burdick.
Fue hace mucho tiempo y era otro mundo, pero no les vendría mal a los que delinean la política internacional de EE.UU. una relectura de esta obra, en la que Lederer advierte que “ una nación no puede sobrevivir largo tiempo si tiene como base el propio engaño y la mala información”.
Uno se pregunta si los expertos y responsables de América Latina en el Departamento de Estado previeron las consecuencias de la gira de Bush por cinco países del hemisferio (Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México).
Las tribulaciones y contradicciones internas del gobierno uruguayo de Tabaré Vásquez —que analizamos en un artículo anterior— , pasan a segundo lugar frente al nuevo abrazo de Néstor Kirchner y Hugo Chávez.
El mandatario argentino, quien no se caracteriza por su sutileza en el manejo de la política exterior, salió como disparado para Caracas e inauguró pozos petroleros, lanzó bonos en sociedad con los venezolanos, acordó con su colega comandante constituir el Banco del Sur — para prescindir del Banco Mundial, por ejemplo— además de firmar varios convenios de cooperación entre ambos gobiernos.
Kirchner no disimuló el propósito de su jugada y en sus discurso advirtió claramente que “ hay que terminar con las teorías paternalistas” y con la de que hay países que tienen que “contener a otros países”.
Fue una respuesta directa a los EE.UU., cuyo presidente no pisará Buenos Aires, pero a la vez hará un tiro por elevación al Brasil cuya potencial o eventual supremacía regional lo pone histérico. Kirchner se abraza con Chávez, lo mete forzadamente en el Mercosur, proyectan un gasoducto gigante y ahora un banco de no menos envergadura e invita a Brasil, que, por supuesto no abdica de sus pretensiones imperiales, pero no sabe cómo salir.
A veces hasta llaman la atención algunas de sus actitudes: por ejemplo, que el canciller Celso Amorim refiriéndose a los problemas que hoy enfrenta al Mercosur, en el que Venezuela sigue sin dar cumplimiento a varias de sus normas estatutarias, los atribuya a las negociaciones bilaterales entre Uruguay y México.
Pero lo cierto es que en este “tira y afloja” vecinal a Brasil no le viene nada bien que EE.UU. lo vea con buenos ojos y menos que el subsecretario de Estado para Asuntos Políticos de los EE.UU., Nicholas Burns, dé a conocer su “ esperanza” de que el gobierno brasileño en algún momento asuma su papel de “potencia regional”.
El presidente Lula rápidamente se quitó el sayo y lo advirtió en su discurso de recibimiento a su colega boliviano Evo Morales hace diez días.
“No somos —dijo— los imperialistas que algunos dicen que somos, no somos hegemonistas como algunos quieren que seamos…”
Decididamente los funcionarios estadounidenses deberían ser más prudentes y saber que a ningún gobierno ni a ninguna nación le caen bien las tutorías y mucho menos las tutorías impuestas “desde arriba” tal cual lo propiciaba en una época Kisinger y parece que ahora lo revive Bush.
Hoy por hoy el Gobierno de Estados Unidos es una “mala junta”, mucho más de lo que lo era hace 46 años cuando Lederer escribió su libro, y es hora de que procuren una mejor información y dejen de autoengañarse.
Periodista uruguayo.