En Nicaragua se juega beisbol desde hace más de un siglo. El entusiasmo de los aficionados es indiscutible, al extremo que ningún otro deporte es capaz de reunir a más 20 mil personas en un estadio, como en la Final.
Su práctica es masiva y a través de todo el territorio nacional. Sin embargo, la calidad de los talentos que surge no es de lo mejor. Y prueba de ello en que en más de un siglo se han producido nueve big leaguers.
¿Qué significa eso? Que no se ha trabajado bien. No tenemos un sistema bien estructurado para producir jugadores, las instalaciones no son las adecuadas y la capacitación de los técnicos y árbitros sigue siendo una asignatura pendiente.
Sin embargo, en lugar de abrir las puertas a quienes estén interesados y tengan la capacidad de establecer programas de desarrollo (academia) se les pone una serie de trabas que pueden llevar a desmotivarlos.
Un caso ilustrativo es el de la familia Lacayo-Villalón en Granada. Han tratado por todos los medios de desarrollar jugadores mediante un programa bastante serio, y ni siquiera se les facilita el estadio.
Es decir, aquí se prefiere que se destruya lo que queda del Estadio de Granada, que facilitarlo a través de un contrato si se quiere, a un proyecto que traería beneficios en varias direcciones.
Para remate, el doctor José María Enríquez, directivo del Bóer, informaba ayer que debe cumplirse un procedimiento para establecer una academia, si ésta tiene nexos con las Ligas Mayores del beisbol.
No entiendo cómo funcionan las cosas. Lo cierto es que necesitamos academias. Necesitamos de entusiastas, dispuestos a invertir su dinero en un proyecto y se pone obstáculos.
Ni que esto —academia— pusiera en riesgo la soberanía del país. Además, como dijo Douglas Lacayo ayer en Radio 580, “no sé por qué tendría que pedir permiso para hacer un proyecto financiado con mi dinero”. Ahí está la clave.