En milagrosa pesca de recuerdos con Darling Anaya

Estamos en el pequeño porche de la casa saboreando un delicioso fresco de mandarinas, a traguitos pequeños, como queriendo estirar la breve dulzura del momento. Tarde de plática fácil y grata, propicia para lanzar el anzuelo en el mar de los recuerdos y lograr una milagrosa pesca de lejanías amadas [doap_box title=»El pozol con leche […]

  • Estamos en el pequeño porche de la casa saboreando un delicioso fresco de mandarinas, a traguitos pequeños, como queriendo estirar la breve dulzura del momento. Tarde de plática fácil y grata, propicia para lanzar el anzuelo en el mar de los recuerdos y lograr una milagrosa pesca de lejanías amadas
[doap_box title=»El pozol con leche de la Chona» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

“Me encantaba llegar al Mercado Central porque ahí, en sólo la entradita del costado sur, vendía sus frescos la Chona, mi delirio era el pozol con leche. En horas de la mañana ese ‘puesto’ se llenaba de parroquianos porque la Chona era amable, alegre y ofrecía sus refrescos en vasos gigantes.
“También me gustaba ir al Cementerio para gozar de aquel ambiente de silencio entre tumbas y cipreses, eso me llenaba de una paz espiritual muy grata. Otro deleite era llegar al Malecón, alquilar una panga y bogar por la costa del lago para ver los atardeceres.
“Me fui para Estados Unidos a trabajar como ecónoma de una familia de millonarios. Permanecí en ese cargo durante 23 años. Es muy duro el desarraigo, pero ya me he ido acostumbrando. Sucede si, que cuando estoy allá quiero estar aquí, y cuando estoy aquí quisiera estar allá, porque allá tengo a mi hijo menor y aquí al mayor. No se puede tener todo lo que uno quiere”.

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A mano con la vida

El hermoso rostro de doña Darling Anaya se ilumina cuando habla de la vieja Managua, aquella que según Tino López Guerra tenía un cielo de terciopelo y lagunas de celofán. La Managua del bello Malecón donde miles de enamorados, sentados en la parte más lejana del muro, se juraron amor bajo la Luna, mientras se escuchaba lejana la canción Pasión Tropical, de Mario Fernández Porta que algún romántico empedernido había seleccionado en la roconola luminosa de la Glorieta Central.

Gloria Darling Anaya Perezdiez Hartwig habla de esa Managua que palpitaba antes del terremoto del 72 frente al lago Xolotlán. De la Managua que no dejó rastros, porque una bola enorme de hierro fue desbaratando, golpe a golpe, sin miramientos, lo poco que quedó de ella después de la tragedia.

“Ahora mencionamos la ‘Vieja Managua’, pero ese tratamiento es impropio. Se pueden calificar de viejas aquellas ciudades europeas que, devastadas por la guerra, fueron reconstruidas en su mismo sitio. Ese no es el caso de Managua, ciudad que fue destruida por la furia de la naturaleza y el odio de un tirano, y que no pudo renacer, como el Fénix, de sus propias cenizas”.

EL POETA ARTURO DUARTE CARRIÓN

“Yo nací en el barrio Candelaria, pero desde chiquita pasé a vivir en la casa de mi tío, don Arturo Duarte Carrión. Estaba situada frente al Hospital General, en la Avenida José de San Martín. Ese hospital era un edificio muy largo y de poco ancho, con las paredes exteriores pintadas en blanco.

¿Don Arturo Duarte Carrión, el poeta?

Sí, el laureado poeta, escritor y vicegerente del Banco Nacional por 45 años. Era un hombre excepcional, un marido muy proveedor, exquisito en su trato con mi tía, muy recto y de costumbres austeras. Don Arturo estaba casado con doña Julia Perezdiez, era todo un caballero que cultivó la cortesía, la palabra exquisita y la puntualidad. A la hora señalada para el desayuno, el almuerzo y la cena, teníamos que estar todos sentados en la mesa frente a él.

Siempre iba a pie a su trabajo, nunca permitió que en la casa hubiera carro porque decía que nosotros éramos jóvenes y que perfectamente podíamos caminar a todas partes, por eso ni siquiera permitió que su hijo mayor, Ricardo, comprara uno.

Fue un poeta laureado, ganador de varios eventos literarios, recibió entre otros galardones la Medalla de Oro del Banco Nacional, no por poeta sino por su integridad y honestidad. Cuando dejó de trabajar, después de 45 años, el doctor León Debayle que era el Presidente de la Junta Directiva del Banco, dijo: “Duarte Carrión es más puro que el oro que guarda el banco en su bóvedas”.

¿Físicamente, cómo era don Arturo Duarte Carrión?

Era relativamente bajo, gordito, moreno, el típico hijo de Masaya. Era hijo natural de don Fernando Carrión, su madre fue doña Mariana Duarte. Siendo mi tío ya hombre don Fernando quiso reconocerlo, pero él rechazó la oferta diciendo que a él se le conocía por Duarte y no por Carrión. Postergó el apellido de su padre detrás del de su madre. Tuvo dos hermanos, Humberto y Fernando Carrión hijo. No sé cuántos títulos académicos tenía, lo que sé es que él se consideraba periodista por sobre todas las cosas.

EL BARRIO DE CANDELARIA

¿En qué circunstancias llega a vivir a la casa de don Arturo?

Mi padre murió cuando yo tenía ocho años, entonces la hermana de mi madre, que era la esposa de mi tío Arturo, le dijo que no se quedara sola en la casa que le había dejado su marido. “Vendé esa casa —le dijo— y vienes a vivir con nosotros”, porque la casa de mi tío era enorme, esa casa se perdió porque la invadieron después del terremoto.

¿Qué recuerdos tiene del barrio Candelaria donde usted nació?

Ahí nací y viví mis primeros siete años. Era un barrio muy alegre, abundante en niños. Recuerdo que ahí vivía la Yelbita Alegría, que era casada con don Erwin Krüger, músico, compositor e integrante del famoso Trío Monimbó. Eran notables sus Purísimas a las que todo el mundo llegaba porque daban de todo. También vivieron en ese barrio doña Alicia Miranda, esposa de don Francisco Frixione que fue opositor a Somoza durante toda su vida.

Cuando llega a la casa de don Arturo a los 8 años. ¿Cómo se sintió?

Me sentí muy contenta porque me sentía sola. Mis primas ya eran mayores, por eso me alié con mis dos primos varones que eran menores, ellos eran Orlando Duarte, que fue vicegerente de la Lotería y Oscar Duarte, que estudió bachillerato en Diriamba y se fue a estudiar a México, allá se casó y se quedó. Orlando vive, pero está muy enfermo, Oscar reside en Miami con su esposa.

EL VECINDARIO DEL HOPSITAL

¿Y del vecindario del barrio del Hospital qué nos puede decir?

Era precioso, ahí vivía don Cruz Vega, que fue un hombre muy capacitado en el ramo industrial, entre su casa y la nuestra estaba la residencia de la familia Velásquez. Después seguía la familia Molina, reconocidísima como Managua autóctona. Más allá de los Molina quedaba la residencia de don Ramón Rivas Novoa, ahí estuvo viviendo Ge Erre Ene.

¿De que año estamos hablando?

De los años comprendidos del 39 al 46, cuando todos los muchachos del barrio nos juntábamos en la calle para jugar. El juego preferido era el omblígate, también el esconde, esconde la piedra; las niñas saltábamos la cuerda y no faltaban los juegos de prendas, la cebollita, las chibolas, la rayuela, doña Ana, el pegue parado y el pegue sentado.

Nuestros padres nos limitaban el área de juego y nosotros obedecíamos, no objetábamos ni cuestionábamos lo que ellos decían, tampoco usábamos vestidos de marca como ahora, todos los vestidos femeninos los hacía la modista y los de varón el sastre.

Mi madre me hacía los vestidos, incluso hasta el vestido de novia me lo hizo ella.

Frente a la esquina sureste del Hospital estaba la famosa venta de la Chabela Lezama, esquina opuesta estaba una casa nueva a la que le decían la “casa del gallo”, porque arriba del techo pusieron una veleta en forma de gallo, al frente estaba una casa grande, cercado por una alambrada, era la del periodista Gabry Rivas, muy amigo de mi tío Arturo. Se daban el tratamiento de “colegas” porque ambos eran poetas y periodistas, en esa casa murió la esposa de Gabry, que después se casó con doña Olga Rivas de Rivas.

LOS MAESTROS DEL BAUTISTA

Mi primaria y parte de la secundaria las hice en el Bautista. Hacíamos cuatro viajes porque las clases eran de 8:00 a 11:00 de la mañana y de 2:00 a 4:00 de la tarde. Nos íbamos en grupo, porque todos mis primos estaban en ese colegio, también iban mis otros primos, los hijos de mi tío Isaías, que vivían más adelante, la piña total era de seis estudiantes que caminábamos charlando, cortando florecitas, en ese tiempo no existían buses escolares.

¿Quiénes fueron sus maestros de primaria?

Doña Merceditas Mendieta y doña Leonor Mendoza, a las dos las recuerdo muy vivamente, pues hicieron impacto en mi vida, siempre me aconsejaban y me toleraban porque yo era un poquito rebelde. Era excelente alumna, pero muy juguetona. En ese tiempo el director del Bautista era Mister Wise, quien vivía ahí con su esposa.

¿Recuerda a sus profesores de secundaria?

Perfectamente, a don Fidel Saballos, Leonte Pallais, que era abogado, muy galán y pelón. Otro personaje inolvidable fue la maestra, doña Leonor García de Estrada, que me dio clases en varias asignaturas. Otro era don Fidel Saballos que tenía una escuela de comercio. Otro venerable maestro fue don Nacho Fonseca, que llegó a ser director del Goyena.

VIAJE EN AVIÓN A HONDURAS

¿Conoció toda la Managua de aquel tiempo?

Casi todos, menos los barrios alejados porque mi mamá no nos dejaba ir tan lejos. Sin embargo quedaron muy grabados en mi mente los paseos en coche al Aeropuerto Xolotlán. Ahí teníamos una amiga, Victoria Cabezas, quien vivía frente a la Aviación, en esos viajes me acompañaba mi prima Dora que fue casada con el doctor Armando Arce Paiz.

Siendo muchachita viajé en avión a Honduras, me acompañaba mi mamá. Tomamos el avión ahí en el Xolotlán y el vuelo me afectó el estómago. Aquel vuelo fue una sensación enorme, todos mis compañeros de clase estaban súper ilusionados para que yo les contara como había sido la cosa y yo fui el centro de atención por varios días.

¿Y cuántos novios tuvo?

Pues no muchos porque me casé bien joven, me casé de 16 años, saliendo del colegio. Yo estudié hasta tercer año, después me fui a Estados Unidos donde me bachilleré y perfeccioné el inglés. Mi marido fue el ingeniero Francisco José Jarquín, oriundo de Ocotal.

¿Usted lo miraba guapísimo?

¡Era guapísimo! Le conocí a través de una amiga, él estudiaba ingeniería, fue de la primera promoción de la Escuela de Ingeniería que quedaba en la Calle 15 de Septiembre, frente a la casa Recalde.

¿Cómo se le declaró?

Bueno, eso fue algo interesante. Fuimos a una fiesta de la universidad como amigos y bailando me dio un beso y me dijo: “Ya soy tu novio”. Eso fue todo, y yo me dije para mí misma: “Ya es mi novio, si ya me dio un beso, ya es mi novio”.

Le cayó bien ese novio a don Arturo.

Sí, porque ya iba a ser ingeniero y era hombre que prometía, antes de graduarse trabajó como ingeniero del Distrito Nacional en tiempo de Andrés Murillo, en ese entonces nos casamos, ya casado él hizo su monografía y presentó su tesis de ingeniero. Nuestro primer hijo vino a los dos años… Ya murió, también.

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