SCOTT ESTARÁ SIEMPRE ENTRE LOS GRANDES
La primera vez que sentí que estaba jugando realmente en Primera División fue cuando Clifford Scott me estrelló contra un extremo de la cancha del Polideportivo España. Me quedó viendo fugazmente como diciendo “bienvenido”. Pasé una semana con un fuerte dolor en el pecho, mascullando una etapa de transición de mi vida deportiva.
Años antes lo veía jugar contra Sammy Lambert, en aquellos clásicos nacionales, UCA-Caminos, que convertían, por un día, al baloncesto en el deporte nacional. Primero en la cancha de los Marañones y luego en el Polideportivo España de los años 70.
Sammy, saltando como un demonio, que siempre me recordó a un jugador de la NBA estadounidense de esos años, David Thompson, de Denver Nugget, que según decían podía agarrar una banana de la parte superior del tablero.
Sammy era en jugador increíblemente calmado, al menos visto de afuera siempre lo he visto así. En medio de las intensas presiones de un juego de este tipo, el hombre andaba feliz en toda la cancha repartiendo balón y reduciendo las discusiones casi al cero absoluto.
Clifford, en cambio, era dinamita. Entraba a la cancha como cuando un mecánico abre la capota de un vehículo o un doctor llega a la sala de cirugía, dispuesto a resolver el problema por muy difícil que sea. Se plantaba en la cancha para jugar con intensidad desde el primer segundo hasta el último. Exigente consigo mismo hasta el extremo.
Fue capaz de ser líder en un equipo con jugadores de alto rendimiento a quienes también admiré como Rodolfo Ellis “Taxí”, Róger Hodgson, Róger Wilson, Róger Valerio, Gonzalo Salazar, Luis Fonseca “el Flaco Luis” y de quienes hablaré en el futuro. Pero lo cierto es que Clifford hizo algo que en ese momento pareció difícil, hacer de Caminos el gran equipo de esa década.
Me contaban que cuando el resto de jugadores no entrenaban, los llegaba a traer él personalmente, no sin unos cuantos “consejos”. De esto último sí fui testigo. Por diversos motivos abandonó el país a principio de los ochenta y regresó hasta el noventa. No cambió nada, el mismo jovial, sociable y tremenda gente.
No sé si el primer equipo con el que jugó en ese momento fue Astros, pero para mí fue una buena experiencia, ya que teníamos quizás 12 años de no vernos. A diferencia de los 70 en esta ocasión con los Astros fue un gran aporte en fortaleza y madurez.
Después se fue a crear su propio equipo, los Langosteros, con un grupo de jugadores jóvenes, a quienes al igual que el viejo equipo de Caminos intentó sacarles el jugo al máximo. Sin temor a equivocarme puedo decir que fue un buen experimento, aún cuando las brechas generacionales son un factor limitante. Al igual que el intento hecho por otros equipos, Clifford quiso hacer algo más que divertirse. Fue una escuela de cómo hacer deporte.
Al volver la vista atrás, pienso en lo importante que fue contar con jugadores del calibre de Clifford, que constituyeron un parámetro a considerar para ser atleta.
Al menos cuando inicié mi carrera como deportista, lo hice con la firmeza que mi objetivo era hacer un esfuerzo por superarlo, por ser mejor que él. Estoy orgulloso de haberlo intentado.
No me gusta comparar mucho a los atletas, y decir quién es el mejor. En el caso del baloncesto nadie puede asegurar tal cosa pues los registros son muy pobres y las valoraciones muy subjetivas. Y sería injusto hacer uno ahora.
Pero sí puedo decir que Clifford marcó toda una época, y espero no equivocarme, fue una gran época para baloncesto, al punto que el primer ministro de Deportes que tuvo el gobierno del Frente Sandinista, en 1979, fue un jugador de baloncesto llamado Clifford Scott, y eso quizá dice mucho del nivel que este deporte alcanzó hasta ese momento. O quizás podemos decir al nivel que lo llevó el mismo Clifford.
* Luis Núñez es periodista de la Sección Negocios y Economía de LA PRENSA.