Yosvany Alamario es una de las figuras de León. (LA PRENSA/G. MIRANDA)

La Final es una olla de presión

[doap_box title=»Incomparable» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Ah, esa grandeza que tiene el beisbol. Raramente es el equipo que se defiende quien tiene la iniciativa. El pitcher tiene la bola y luce tan autoritario y poderoso, como tan frágil. Puede ser capaz de enviar una llamarada de 90 millas rumbo hacia el plato, y verla convertirse en un […]

[doap_box title=»Incomparable» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Ah, esa grandeza que tiene el beisbol.

Raramente es el equipo que se defiende quien tiene la iniciativa. El pitcher tiene la bola y luce tan autoritario y poderoso, como tan frágil. Puede ser capaz de enviar una llamarada de 90 millas rumbo hacia el plato, y verla convertirse en un proyectil que va directamente hacia el corazón de tu equipo.

Júbilo y tragedia se juntan en las tribunas. El planeta se detiene, el sol se apaga, la angustia ahoga, los corazones se aceleran y desaceleran. Por favor, un pañuelo para secar el sudor y unas muletas para poder sostenernos en pie.

Eso es el beisbol. Una olla de presión.

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Pueden sentir la energía y la pasión. Es el beisbol llegando a su punto de ebullición. Un buen momento para preguntarse: ¿Cómo se puede medir la locura?

León-Boer, la final soñada.

Después de dos temporadas frustrantes, el público capitalino resurge con furia de huracán y el viejo Estadio de Managua volverá a vibrar.

No hay espacio para pronósticos. Es la presión la que toma todo el terreno.

Sé que hay peloteros y managers que no les gusta hablar de esto. Pero la presión es lo dominante en toda serie corta, cuando muchas de las certezas se derriten y lo imprevisible, golpea constantemente nuestras narices. No hay forma de escapar.

Es precisamente el arte de manejar la presión, lo decisivo.

¿Qué es lo que está escrito en un drama que se extiende velozmente por siete juegos? Nada, nada, excepto la inseguridad.

Esto no quiere decir que los cálculos previos tengan que descartarse y que el favorito sea colocado debajo de las suelas de los zapatos. No podemos tirar a la trituradora los antecedentes, las comparaciones, las cifras, porque estaríamos cayendo en el terreno del disparate, pero hay que estar claros, que nada de eso es definitivo.

¿Qué otro juego provoca tantas teorizaciones discutibles? ¿Dónde más el margen de un error tan diminuto puede causar una catástrofe? ¿En qué otra gestión la excelencia se muestra tan propensa al fracaso?

Se dice, y es cierto, que comparado con los deportes contrarreloj, como el futbol y el baloncesto, el beisbol es lento, pero ¡Diablos!, cómo esa lentitud, en juegos cerrados, edifica grandes dramas. Tal disfrute con riesgos cardíacos no tiene precio.

El beisbol, rey de los deportes, es el que permite la mayor cantidad de especulaciones estando el juego en proceso, aún sin la bola en juego.

Todo está listo para el arranque de la final del 2007 en medio de una incontrolable expectativa.

Indios y leones están muy próximos en casi todo, y eso convierte en más intrigante esta serie. El momento obliga no solamente a confiar en las armas y crecer frente a las exigencias, sino a ser más heroicos, y los rugidores tienen un postgrado en eso. Pueden preguntarle a los Tiburones de los setenta, a los Dantos de los ochenta, a los Indios de los noventa y también al todopoderoso Chinandega.

Además de la determinación de vencer, hay que tener con qué hacerlo. Indios y leones lo tienen, y los veremos ir a fondo.

Si alguien se derrumba, no será por culpa nuestra. Hay bateo fluido y de poder en los dos lados, defensas interiores con facilidad para simplificar, profundo pitcheo abridor y suficientes escopetas para los rescates. ¿Qué más queremos?

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