Ryszard Kapuscinski.

Viajes con Heródoto

Escrito desde la perspectiva de medio siglo, Viajes con Heródoto se revela como un libro- reportaje de viajes, antropológico y hasta narrativo. En la década de los cincuenta, mientras recorre la Polonia profunda “con más pena que gloria, de aldea en aldea, de villorrio en villorrio, en un carro de adrales o en un autobús […]

Escrito desde la perspectiva de medio siglo, Viajes con Heródoto se revela como un libro- reportaje de viajes, antropológico y hasta narrativo.

En la década de los cincuenta, mientras recorre la Polonia profunda “con más pena que gloria, de aldea en aldea, de villorrio en villorrio, en un carro de adrales o en un autobús desvencijado”, un Kapuscinski aprendiz de reportero vive obsesionado con la idea de cruzar la frontera. Fracasa en su aspiración de viajar a la vecina Checoslovaquia pero, en cambio, la redacción del diario en el que trabaja lo envía a… la India.

El flamante corresponsal parte con el único bagaje de lo que es (un joven provinciano vestido a la moda ‘Pacto de Varsovia, año 1956’) y un libro, la Historia de Heródoto (regalo de la redactora jefe), que, compañero inseparable desde entonces, resultará decisivo para la formación (profesional y personal) del futuro autor de obras tan diferentes entre sí y a la vez tan inconfundibles kapuscinskianas como El Emperador, El Sha y Las Guerras del Futbol, El Imperio y Ébano, Un Día Más con Vida y Lapidarium IV.

Escrito desde la perspectiva de medio siglo, Viajes con Heródoto se revela como un libro de difícil (por no decir imposible) clasificación. ¿Es un reportaje? A ratos. (Hace tiempo que los teóricos de la literatura han rechazado este marco para encuadrar la obra de Kapuscinski; algunos sostienen incluso que ésta constituye un género literario nuevo). ¿Un estudio etnográfico-antropológico? En parte sí. ¿Un libro de viajes? También lo es (Viajes en el espacio y en el tiempo: por el mundo de la Antigüedad y por el del siglo XX). ¿Un homenaje al Heródoto protorreportero y a la calidad de su prosa? Desde luego. ¿Una reivindicación del “primer globalista”, descubridor de algo tan fundamental como que los mundos son muchos “y que cada uno es único. E importante. Y que hay que conocerlos porque sus respectivas culturas no son sino espejos en los que vemos reflejada la nuestra”? Sin duda alguna.

Y todo esto, plasmado en magníficas historias no ficticias —grandes y pequeñas, trágicas y divertidas— en las que los soldados de Salamina conviven con un niño sin zapatos en la Varsovia de 1942, los defensores de las Termópilas de Leónidas con los pescadores del Bodrum-Halicarnoso del año 2003, Jerjes con Dostoiesvski, Creso con Luis Armstrong, etcétera. Y, sobre todo, el maestro Heródoto con su discípulo Kapuscinski.

Fragmentos Viajes con Heródoto

“El hombre contemporáneo no se preocupa de su memoria individual porque vive rodeado de memoria almacenada (…) En el mundo de Heródoto, el individuo es prácticamente el único depositario de la memoria. De manera que para llegar a aquello que ha sido recordado hay que ir hacia él; y si vive lejos de nuestra morada, tenemos que ir a buscarlo, emprender el viaje, y cuando ya lo encontremos, sentarnos junto a él y escuchar lo que nos quiera decir. Escuchar, recordar y tal vez apuntar. Así es como, a partir de una situación como ésta, nace el reportaje”.

“¿Papel decisivo de una liebre en el devenir de la humanidad? Los historiadores están de acuerdo en que no fueron sino los escitas los que detuvieron el avance de Darío sobre Europa. Si esto no se hubiera producido, el destino del mundo habría podido tomar otro rumbo. Y la retirada de Darío se debió a fin de cuentas al hecho de que los escitas, al perseguir alegremente una liebre ante los ojos del ejército persa, demostraron que éste les tenía sin cuidado, que lo desdeñaban y menospreciaban. Y aquel desdén, aquella humillación, fue para el rey de los persas un golpe mucho más atroz de lo que hubiera sido su derrota en una gran batalla”.

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