Mujer que espera. Salvador Castillo. (LA PRENSA/Archivo)

Algún inédito paraíso

“En las caras de mujeres y niñosyo he visto las marcas de unhambre lasciva”.Carl Sandburg Anoche, el joven ajedrecista se desveló conversando con ella. Una fuerza combativa o acaso indeclinable lo mantuvo con la mirada firme hacia su cuerpo, hacia esa presencia absoluta de madura hembra seducida. Lógico imaginar, entonces, que él calculaba a cada […]

“En las caras de mujeres y niños
yo he visto las marcas de un
hambre lasciva”.

Carl Sandburg

Anoche, el joven ajedrecista se desveló conversando con ella. Una fuerza combativa o acaso indeclinable lo mantuvo con la mirada firme hacia su cuerpo, hacia esa presencia absoluta de madura hembra seducida. Lógico imaginar, entonces, que él calculaba a cada instante el espacio que ocuparía su mano izquierda sobre los pechos ondulantes de su anfitriona, figurándose además la forma de su boca empecinada en perseguir minúsculos lunares —hasta entonces desconocidos— sobre la superficie de unas caderas regordetas o una espalda obscenamente irreprochable.

Pasó escuchándola por horas, observándole la cara por horas, olfateando las bruscas oscilaciones de esa vocecita que rebota en ecos suaves contra las paredes de la casa y cae muy de pronto hecha astillas para erigir un ancho embudo de silencio. Fue ahí cuando entre ellos nació una suerte de precaria complicidad, en virtud de la cual actuaban como si estuvieran ocultándose una verdad conocida a medias y de la que no esperaran acordarse.

Resulta casi innecesario explicar que ella estuvo al tanto de las imágenes que el muchacho maquinaba en su cabeza. Y es que, de hecho, esa es la maniobra que ella ha venido ejercitando con los jóvenes del barrio: un hábil y espontáneo hilar y deshilar de múltiples posibilidades, un ir y venir de sugerencias que abundan en inexactitudes y tenaces apasionamientos. Desde luego que para el ajedrecista, ese jugueteo de silencios e insinuaciones vino a ser quizá el anuncio más enfático de algún inédito paraíso, más todavía si añadimos que ella, en prolongados intervalos, se hacía un poco la desentendida, la descuidada, la que no sabe cómo se destejen los nudos de su propia madeja.

Ahora puedo confirmarlo. Ella parece haber renunciado por completo a esa naturaleza suya hasta ahora catalogable como huraña; la ha reemplazado por una parquedad obviamente persuasiva, abierta en canal como una disimulada herida capaz de cautivar tanto a jóvenes de una pequeña colonia como a los de un gigantesco barrio o una capital entera. A sus cuarenta y tres años, con un desventurado divorcio a cuestas, algo existe en sus vísceras que aún le reclama voluntad de mundo y agitación de carne. Ella, impune, no piensa contener eso que la arrastra hacia el deleitable don de la intemperancia, mucho menos piensa reprimirlo, aunque al cabo todo esto le cueste la reprobación de una que otra beata de provincia o hasta la misma publicación de este relato en el que ella quedará por siempre expuesta como personaje.

Los acontecimientos disponen su anclaje en la casa de enfrente. En el aire circula una paz de aparentes malentendidos, una paz alimentada más bien por cierto deje desesperado que el viento toma a ratos contra el reborde de las ventanas.

Ella, en el centro de la sala, gobierna la reunión. Más de veinte adolescentes se han congregado alrededor suyo, citados cada uno con la promesa de ser hoy el día en que las aventuras particulares tendrán al fin su ansiada recompensa. Y, bueno, el joven ajedrecista es apenas uno entre los huéspedes que acorralan a esa mujer semidesnuda, inquieta por perpetrar de golpe el festín de sus afectos. Todos, al igual que él, exploran ese lado secreto del frenesí que bien puede acabar siendo confundido con los celos más triviales de cualquier amante. Pero ninguno de ellos se sabe enteramente correspondido por la mujer que tienen ante sí y eso, claro está, los obliga a falsear expresiones de íntimo convencimiento, por cierto, nada convincentes. Los vistazos intimidatorios aumentan, produciéndose un traqueteo insonoro de tensiones que sólo concluye cuando la mujer, orientándose hacia la alcoba, dictamina el nombre del primer padrote que saboreará los impudores de su carne. El azar de esa elección, ya lo suponíamos, no favorece al frustrado ajedrecista sino a su insoportable vecinito corpulento.

Masaya, 17/01/06.

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