Cuatro perros calientes para Maximillonario
Mente Brillante, Gladiador, El Informante, la verdad es que Russel Crowe ha demostrado en estos años la buena calidad de actor que es, su versatilidad para asumir papeles, y no es la excepción de Un buen año donde debe ser un pedante especulador de la bolsa de valores que se dedica a construir y desmoronar fortunas en un instante.
Crowe interpreta a Max o Maximillonario, quien vive en el trajín de los números, el dinero y la arrogancia derramando por sus poros, anulando un pasado en el que la vida era más sencilla y placentera.
Y ese pasado vuelve con la muerte de la persona que lo crió, su mentor en forjar su carácter de vencedor, su guía en administrar la vida y quien le dejó en sus pupilas las mejores vivencias que vuelven cuando llega a la finca en las afueras de Francia, encontrando a su tío en cada rincón de la casa, en el aroma del tabaco que fumaba, en los días que jugaban tenis, en la piscina y hasta en el sótano donde están las botellas de vino.
Su cuerpo es impregnado de recuerdos que le hacen reflexionar sobre estos años en los que ha dedicado su esfuerzo a atropellar a quien se le ponga enfrente y quebrar cualquier negocio que tenga fondos que valgan la pena. Ha sido capaz de quedarse sin amigos, de no confiar en nadie y estar a la defensiva, pero esos días en esa finca se da cuenta que tal vez ha estado equivocado.
La producción tiene lindas tomas de las mañanas y atardeceres fuera de las arrogantes capitales, muestra el tiempo holgazán que cubre los pueblos, la relajación de los rostros de quienes viven la vida al ritmo de la naturaleza y no al ritmo del reloj y nos deja en el paladar la necesidad de probar los vinos que se producen para saber si es cierto que sólo sirven para escupirlos o tienen la calidad que urge Max para vender el lugar al mejor precio.
Esta es la mejor opción para no escuchar la alocada motosierra de la masacre de Texas o ver las aburridas patadas de Jean Claude van Dame en un guión repetido mil veces, ni la maldición de Toshie quien sólo causa bostezos. Crowe, como el gladiador, nos ha salvado de la sangre, de los gritos, del estúpido horror.