La semana pasada abordé el asunto del peso corporal, una medida rápida pero limitada que sirve de guía para mejorar nuestro estatus nutricional. Peso y crecimiento han sido usados como indicadores nutricionales desde hace unos 100 años. Científicos aprendieron que incluir ciertas especias animales a dietas muy limitadas en su variedad de comidas y nutrientes resultó en interrupción del crecimiento y disminución de peso. También se descubrió que dietas con nutrientes adecuados resultaban en recuperación de peso.
A la vez, los científicos identificaron una categoría de nutrientes que deben estar en la dieta; estos fueron nombrados indispensables o esenciales, otra categoría correspondía a aquellos que podían ser producidos en el cuerpo, fueron nombrados dispensables. Después descubrieron que el riesgo de contraer ciertas enfermedades crónicas o degenerativas fue más alto con el mayor consumo de calorías y el bajo consumo de nutrientes supuestamente dispensables y que ingiriendo nutrientes indispensables pero en cantidades mucho mayores de aquellas requeridas para mantener el peso y el crecimiento, tuvo efectos beneficiosos en la prevención de algunas enfermedades, indicando que además del peso había otros indicadores importantes del estatus nutricional. Eso abrió la puerta para entender cómo lo que comemos influye en la vulnerabilidad a enfermedades como diabetes, enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer. En dicho contexto, hay mucho interés en el rol de las frutas y verduras.
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