- Siempre es difícil saltar a la inmortalidad para los jugadores latinos pese a sus cifras
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Fue necesario esperar 37 años desde 1936, cuando Ty Cobb, Babe Ruth, Walter Johnson, Christy Mathewson y Honus Wagner entraron al galope en la promoción de apertura, para poder ver al primer pelotero latino en Cooperstown. Y como un designio del destino, fue Roberto Clemente en 1973, recién fallecido en aquel momento, colocando a un lado la reglamentación que exige cinco años de retiro.
Claro, era un reconocimiento a la combinación perfecta de capacidad de superación, excelencia y espíritu de sacrificio, que mostró en cada instante de su fecunda vida, el formidable pelotero boricua que se instaló en la frontera de los 3,000 hits, con ese gesto de satisfacción y arrogancia prefabricada, que siempre lo identificó mientras escalaba la montaña de la grandeza.
¿Cuántos latinos se encuentran en la catedral del beisbol? No es un pregunta difícil, apenas siete. Después de Clemente lo han conseguido Juan Marichal, Luis Aparicio, Rod Carew, Martin Dihigo, Orlando Cepeda y Tany Pérez. No pierdan el tiempo buscando otro.
Uno piensa, sin perder la perspectiva ni pisar el terreno de las exigencias, que el tirador derecho Luis Tiant y el artillero Tony Oliva deberían estar en Cooperstown. Yo tengo más aprecio por lo que hizo Tiant, que por las credenciales de Don Drysdale, y considero que el único caso de la historia de ver un campeón bate en sus dos primeros años, como lo fue Oliva, agregando otro título entre sus siete campañas de .300, con más de 200 hits en par de ocasiones antes de ser afectado muscularmente, también podría tener sitio.
URGEN AJUSTES
La valoración sobre los latinos —no sólo pensando en Cooperstown— necesita ajustes en lo referente a la objetividad. Pese a que el campo de las consideraciones se ha ampliado, siempre es difícil para un latino prevalecer como pelotero o pitcher del mes, y mucho más, como merecedor a una de las grandes distinciones, tales como son el Cy Young, el Novato del Año y el Más Valioso, a menos que presenten comportamientos impactantes.
Dos nicas, Denis Martínez y Albert Williams, perdieron títulos de pitcher del mes, superando a sus rivales, y me parece improbable ver a un latino como Más Valioso con la actuación de Kirk Gibson en 1988, sin un solo liderato ofensivo.
Recordemos que Juan Marichal, con un currículo impresionante, no fue una escogencia de primer intento, y que la admiración alrededor del humanismo de Clemente estuvo por encima de sus cifras al momento de acelerar su ingreso.
El legendario cubano, Martín Dihigo, víctima de la discriminación que desvaneció Jackie Robinson en 1947, logró entrar a Cooperstown por determinación de un Comité Especial para evaluar a los grandes peloteros que deslumbraron en las Ligas Negras.
Se puede recurrir a argumentaciones capaces de agrietar la frialdad de las cifras para dimensionar correctamente las ejecutorias de latinos como Camilo Pascual, Rico Carty, David Concepción, Zoilo Versalles, Fernando Valenzuela, Miguel Cuéllar y Denis Martínez, sólo por mencionar ciertos casos, pero hay que superar mil dificultades.
La proyección espectacular que han alcanzado Sammy Sosa, Alex Rodríguez, Pedro Martínez, Juan González, David Ortiz, Manny Ramírez y Johan Santana, hace pensar en futuras arremetidas de peloteros latinos contra el portón de Cooperstown.
ATERRIZA CLEMENTE
En 1973, cuando todavía el mundo del beisbol estaba estremecido por su trágica desaparición la noche del 31 de diciembre de 1972 involucrado en una tarea de ayuda para las víctimas del terremoto en Nicaragua.
Semanas después de haber conectado su hit 3,000 contra el zurdo John Matlack, de los Mets, y de haber dirigido la selección amateur de Puerto Rico en el mejor Mundial de la historia, Clemente se olvidó de la Nochebuena y el Año Nuevo para estar al frente de una cruzada que nos permitió captar su concepto de la solidaridad.
Con cuatro títulos de bateo, cuatro temporadas con más de 200 hits, un total de 12 guantes de oro como jardinero derecho, Más Valioso en 1966, Más Valioso de la Serie Mundial de 1971, y con un porcentaje de 317 puntos a lo largo de 18 años, agregando 240 jonrones, Clemente obtuvo post mórtem, 393 votos de un total de 424, registrando un llamativo 92.7 por ciento de aceptación saltando encima de la rigidez de las reglas.
En 1977, por una gestión del Comité de Veteranos, Martín Dihigo, que debería estar en competencia por ser el atleta cubano del siglo, un negro de asombrosas facultades capaz de desempeñarse con singular eficacia en todas las posiciones, pero bloqueado por la discriminación racial, fue incorporado al Salón de la Fama.
LA HORA DE MARICHAL
Después de no poder conseguir el suficiente número de votos en su primer intento, el astro dominicano Juan Marichal, con seis temporadas ganando más de 20, incluyendo totales de 25 y 26 victorias; con impresionante comportamiento en Juegos de Estrellas; 2.89 en efectividad a lo largo de 3,506 entradas; y tirador de un no hitter, logró entrar al Salón en 1973 con 313 votos de 374 posibles, para un 83.7 por ciento.
Al año siguiente, 1984, sobreviviendo a varios rebotes, el estupendo paracorto venezolano Luis Aparicio, un excepcional robador de bases que manejaba con precisión de arquitecto el sentido del tiempo y la distancia mientras desequilibraba emocionalmente a pitcheres y catcheres para conseguir nueve lideratos, también un bateador de 2,677 hits y dueño de un guante prodigioso, ingresó a Cooperstown.
El panameño Rod Carew apareció en pantalla en 1991, y con 401 votos de 447 disponibles después de obtener siete cetros de bateo, y registrar un porcentaje de 388 puntos durante un feroz y apasionante ataque a los 400 en 1977, aseguró su butaca en la catedral.
En poder de Carew está la máxima cifra de hits en una temporada para un latino con 239, y su total de 3,053 hits permanece resplandeciente. Sin la menor duda, el bateador latino de más tacto que nuestros ojos han visto, prácticamente imponchable, capaz de acertarle a un insecto en vuelo con una línea entre dos, o hacer pasar un roletazo por el ojo de una aguja.