Una de las ideas en boga que fluyen en los medios internacionales es que Hugo Chávez, gracias a los petrodólares, está construyendo un proyecto de hegemonía continental opuesta a la tradicional de Estados Unidos.
El presidente venezolano usa una retórica incendiaria, llama “diablo” o “Mr. Danger” a George W. Bush, le manda besos burlescos a Condoleezza Rice y sin tapujos denuncia “el imperialismo norteamericano genocida y criminal”, “asesino de niños en Irak”, bla, bla. Con estas estridentes tiradas de antiyanquismo deleita a las masas venezolanas y a otros millones en Latinoamérica.
Sin embargo, si nos hacemos la pregunta seriamente: ¿Puede Chávez en realidad tener un enfrentamiento estratégico con Estados Unidos? La respuesta es simplemente: no.
Pese a los crecientes ingresos petroleros, Venezuela está a años de luz de constituirse en una potencia, al menos del estatus de Rusia, China o Francia. Sigue siendo un estado tercermundista. El petróleo está en una magnífica coyuntura ahora, pero como se ha visto en el pasado, esta situación puede cambiar y los precios del crudo caerán en otro días.
No se vislumbra algo parecido al boicot árabe de 1973, aunque una acción militar estadounidense o israelí contra las plantas nucleares de Irán tendría consecuencias terribles. ¿Cuándo Irak volverá a sus niveles máximos de explotación? Es una incógnita sin respuesta.
Ni en el plano del hard power (poder duro) o en el soft power (poder blando), no hay comparaciones.
El poderío militar y tecnológico estadounidense (hard power) es abrumador y supera a todos sus rivales de importancia juntos. Chávez lo sabe. Esto plantea dudas sobre el sentido de sus grandes compras de armas de más de 3,000 millones de dólares — aviones cazabombarderos y helicópteros rusos, cien mil AK, etc.
Y si se trata de la imagen o atractivo a los ojos del mundo (soft power), ningún país se proyecta, como gracias a la idea del American way of life o del poderoso mito del sueño americano, del modo que EE.UU. lo hace.
Amada u odiada —como por los extremistas islámicos—, la música popular y Hollywood son formidables vehículos de la proyección de la atractiva cultura de masas estadounidense, complementada por la imposición de modas y tendencias en estilos de vida mundiales, incluyendo a los venezolanos, tan consumistas ellos mismos.
En uno de sus brillantes libros sobre la Guerra Fría, el ex consejero de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezinski, decía que el centro de un sistema —la potencia dominante en un dado momento— era atractivo para la periferia. Así comparaba cuántos millones de personas anhelaban irse a vivir a EE.UU. y cuántos querían irse a la URSS. En el sistema comunista muchos soviéticos preferían vivir, si tenían la oportunidad, en países satélites como la RDA o Hungría, donde se gozaba de un nivel de vida más alto. Y este aspecto tiene aún vigencia.
Hay que agregar que Washington tiene puesta su mirada estratégica en otros lugares que no son Latinoamérica: Oriente Medio, Asia, Europa. Por lo tanto, dedica menos atención a la supuesta “amenaza venezolana”.
La geografía y la economía imprimen su implacable huella en la realidad. Más de la mitad del petróleo venezolano —que posee una calidad inferior al saudita por el alto componente de azufre— Chávez lo vende a EE.UU. Casi el 15 por ciento de las necesidades petroleras de Washington es cubierto por los envíos venezolanos. Estos factores objetivos deberían empujar a un entendimiento entre ambas partes.
Es visible que desde que Thomas Shannon asumió como el diplomático jefe para América Latina en el Departamento de Estado, EE.UU. bajó el nivel de su retórica con Caracas.
Sin embargo, se está lejos de un acercamiento. Según las señales, Washington no está muy claro sobre esto.
Chávez es un caudillo populista, es autoritario, ha concentrado demasiado poder, habla de socialismo y pretende ser el heredero espiritual de su amigo Fidel Castro. Pero se le quiera o no, Chávez ha obtenido con su siguiente clara victoria más legitimidad democrática.
No se trata de cerrar los ojos ante movimientos dictatoriales, a las restricciones a libertad de prensa, de empresa o a la oposición. Pero hay que reconocer lo anterior como una premisa para un diálogo.
La única verdadera amenaza es que una artificial división del continente por culpa de un comandante ambicioso y teatral, termine perjudicando asuntos serios y urgentes: la lucha contra la pobreza, contra las desigualdades y por el desarrollo, el libre comercio, el combate al crimen organizado, la integración regional.