Cuando Benedicto XVI puso el pie en Turquía el martes pasado, comenzaba la visita más difícil de su papado de poco más de año y medio.
El viaje, como otros en la historia vaticana, es un verdadero acto de acrobacia entre religión, política y diplomacia.
Aunque el propósito principal es fomentar el diálogo ecuménico con la iglesia ortodoxa que cuenta con unos 250 millones de fieles, la visita estuvo precedida por una gran polémica e inconformidad.
Turquía es un país clave del mundo islámico. Por virtud de su historia y de la geografía es un puente entre Occidente y Oriente y aspira a entrar un día a la Unión Europea, pese a enormes obstáculos.
En septiembre pasado, durante una visita a su Alemania natal, el Sumo Pontífice pronunció una disertación teológica en Ratisbona. Empleó en ella citas de un diálogo entre el emperador bizantino Manuel Paleólogo II y un erudito persa de finales del siglo XIV. El gobernante bizantino, entonces asediado por las tropas otomanas, reclamaba a su interlocutor que le mostrase lo bueno que habían hecho el islam y el profeta Mahoma; alegaba que en ellos sólo había “cosas malas e inhumanas” como “esparcir con la espada la fe que predicaban”.
Esas palabras, parte de un discurso muy extenso y que perseguía argumentar contra la justificación religiosa de la violencia —como los actos terroristas del extremismo islámico—, causaron una honda molestia en el mundo musulmán, donde se les vio como un nuevo ataque a su religión.
Los 1,200 millones de creyentes del islam hacen hoy un imperativo absoluto el diálogo con esta religión.
De acuerdo a algunos vaticanistas italianos, Benedicto XVI echó así por la borda 20 años de progreso en el diálogo interreligioso que había cultivado su antecesor. Juan Pablo II era un líder respetado y oído en el mundo musulmán. En 2001, fue el primer Papa en entrar y orar en una mezquita, la de los Omeyas, en Damasco.
He aquí las distintas personalidades y trayectorias de ambos papas son visibles, pese a que esta comparación no gusta a ciertos en el Vaticano. Karol Wojtyla era un líder con inmenso carisma y extraordinarias dotes políticas y mediáticas. Venía de una escuela política y de vida donde se aprendía a medir cuidadosamente cada paso: las décadas de espinosa relación entre la iglesia católica y el comunismo en Polonia. Es difícil que hubiese cometido una pifia de ese tipo.
Joseph Ratzinger vivió su juventud y su vida adulta en un estado democrático, donde se podía ejercer libremente el culto religioso. Ratzinger es más un académico, menos un político. Durante el largo papado de Juan Pablo, sus funciones de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe eran de suma importancia pero con proyección más bien hacia lo interno de la iglesia.
La herida quedó abierta desde Ratisbona, pese a los lamentos o disculpas del Papa. Hasta el mismo martes, la actitud de la sociedad turca oscilaba entre la indiferencia, el rechazo o el repudio abierto, como en el caso de los nacionalistas y los islamistas.
Evidentemente, el viaje del Pontífice tiene un sentido simbólico de búsqueda de reconciliación, de demostrar la urgencia del diálogo con el Islam. Su visita ayer a Hagia Sophia, la milenaria Catedral bizantina, convertida posteriormente en una Mezquita y desde 1935 en un museo, y luego, su recorrido por la gran Mezquita Azul —el templo musulmán turco más importante, testimonio de la grandeza otomana— fueron la parte más delicada de su periplo.
Cada uno de sus movimientos serían observados. Su gesto amistoso de meditar —¿orar?— junto al muftí de la Mezquita Azul, viendo a La Meca, posee un gran significado simbólico de amistad y respeto.
El mismo día de su llegada, dijo al primer ministro turco —quien casi no lo recibió por la presión de la opinión pública— que apoyaba la entrada de Turquía a la UE. Hace unos años, el cardenal Ratzinger se oponía.
Hay también otros aspectos relevantes. El cordial encuentro con el patriarca Bartolomé I, cabeza de la ortodoxia, enfatizó el deseo de acercamiento —ya comenzado desde Juan XXIII, seguido por Pablo VI y Juan Pablo II—. Reactivaron una comisión de diálogo bilateral.
Sirvió además para llamar la atención a los derechos de las minorías cristianas —cuya vida no siempre es fácil— en los países musulmanes (el 99 por ciento de los turcos es musulmán). Con Bartolomé I, subrayó la importancia de “los valores cristianos de Europa”, formulación que quizás aporta un tanto de ambigüedad a su apoyo a la entrada turca a la UE.
Y aunque no se diga, este encuentro busca abrir puertas hacia una visita que Juan Pablo II nunca pudo realizar: Rusia. La iglesia ortodoxa rusa nunca lo ha permitido. Al menos, como lo muestra esta delicada acrobacia de religión y diplomacia, Benedicto XVI lo está intentando.