- Traspaso de mando en México
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MÉXICO/AFP
El Presidente entrante de México, el conservador Felipe Calderón, se encontrará con un país sumergido en una grave crisis política, con altos índices de pobreza y desempleo, que han provocado una hemorragia de emigrantes, y un Estado casi desbordado por la violencia del narcotráfico.
Desde que los resultados oficiales le dieron la victoria en las elecciones del 2 de julio, el nuevo Presidente mexicano no se ha cansado de repetir que las prioridades de su gobierno serán combatir la pobreza y la inseguridad y generar empleos dignos.
Aunque el gobierno saliente de Vicente Fox consiguió algunos avances en la reducción de la pobreza extrema, cerca de la mitad de los 103 millones de mexicanos es pobre.
En cuanto al empleo, pese a que los datos oficiales marcan una tasa de desocupación alrededor del 4 por ciento en base a encuestas criticadas por especialistas, la mayor parte de los trabajadores de México sobrevive con empleos precarios e informales.
La falta de oportunidades empuja cada año a unas 475,000 personas (según las últimas cifras oficiales) a intentar emigrar de forma ilegal a Estados Unidos, muchas de ellas jugándose la vida en la frontera.
Calderón se proclamó durante su campaña electoral como “el presidente del empleo”, pero no dejó entrever de forma clara su estrategia para conseguirlo, salvo con la atracción de una mayor inversión extranjera a través de reformas estructurales en materia económica que su antecesor no pudo hacer pasar por el filtro del Congreso.
Fox le deja como herencia a Calderón unas relaciones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo bajo mínimos.
Desde la ceremonia misma de investidura comenzarán los problemas para el nuevo Presidente, ya que en el lugar donde debería tener lugar, la Cámara de Diputados, le esperan los legisladores de la oposición de izquierda dispuestos a impedir el acto.
Esta situación le hará incluso más difícil de lo que fue para su antecesor negociar en el Congreso —donde su partido, el conservador Acción Nacional (PAN), tiene mayoría simple— las reformas a las que aspira para lograr “una economía competitiva capaz de generar empleo”, como repitió durante la campaña.
El otro gran problema que le deja Fox a su sucesor, ambos del derechista PAN, es la rampante inseguridad que vive el país, que se ha disparado en los últimos dos años, especialmente en algunos estados estratégicos para el narcotráfico.
Las víctimas mortales de incidentes violentos en lo que va de año rondan los 2,000, según estimaciones de la prensa, incluidas una veintena de decapitaciones, y la situación es especialmente lacerante en la zona fronteriza con Estados Unidos, lo que ha enrarecido las relaciones con Washington.
Otro aspecto que le urge mejorar al nuevo gobierno es la política exterior, que ha sido duramente criticada por los especialistas durante el mandato de Fox.
En los últimos años, México se ha centrado en las relaciones con Estados Unidos en una búsqueda infructuosa de un acuerdo que mejore la situación de los 11 millones de inmigrantes (la mitad ilegales) que viven en ese país.
Al final ha terminado con un proyecto estadounidense para construir un muro fronterizo de 1,200 km y unas relaciones bajo mínimos con Cuba y Venezuela y algo tocada con otros países latinoamericanos como Argentina o Bolivia.
Por último, Calderón recibe una herencia de una multitud de conflictos sociales latentes a lo largo y ancho del país, como el levantamiento popular en el empobrecido estado de Oaxaca (sur), que lleva seis meses y ha dejado 13 muertos.
A la vez, se enfrenta a un autoproclamado gobierno paralelo liderado por el izquierdista Andrés Manuel López Obrador, que perdió por un estrecho margen la elección y no reconoce la victoria del conservador, a quien está dispuesto a hacerle la vida imposible.