- El pensamiento de nuestro máximo poeta puede servir de orientación moral e intelectual, si se le conociera debidamente. Así lo demuestra este ensayo, cuya actualidad es obvia, del único historiador de las ideas en Nicaragua
En varias ocasiones Rubén fue testigo de procesos electorales que se llevaron a cabo en distintos países. La opinión que extrajo de la forma en que éstos se desenvolvieron, vino a abonar aún más su rechazo de la política militante. Durante su estadía en Chile, luego de la peste del cólera, en 1888, se llevó a cabo uno de los procesos que observó. De ésta se expresó en los términos siguientes, relacionando las elecciones en la peste del cólera:
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“…tenemos ya encima otra epidemia no menos temible. Próxima la época de las elecciones, la política prepara sus ataques, contra los cuales no hay clorodinas, nitro-ozonas ni calomelanos que valgan. De uno y otro bando prepáranse a la cercana lucha los esforzados adalides y sus disciplinadas huestes. Ya corren de boca en bocas las listas de candidatos; ya se aprestan los parciales de unos y otros. Han empezado las primeras escaramuzas; los banquetes y los clubs están a la orden del día”.
1. Agitaciones sordas o estallantes
Aquella contienda política —intensa según su caracterización, como comúnmente ocurre en toda campaña electoral— transcurrió entre agitaciones sordas o estallantes; meetings donde se lanzan palabras como si se enarbolasen banderolas; cuchicheos que corren de labio a labio; discursos fogosos y resueltos de los oradores populares; llamados a combate de opinión por los partidos opuestos; marejadas de hojas sueltas que se esparcen a puños por las calles, encendiendo entusiasmos, atizando pasiones, poniendo a vista general llenas de mérito y brillantes de elogios la figura de los personajes que se desea lleven la voz del pueblo al recinto del Congreso.
Tenemos que advertir, a la vez, que la percepción que Darío tuvo en ocasión de realizarse hacia 1910 elecciones de diputados en Francia, es el más sugerente de sus escritos. Con ella es dable conceptuar el fenómeno abstencionista, la ética electoral, las características de los candidatos, el voto racional, consideraciones todas importantes para nuestros días. Y no es que se trate de una novedad de pensamiento; sencillamente que, a pesar de ser parte de nuestra reserva cultural —el legado del poeta—, son ideas y criterios que aún no se hallan integrados en nuestro comportamiento político.
2. Indiferencia de la ciudadanía
Comienza haciendo patente una generalizada actitud de indiferencia de parte de la ciudadanía frente a las elecciones, actitud que desemboca en el abstencionismo. Para algunos teóricos esto no es un fenómeno siquiera preocupante, y menos aún síntoma de crisis del sistema. Consideran que la atención que “fingen” los partidos políticos no es por el abstencionismo, sino por el hecho de que este favorezca al partido contrario.
Desde nuestro punto de vista, este fenómeno es un factor de deslegitimización del sistema. Su contenido y significado no lo constituye la apatía ni la indiferencia, sobre todo en lo referente a los jóvenes, sino que revela un profundo sentimiento de desconfianza para con las instituciones y líderes políticos, y un desencuentro entre lo que éstos representan u ofrecen y las propias aspiraciones y valores de aquellos.
Documentemos esta apreciación con la crónica mencionada. Por su examen de la mentalidad de los electores, fruto particular de la observación y el análisis moral, Darío llega al convencimiento de que no se le concede mucha importancia a los comicios. Son consideradas “una simple formalidad administrativa que se efectúa periódicamente, como los discursos de apertura o los concursos de las Facultades”, en las que no entran en juego “ni la fe ni el entusiasmo”.
Un señalamiento aún más importante es la valoración que hace de “esos indiferentes” como “hombre de ideas sanas, igualmente alejado de todo exceso reaccionario o revolucionario”, y que “estiman más la libertad de hablar o de escribir que el derecho de elegir”. Esto es sumamente importante, y más cuando la contienda electoral presenta un alto grado de polarización. El peligro es que, al encontrarse en un vacío de opciones —pues en los extremos los electores no se reconocen—, sobrevaloren su libertad individual y tiendan al abstencionismo, en la creencia de que su participación no cambiaría las cosas y que “hay que conformarse con lo inevitable”.
Lo que Rubén nos descubre es que, tras la actitud indiferente adoptada por una buena parte de la ciudadanía, se halla el vacío de una propuesta de sociedad que satisfaga las expectativas de los electores, cuando es esto lo que en realidad se elige. Además, revela la congruencia que con este hecho tiene la derivación que se produce la retórica del discurso a simple propaganda que distorsiona la realidad y la enmascara, con la pretensión de colocarse ventajosamente en la contienda, y así captar los votos necesarios para obtener el triunfo.
En Nicaragua, los últimos procesos electorales mostraron que, si bien en gran parte del electorado existía cierta desconfianza en el activismo político, y que no se reconocían en los planteamientos de los candidatos; se producía en los mismos una creciente toma de conciencia de su deber cívico de votar y de que su voto tenía valor.
3. El deber ser de las elecciones
Ahora bien, en las notas precedentes ya se perfila lo concerniente a la crisis de los partidos políticos, su dudosa credibilidad, y con ello la de los candidatos. Siguiendo el texto del poeta, relacionaremos estos aspectos con los valores y antivalores de los candidatos, y con lo referente al debate ideológico y la ética electoral. Claro está que éstos se nos presentan en la dialéctica entre lo que es —que es sujeto a la crítica— y el deber ser de las elecciones. Y siendo de nuestro interés dar a conocer el punto de vista dariano sobre estos temas, transcribiremos algunos párrafos que consideramos fundamentales. Así, nos dice:
“No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica enseguida; a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su ser, en transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.
Detengámonos un poco en los elementos planteados. Tres indicaciones importantes:
1. El juego de valor que trata es la falta de sinceridad preponderante y la sinceridad. La forma como se comprende esta última constituye una exigencia ético-política a los candidatos, y podríamos decir que a la práctica política en general, puesto que el ciudadano espera una conducta ética de sus líderes y representantes. En cuanto a los candidatos, la sinceridad representa un agente interior y de comportamiento, y que resulta de la coherencia entre ideal, discurso y acciones.
2. La colocación del discurso-programa es, asimismo, de primer orden. Su principal atributo, el de una buena retórica, es la verdad. Decir las cosas que son en la medida que son, y que sus propuestas sean de acuerdo con ellas. En esto consiste la verdadera creatividad política: conservar objetividad al proponer soluciones posibles a problemas reales. De ellos depende que el candidato vuelva digno de confianza del electorado y que vuelva atractivas sus ideas ante los mismos.
3. La percepción de “todo el cuerpo de la República”, como lo llama Cicerón. El candidato debe tener conciencia de que su responsabilidad no se limita al grupo de electores que lo favorecen; sus decisiones y acciones afectan a la sociedad en su conjunto.
Así, pues, la sinceridad es uno de los atributos ético-políticos básicos que deberían poseer y manifestar los candidatos. A lo dicho con anterioridad, agrega Rubén, poniendo de relieve otra secuela de carencia de aquel atributo:
“Esa falta de sinceridad de parte de los candidatos, no va, en último análisis, sin su falta de respeto para el elector. No os diré una novedad si os digo que el respeto no consiste en muestras exteriores de deferencia, o en la expresión de fórmulas de urbanidad. Respetar a alguien es, ante todo, suponerle un buen sentido, un juicio por lo menos cercano al nuestro. Es, en segundo lugar, tratarle como una personalidad moral a la que no procura el engaño o el daño. De modo que no decir la verdad y nada más que la verdad a los electores, es ya reconocer su falta de inteligencia. Pero decirles tonterías, es tomarlos por incurables imbéciles”.
Visto así, el respeto no es una formalidad, sino un valor esencial de la convivencia social y un atributo del candidato, que supone el reconocimiento del otro en su calidad de persona, como un igual a nosotros en su pertenencia. Es, nos dice, reconocer en el otro un buen sentido y una personalidad moral, con sus consecuentes implicaciones para nosotros. Por lo tanto, las promesas que los candidatos hacen al electorado con la finalidad de cautivar su voto, y que se hallan fuera de todo razonable cumplimiento, entran en el orden de las tonterías y el irrespeto que refiere. Rubén nos lo ilustra con ofrecimientos propios del contexto que analiza. Mencionemos al menos dos promesas que guardan cierta analogía con las que en nuestro medio se escuchan:
1. La supresión de todos los impuestos, incluyendo los del alcohol;
2. El aumento —es de presumir que sustancial— en el monto de las jubilaciones y los salarios.
4. “Por sus obras les conoceréis”
La cuestión nos coloca otra vez sobre los discursos-programas, por lo cual Darío introduce un nuevo componente: la sospecha. Con independencia del partido a que se pertenezca, las “franquezas” de los candidatos hacen que ésta aparezca:
“Los unos —nos dice— […] conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano, hacen concesiones a aquellos mismos cuyos principios rechazan, con tal de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo, que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a edificar esos paraísos…”.
La eticidad queda menguada por el exceso de ambición o de idealismo. La contienda adquiere diversos matices y máscaras los candidatos. En esta situación, las palabras del Nazareno se vuelven principio político: “por sus obras les conoceréis”.
“La lucha electoral —prosigue Rúben— es únicamente una lucha de ideas. Un candidato tiene su temperamento, su carácter, su talento, su profesión. Mas el electorado no puede juzgar, aparte la honradez, sino por sus ideas. Al comienzo, parece que es así. Sin embargo, a medida que el período avanza, y que el día fatídico se acerca, los candidatos llegan, o más bien descienden a una polémica indigna de ellos, y sobre todo de sus electores. Se escarba en la vida privada del adversario. De sus debilidades, si las tienen, se hacen tachas enormes. De su evolución política se hace una serie de contradicciones y de traiciones. De sus discursos se hacen extractos que, hábilmente aislados, presentan un sentido absolutamente distinto del pensamiento integral del autor. Se lanzan mentises inicuos, y se tiene cuidado de agregar: los electores juzgarán. ¡Ah! Si el elector juzgase convenientemente el ultraje hecho a su dignidad enviaría a ambos contendientes con cajas destempladas.
Aparte de las descripción de las bajezas a que puede llevar la ambición y el deseo de poder —por más, lamentable—, en donde la lucha que debiera darse, como afirma Rubén, es ideológica, mediante el debate público; cabe destacar la introducción del juicio del elector y la toma de decisión a que éste deberá llegar. El poeta sugiere sutilmente el voto racional.
Partiendo del discurso dariano, el elector debe considerar tanto el ámbito de las ideas como la personalidad de los candidatos. Un juicio conveniente, en este contexto, es aquel que va acompañado “por la razón y el pensamiento”, de acuerdo con la definición aristotélica, diferenciando del que se adhiere al deseo o a la voluntad.
“La ambición, como el amor —dice Rubén—, es mala consejera, aún para las más firmes cabezas”.
5. Las virtudes del gobernante
Partiendo del criterio de que los candidatos son personas que han sido calificadas para el oficio de gobierno, y que de entre ellos se seleccionará quienes efectivamente lo ejerzan, consideremos por un momento las aptitudes y virtudes que, según Darío, deben poseer los gobernantes y, en general, los representantes de una nación, en tanto que estas cualidades deben, o al menos debieran encontrarse reunidas en aquellos.
Rubén estima que los gobernantes deben tomar en cuenta las lecciones del pasado, esto con el objeto de tender a resolver las desavenencias políticas que agobian a una “nación dividida en partidos intransigentes”, evitando caer en el “juego tan peligroso de las batallas” y preservando en la mira ante todo “la dignidad y el engrandecimiento nacionales”.
Según la interpretación rubeniana, una buena gestión gubernativa se halla inspirada “en los mejores propósitos y dando un ejemplo único de desinterés, de voluntad, de concordia y de verdadera comprensión del destino a que está llamado su pueblo valiente y trabajador”. Se distingue “por la paz, la cultura, el respeto a la ley y a las libertades”.
6. La figura de Santiago Argüello
Otras características de los candidatos-gobernantes que Darío expone, las halla encarnada en la figura de Santiago Argüello. En este escritor nicaragüense, el poeta reconoce una personalidad en que se conjugan las dotes activas del político y las intelectuales del hombre pensante, lo que le hace considerarlo el tipo de hombre apropiado para la “dirección de los destinos nacionales”, pues “viven aferrados al ideal de empujar los instantes de progreso y cultura bajo un Gobierno que conserve el orden”, y que al mismo tiempo afirme y defienda la libertad patria de “no importa qué fuerza que la ataque”.
Destaquemos las notas contenidas en estas pocas palabras:
1. La motivación que debe dominar la participación en política es la voluntad de servicio; este principio, como lo indica Miró Quesada, fácilmente se instala a título de justificación de “acciones políticas que satisfagan plenamente la aspiración de dominio y el brillo personal”;
2. El candidato-gobernante debe reunir en su persona cualidades excepcionales. Siguiendo las líneas que hemos venido desarrollando en este ensayo, habría que indicar las siguientes:
a. una rectitud moral reconocida: talento, nobleza de espíritu, voluntad y optimismo, “justa libertad”; actitudes civilistas y un “profundo amor a su patria”;
b. las dotes activas del político: activismo beligerante (“hombre de progreso”, que propicie el proceso de crecimiento de la nación); ser capaz de preservar el orden sin recurrir a la fuerza, sino convirtiéndose en un sujeto que “pudiera juntar todas las simpatías y todas las comunidades que dan lugar a tantas cruzadas de pensamiento y de sentidos nacionales”. Es el sujeto que puede lograr, en los términos que hoy se habla, el consenso y un nuevo contrato social.
c. inteligencia y vasta cultura general; conocimientos acerca del pasado de la sociedad —en particular la propia—, el modo de ser y de vida de su pueblo, de las leyes que la rigen, de su funcionamiento político y económico y sus posibilidades de crecimiento, esto es, de las ciencias básicas en que se apoya el ejercicio de gobierno (historia, economía, sociología, derecho, ciencias políticas); y además una comprensión del desarrollo científico-técnico que se experimenta en el mundo.
En suma, estos rasgos tienen la virtud de inspirar la confianza pública.
Sin duda, la concepción rubeniana es de raigambre clásica e ilustrada, en su conjunción de poder-saber-virtud, y de acuerdo con ella, la selección del candidato debe estar en función de sus cualidades morales, intelectuales y políticas para llevar a efecto determinadas metas, las que sólo pueden ser racionales si consisten en la realización de una sociedad plenamente humanizada, como ha comentado, siguiendo las tesis filosóficas subyacentes, Francisco Miró Quesada, o —reiterémoslo nuevamente— en “la felicidad de un país”, como lo afirmara Rubén.
Rubén no niega, sin embargo, que para un buen gobierno se requiere, paradójicamente, una cierta dosis de ambición, pero ésta no debe privar sobre la virtud. La ambición debe constituir una fuerza que impulse a nuevas realizaciones en el sentido que venimos bosquejando.
Cabe agregar, además, que Darío también censuró el continuismo político. Una muy severa frase dirigida al presidente José Rodríguez, lo resume: “Excelentísimo señor: en política, los hijos políticos son sencillamente funestos”. De ello, nuestra experiencia histórica tiene suficiente ejemplo.