- La Compañía de María Carrasco mostró nuevos valores del flamenco español
ESPECIAL PARA LA PRENSA
Desde la penumbra absoluta del escenario brotaron voces bien temperadas y acordes ancestrales, como prolegómeno a uno de los más grandes espectáculos de danza y música flamenca que haya presenciado. Y no es poco decir, si consideramos que en este mismo “tablao” del Teatro Nacional Rubén Darío se presentó hace unos años Zyryab, el magistral concierto de flamenco jazz, de Paco de Lucía, considerado un verdadero maestro del género en España y en el mundo.
Tiempos Flamencos recrea el ancestral baile gitano, a través de las novedosas propuestas de la danza contemporánea. El grupo de baile es compacto y de primer nivel. El acompañamiento consta de una sesión rítmica, compuesta de guitarra, cajón y piano y de dos voces privilegiadas, que transmiten todo el sentimiento propio del flamenco y del cante jondo, al que don Federico García Lorca dedicará páginas sublimes.
Lentamente, la personalidad avasallante de la primera bailarina fue deslumbrando al público. Su presencia copó el amplio escenario con sus movimientos enérgicos y sensuales. El baile se hizo cuerpo. El duende de la guitarra marcaba airosos compases que eran contrapunteados o seguidos por los movimientos de piernas y caderas y profundamente amplificados por el rítmico percutir del cajón y de las tablas del escenario. De pronto un destello de voz, que se tornaba en “quejío” y se prolongaba en acentos de palmas y chasquidos de dedos, daban forma al tradicional jaleo flamenco.
De allí en adelante todo fue ritmo, danza y donaire. Las bailarinas, ya fuera con trajes sencillos, que contrastaban con los diversos matices de las luces, o con los fastuosos vestidos tradicionales, teñidos de oro y grana por la iluminación, demostraban sus cualidades y su excepcional estado físico. Fue impresionante ver cómo sólo cuatro “bailaoras” lograron con su vertiginoso taconeo producir el rumoroso eco de miles de pasos marchando al unísono.
Fue un espectáculo continuo, veloz y trepidante, que apenas daba tiempo para arrancar entusiastas expresiones y aplausos del público. Mientras los bailarines cambiaban vestuario, el grupo de músicos ganaba tiempo con propuestas rítmicas claramente emparentadas con el jazz y salpicadas de acordes tropicales de nuestras tierras.
VOCES Y COREOGRAFÍAS
Capítulo aparte merecen las voces de los “cantaores”. Tienen la rara calidez de los cantos flamencos y los recitados propios de la cultura caló. Son voces bien temperadas, con una amplia escala de matices y una textura especial, que llegan al alma e infunden pasión y sentimiento.
Las coreografías fueron de una sobresaliente factura, delicadas y exquisitas, se concatenaban a través de las historias que narraban y del innegable dominio escénico de los integrantes del grupo. El baile transformaba los rostros y la pasión se reflejaba en cada movimiento del cuerpo o en los adornos y ademanes de las manos. La cadencia era tal, que muchas veces parecía que los bailarines se sostenían en el aire, cual colibrí frente a una fuente de polen o de miel.
El espectáculo llegó a su término y un público agradecido ovacionó al conjunto, obligándolos a improvisar una alegre rueda de jaleo, donde hasta los músicos sonaron palos y percutieron con bravío el escenario.
Definitivamente, hicieron falta manos para aplaudir la bella puesta en escena de un tablao del más auténtico flamenco andaluz, a pesar de sus fuertes influencias vanguardistas.