Doña Nolvia rodeada de sus reclusas. Durante toda la visita las enclaustradas nos dedicaron una serenata de ladridos en contrapunto. (FOTOS: LA PRENSA/O. DUARTE)

Las reclusas caninas cantoras y los ricos nacatamales de Nolvia

En una humilde casita del barrio Monseñor Lezcano hacen vida conventual cinco señoritas caninas. En ese claustro no se permite visitas de Tenorios ni de Celestinas perrunas, así que la castidad y virginidad de cada reclusa está garantizada per omnia sécula seculorum sin necesidad de estar bajo la férula de una madre abadesa con cara […]

  • En una humilde casita del barrio Monseñor Lezcano hacen vida conventual cinco señoritas caninas. En ese claustro no se permite visitas de Tenorios ni de Celestinas perrunas, así que la castidad y virginidad de cada reclusa está garantizada per omnia sécula seculorum sin necesidad de estar bajo la férula de una madre abadesa con cara de naranja agria, como esas que salen en muchas películas
[doap_box title=»Los famosos “pindongos”» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

¿Recuerda usted los nacatamales pindongos?
Se hacían con masa de maíz, bastante arroz, manteca de cerdo, naranja agria, bastante papa, ajo, agüita de achiote, tocino, cebolla, chile y hierbabuena. Lo único que no llevaba era cerdo, pero como nacatamal era riquísimo.
Una amiga de mi mamá, doña Carmen, le encargaba: “Si le sobra masa me hace tres pindongos”. Como sobraban cantidades kilométricas de masa, mi mamá hacía montones de pindongos que se amarraban con lacitos para distinguirlos.
Hoy todo ha cambiado, en aquel tiempo la leña era baratísima y baratos eran el maíz y todos los ingredientes. Hoy hasta los molinos han ido desapareciendo.
Mi mamá era una persona muy cuidadosa, comprábamos el maíz, lo sacudíamos, le sacábamos el grano malo, lo enjuagábamos, lo nezquisábamos, se sacaba de la cal, se volvía a lavar, se dejaba en agua, al siguiente día se reventaba, se escurría el agua, se le echaban todos los ingredientes y ya hechos poníamos el gran recipiente en un carretoncito e íbamos, mire, como la cegua “guelén guelén guelén” a las cuatro de la mañana a vender.
Se dice que ahora los nacatamales son modernos…
Es el que hacen en Estados Unidos. Para comenzar lo envuelven en papel de aluminio, le ponen un tuquito de chancho y así se va. Son mininacatamales. Eso es como comer sombrero, porque no es lo mismo un nacatamal ciento por ciento hoja, a un nacatamal uno por ciento hoja y el 99 por ciento aluminio, es como que ponga a hervir algo en un frasco de plástico.

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Siempre a diez córdobas

Es idílica la vida que llevan las susodichas. Nada de oraciones, misas, penitencias y rezos. Su compromiso diario es caminar por el pequeño patio, comer a sus debidos tiempos, dormir la paz de sus siestas y… ladrar a coro el “Vigilatum alertorum” ya no en maitines o vísperas, sino cuando asoma por la puerta cualquier elemento sospechoso.

Darling es soprano pero falla en algunos bemoles en el “la sostenido mayor”, Babalú es contralto con una extensión cercana a la octava por debajo del mi, Dina y Pinki son mezzo sopranos y Dinki (aquí entre nos) tiene ladrido de castrato, es como si usted estuviera escuchando a Farinelli, el célebre eunuco italiano que vivió en el siglo XVII.

Cuando les da por ladrar a coro desentonan, porque cada una pretende llevar la dominante. Pero eso es perdonable en esta nuestra singular Nicaragua donde, en los coros de rezos y Purísimas, cada quien te apachurra el oído “cantando” con toda la fuerza que les permite el galillo.

Olvidaba decir que cuando las señoritas caninas se entonan, provocan el entusiasmo de Lola y Lupe, los dos chocoyitos de doña Nolvia del Carmen Madrigal Ramírez, que al escuchar los ladridos de las señoritas, les echan segunda con una tarantela napolitana de chillidos.

CANTATA PARA VISITANTES

Cuando llegamos a la casita de doña Nolvia, el quinteto nos acogió con una interminable cantata de Wagner, de quien se dice que, en busca de nuevos efectos y sonidos, obligaba a maullar a un gato o pasaba un lampazo sobre las cuerdas del piano. ¡Vaya usted a saber! Sin embargo, doña Nolvia es feliz con la música canina, su rostro rubicundo sonríe. “Así son ellas, les gusta llamar la atención”.

Doña Nolvia es una dama soltera, gordita, amable, platicona y feliz. Su quehacer principal es preparar unos nacatamales de rechupete que vende los fines de semana. “Nací el 30 de junio de 1955 en Jinotepe, en una casa situada de la Iglesia de Santiago una cuadra al sur, mi padre se llamaba Humberto Madrigal, mi madre era doña Demetria del Carmen Rodríguez, quien muy joven se separó de mi papá y se fajó como mujer de ñeque en una máquina de coser y así nos dio educación y alimento. Tuve siete hermanos de los que sólo quedamos vivos dos”.

Hace a un ladito los recuerdos familiares para hablar de su claustro perruno. “Estos animalitos alegran mi vida. Las quiero como hijas y como de toda hay en la viña del Señor, unas son indomables, otras excesivamente cariñosas y otras muy serias”.

SEÑORITAS MUY DE SU CASA

“Eran siete, todas perritas, Babalú es la primera que vino a esta casa. Sobrevivió a otras dos, Cinti y Laika, la primera se murió de taquicardia porque tenía exceso de gordura, la segunda murió de viejita, tenía 30 años que en la edad humana equivale a noventa. Babalú es ésta que tengo en mis brazos, es mi preferida, me la regaló el doctor Cardoza con la condición de que la cuidara como una hija. Darling es la blanquita mechuda, Pinki es la más chiquita, esa ploma grandota y orejona es la Dina, y Dinki es esa alegrona que mueve la cola.

Viven vida de claustro, ¿no salen a la calle?

No don Mario, no las dejo salir de ninguna manera, ellas no se rozan con cualquiera en la calle. Aquí adentro son felices, yo les permito que me ensucien, que me enloden… Pero todo eso dentro de la casa.

¿Entonces son señoritas honradas, virginales y muy de su casa?

Completamente vírgenes, aquí estamos a prueba de lo que venga, aquí salimos al cien. El que nos ataca pierde porque estamos prestas a defender la virtud.

(Prosigue doña Nolvia con un relato pormenorizado del origen de sus reclusas y de las circunstancias en que les fueron regaladas. Como en toda historia perruna hay un drama de por medio, Laika, por ejemplo, era una de las tres perritas que parió una perra de la familia Cisneros. La desgracia apareció en la forma de un cerdo que devoró a dos de ellas, Laika sobrevivió. Darling no dejaba dormir a la abuelita de la familia Ríos y eso originó que la dejaran en la casa de doña Nolvia).

EL DRAMA PILOSO DE DINKI

Me imagino que el cuido de estas señoritas es muy tequioso.

Ni me lo pregunte. Una sobrina que se fue “mojada” a Estados Unidos me trajo a Dinki, me la deja haciendo grandes aspavientos sobre el cuido de la perrita. Y fue tan grande el cuido que una vez se me ocurre bañarla con mi shampoo Pantene, con el que yo uso y que es tan caro. ¿Qué pasó? Pues que le he dado una bañada tan deliciosa que botó todo el pelo, hasta la fecha no le nace pelo. ¡Y yo que pensaba que iba a ser el “boom” de la casa! Total, la llevé al veterinario porque me daba vergüenza que la gente creyera que estaba con sarna… Pero ya Dinki está recuperando su pelito. Le hizo daño el Pantene. ¡Increíble!

¿Y de los chocoyitos tenores, qué me cuenta?

Eran de un nietecito de los señores Arévalo que vive por Las Brisas. El niño, de cuatro años, decía que no lo dejaban dormir porque los tenía cerca de su ventanita, de modo que me los dio de regalo. Lola y Lupe son los chocoyitos. Aquí paso feliz con mis animalitos, que, por cierto, si pasan cien perros por la calle, cien veces se llevan una serenata de ladridos de mis hijas y los chillidos escandalosos de mis cancanes.

¿En qué circunstancias se traslada de Jinotepe a Managua?

Vivíamos en una finca y de ahí nos fuimos a Jinotepe. Ahí se le agotaron los recursos y mi madre decidió venirse a Managua, se ganaba la vida doblando el espinazo sobre una máquina de coser, era una gran modista y un día logró conseguir empleo donde la Lola Vigil de Argüello. Recuerdo con qué alegría mi hermana y yo la íbamos a esperar todos los viernes, día de pago, al famoso mercado de San Miguel, allí hacíamos compras y regresábamos con ella a la casa.

¿Y dónde hizo sus estudios?

Comencé en la escuela Rafaela Herrera que quedaba frente al mercado Bóer. Allí estudié mi primaria. Recuerdo con cariño a la profesora Columba. Ya cuando nos venimos a este sector me pusieron en la Escuela República de México. Después pasé al Zulema Baltodano. Llegué hasta cuarto año y ya no pude seguir estudiando más, mi madre estaba cada vez más enferma, padecía de diabetes y perdió una pierna.

DILUVIO DE NACATAMALES

¿Desde cuándo hace usted estos nacatamales tan deliciosos?

Comenzamos dos años antes del terremoto. Fue así: sucede que mi hermana se echó un su compañero que acostumbraba venir a esta casita. Un día al señor se le antojó comer nacatamales. Entonces mi hermana y mi mamá se pusieron a hacerlos, pero calcularon mal y en vez de hacer veinte hicieron sesenta. Al ver tanto nacatamal empezamos a regalar a los vecinos y ellos encantados. Vimos que nuestros nacatamales eran apetecidos y pensamos hacer negocio, comenzamos con sesenta y cada mes aumentábamos diez.

Comenzaron, pues, a adquirir fama nuestros nacatamales y un día nos vino una excelente oferta. La jefa de cocina del Campo Marte, en tiempos de Somoza, le encargó a mi hermana que le hiciera mil doscientos. El trabajo era bárbaro, aquí venían los famosos camiones blindados de la GN a llevarse los cubos con cantidades inmensas de nacatamales. Eso nos obligó a trabajar de lunes a domingo. Hacíamos doscientos por día y así trabajamos por más de un año.

¿Y cómo hacían para conservarlo?

Al nacatamal no le pasa nada siempre que usted lo tenga en el cubo y en su agua y que nadie lo esté manoseando.

Cuando ocurrió el terremoto, la casa se nos cayó y nos pasamos a vivir a la esquina que era un basurero. Mi mamá sufrió un accidente bien drástico, se le enterró un clavo en la pantorrilla y como no sabíamos que tenía diabetes lenta y silenciosa perdió su pierna. Después ese mismo mal me la fue matando, hasta que se fue definitivamente al cielo.

Me quedé con la casita que ella me dejó, con el oficio de los nacatamales y con esos animalitos que me hacen grata la vida.

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