(FOTOS/LA PRENSA/O. MIRANDA)

“Si he firmado joven, la historia sería distinta”

Cuando se escriba la historia del beisbol nacional, habrá que reservar un capítulo especial para Porfirio Altamirano, quien salió de su comarca armado de una poderosa bola rápida y de un potente bate, con los que causó furor a nivel nacional y pese a su lucha contra el tiempo, aún pudo llegar a las Grandes […]

  • Cuando se escriba la historia del beisbol nacional, habrá que reservar un capítulo especial para Porfirio Altamirano, quien salió de su comarca armado de una poderosa bola rápida y de un potente bate, con los que causó furor a nivel nacional y pese a su lucha contra el tiempo, aún pudo llegar a las Grandes Ligas gracias a su determinación de acero

Porfirio Altamirano, ex lanzador de Grandes Ligas

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El gran sueño de Porfirio Altamirano era hacerse hombrecito para llegar a tener su pistola y andarla al cinto mientras montaba a caballo y arreaba las vacas de su papá en Wiscanal, la comarca de Ciudad Darío, donde nació.

Pero sus aspiraciones se desvanecieron cuando tras la venta de un ganado, su papá no le dio la plata que le había prometido. Así que Altamirano se rebeló y se fue de la casa. Se marchó a San Francisco Libre, en Managua.

Porfirio aún no llevaba arma en aquel entonces, o al menos eso pensó, pero sin saberlo, su brazo derecho era una carabina que no sólo lo sacaría del anonimato, sino que lo llevaría a la cima, para luego llenar de orgullo al país.

En noviembre de 1976, se convirtió en uno de los cuatro pitcheres nicaragüenses que han derrotado al poderoso equipo de Cuba en un Mundial, en Colombia. Y dos años más tarde, se volvió el quinto nica en las Ligas Mayores.

“Si alguien me hubiera dicho que yo llegaría a jugar pelota, que iría a Primera División o a las Grandes Ligas, no lo hubiera creído. Uno en el campo sólo piensa en vacas y caballos, la mente no da para más”, afirma Altamirano.

Porfirio había jugado de manera informal en Wiscanal y las comarcas vecinas, pero fue en San Francisco Libre donde le propusieron venir a probarse al Bóer, lo que le pareció una locura, pero por la insistencia de sus amigos, accedió.

“La verdad es que no le miraba sentido. Uno que es del campo, le parece que no tiene las herramientas para ir a la ciudad y triunfar. Yo así pensaba. Pero los muchachos insistieron bastante y decidí ir a los entrenamientos del Bóer sólo para que no se sintieran mal”, señala.

“El Guajiro” llegó a la Quinta Susana y pese al empujón que Calixto Vargas le daba ante el manager Calvin Byron, éste se negaba a probarlo. Altamirano se molestó y estaba por irse de regreso a San Francisco, pero al fin se le observó.

“Yo era fogoso y con nada y nada me enojaba. Y como miraba que el viejo panzón de Byron no me quería ver, pensé que con mi pistola, si la he tenido, hubiera resuelto aquello, lo bueno fue que cuando me vio, le gusté y me quedé en el equipo”, rememora.

UNA CARRERA BRILLANTE

Altamirano recuerda que lo pusieron a pasar tanda y se lo tomó tan en serio que nadie le tocaba la bola, hasta que Calvin llegó a decirle al montículo que la lanzara al suave para que los bateadores hicieran contacto.

“Yo comencé en 1972 y ese mismo año me destaqué y me convertí en el líder del staff. Debuté ante Granada y no me hicieron carrera en 7.1 entradas y además, bateé tres hits. Incluso, Ernesto López me quitó un jonrón con una gran atrapada”, señala el tirador, que ganó 15 juegos en 1974, 18 en 1975, 17 en 1976, 21 en 1977 y 19 en 1978, con dos Triples Coronas de pitcheo y un liderato de jonrones conectados con 18 en 1977.

“Siempre he tratado de ser sencillo y saludar amablemente a todas las personas, pero en ese época, la verdad es que yo estaba claro que era el mejor lanzador de la liga y me llamaba la atención que no me firmaban los scouts, quienes sí contrataban a otros menos buenos que yo”, sostiene Altamirano.

Porfirio supo después, que todo era debido a que Carlos García, presidente de la Federación de Beisbol, amenazaba a los pocos scouts que venían al país con no dejarlos entrar si lo firmaban a él, que era el “as” de la Selección en los eventos internacionales.

“Esto que digo ahora, a mí me lo confesó Julio Blanco Herrera, quien me dijo que él quería firmarme desde mucho antes, pero que Carlos, quien tenía influencia con los gobernantes de esa época, lo había amenazado. Si he firmado joven, la historia sería distinta”, señala.

PERO AL FIN FIRMÓ

En la temporada de 1979, Porfirio se unió a Búfalos gracias a maniobras de García, quien definió un mecanismo para repartirse los jugadores del Estelí y sus Búfalos fueron “favorecidos” por el sorteo.

“Ese año, yo emplacé a Byron y le dije que por qué a mí no me daba un chance de firmar y también me dijo que Carlos se lo impedía, pero al fin accedió y firmé con los Amigos de Miami de la Liga Interamericana a mis 28 años, ya mayor. Orlando Peña, quien me conocía a mí, fue quien me mandó el contrato”, asegura Porfirio.

“El Guajiro” asegura que aún firmado, siguió jugando en la liga y llevaba récord invicto de 5-0. Incluso recuerda que se promovió un duelo entre él y el novato del Cinco Estrellas, Adolfo Álvarez, también invicto, y lo derrotó 2-0.

“Después de ese juego, que tuvo tremenda entrada y dejó buenos billetes, Carlos García me invitó a almorzar. Ya estaba el rumor de que yo había firmado. Carlos quería confirmarlo. En el camino me dijo que él sabía que yo no iba a hacer eso (firmar) porque no sería bueno para el país, ni para la Selección. Pero yo le dije que sí, que yo había firmado. Entonces, ahí no más se acabó la invitación. No fuimos ni a comer”, recuerda Porfirio.

Altamirano decidió marcharse a Estados Unidos para aprovechar la oportunidad, pese a que incluso, buena parte del periodismo lo consideró viejo y sin chance de llegar a las Mayores. Viajó a Miami y se unió a los Amigos y lució tan bien, que en febrero de 1980, los Filis compraron su contrato y lo enviaron a Triple A, en Oaklahoma.

“Para mí y para mi familia, aquello fue una alegría tremenda. Recuerdo además que el manager del Oaklahoma era el mismo de las Águilas del Zulia de Venezuela y me prometió que sería su cerrador en Triple A. Al principio no me cumplió, pero cuando yo le reclamé me puso a lanzar y trabajé bien, al extremo que a inicios de 1982 (9 de mayo) me llamaron al equipo de Grandes Ligas”, afirma.

El tirador hizo su debut ante los Padres de San Diego con un scone y ahí comenzó a escribir su historia con tinta dorada. Su tenacidad y determinación dieron resultado. El muchacho que salió de Wiscanal molesto porque no pudo obtener su pistola, estaba ahora en la cresta de la ola del beisbol.

ENTRE LOS ASTROS

Después de un formidable relevo en Denver, Colorado, uno de los coaches del Oaklahoma dijo a Porfirio que lo llamaban de la oficina. Altamirano pensó que le darían la noticia de que sería abridor en el club, pero más bien le dirían que iba para las Grandes Ligas.

“Lo primero que hice fue llamar a mi esposa para decirle que iba para las Mayores y ella también estaba alegre. Recuerdo que viajé desde Denver hasta Filadelfia y a las cinco de la tarde, ya estaba uniformado. Mi locker estaba con el número 30 junto al de Pete Rose y Ozzie Virgil, con Mike Schmidt un poco más adelante”, señala Altamirano con brillo en sus ojos.

Después de colgar un scone ante los Padres en su debut el 9 de mayo, Porfirio volvió a la colina ante los Dodgers el 11 y se apuntó la victoria 9-8, en un relevo de dos entradas sin carreras, tres bases, un hit y dos ponches, tras la salida del abridor Mike Krukow.

“El Guajiro” actuó en 95 juegos y acumuló récord de 7-4 y 4.03 en las Mayores, pero sobre todo dio una gran lección a todo el país.

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