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LA DURA VIDA EN LAS LIGAS MENORES
Escrito en tinta bajo la visera de la gorra de beisbol de Sammy Gervacio se leen tres nombres: Dios, Lusila (su madre) y Erika (su novia).
Dios, dice, está con él, pero las dos mujeres están a miles de kilómetros de distancia, en República Dominicana.
El pelotero está ansioso por ingresar a las Grandes Ligas, especialmente por su madre, una viuda luego que su padre falleció de cáncer en la garganta hace algunos años. Dos de sus hermanos trabajan en comercios y otro es pescador, dice. Gervacio, el más joven, sabe que como jugador profesional de beisbol tiene la posibilidad de ayudarlos financieramente.
Sin embargo, en la actualidad juega en uno de los niveles más bajos de las Ligas Menores. El lanzador de 22 años integra el equipo Lexington Legends y gana menos de 1,000 dólares al mes, tras cancelar impuestos. El pago de alquiler, comida y la cuota del club no le permite muchos ahorros. Y por lo tanto, como muchos otros inmigrantes, sólo envía dinero cuando puede.
“Es increíble”, dice. “No tengo ahora mucho dinero. Sólo mucho trabajo”.
Gervacio y otros beisbolistas de América Latina enfrentan la tarea no sólo de competir, sino además de integrarse a una cultura diferente.
“No estoy acostumbrado a esta vida estadounidense. Resulta difícil”, dijo Gervacio.
Personas como Kathy y Richard Sutphin, que hablan español, le ayudan. Lo han invitado a cenar, le han explicado cosas tales como ventas de liquidación en Kohl's, y le han ayudado a lidiar con el inglés.
“Estamos tratando de orientarlos para que sepan dónde vivimos, qué es lo importante aquí, cómo es esta ciudad, qué hay disponible”, dijo Sutphin. “No creo que puedan enterarse de este tipo de cosas sin alguna persona que les ofrezca un recorrido turístico y les diga las cosas como son”, añadió.
Lisa Contreras, profesora de la Universidad de Transylvania, y su esposo, Miguel, han asesorado a varios beisbolistas latinos durante los últimos cinco años.
Este año tienen como anfitrión al venezolano Pedro Espinoza. Pero también han visitado bastante a Gervacio, que se siente cómodo con Miguel, dominicano como él.
Los beisbolistas hispanos comparten un apartamento, pero, a diferencia de otros jugadores del equipo, no tienen automóviles ni cuentas bancarias.
“Sus padres no vienen a visitarlos. Sólo nos tienen a nosotros”, señaló Contreras.
“Es bastante parecido a tener hijos en un colegio cercano”, dijo Contreras. Ella los visita y les pregunta qué es lo que necesitan. En una noche reciente, tuvo que llevar a Espinoza y a Gervacio a un negocio para adquirir tarjetas de llamadas telefónicas y arroz.