Lula seguirá en la presidencia de Brasil por otros cuatro años. La única duda es si le bastará con las elecciones del próximo 1 de octubre o deberá ir a una segunda vuelta. Las encuestas dan como seguro que de primera obtendrá más del 50 por ciento de los votos válidos. En las últimas dos semanas, en plena carrera y subido a las tribunas, el candidato Lula ha crecido más de 10 puntos en los porcentajes de opinión pública.
Mientras tanto, los intelectuales que marcan o creen marcar el ritmo de la izquierda universal, con Noam Chomsky a la cabeza, le han quitado su respaldo. Están decepcionados con la política “social-liberal” de Lula. No es el luchador antiimperialista que pensaban.
También es un hecho que Brasil ha perdido fuerza y estatura a nivel internacional y que su liderazgo regional está muy venido a menos. Sus opositores lo acusan hasta de “achicarse” ante Bolivia y no defender los intereses brasileños.
Por otra parte el crecimiento económico se ha enlentecido mucho, la desocupación no decrece y la brecha entre ricos y pobres no se achica; más bien pasa lo contrario.
El reconocido cantautor Caetano Veloso ha anunciado que esta vez no votará a Lula, por los escándalos de corrupción durante su mandato.
Sin embargo, Lula va a ganar.
Cuando en el 2005 se empezaron a destapar los casos de corrupción que costaron los cargos a los ministros más allegados al Presidente (José Dirceu, de Gobierno y Antonio Palocci, de Hacienda) y a los más altos directivos de su partido (el PT), e involucraron a más de una quinta parte de los miembros del Congreso, se pensó que Lula podía caer, como ocurrió en 1992 con el presidente Fernando Collor de Melo, muy castigado en su momento por el izquierdista diputado Dirceu. En el mejor de los casos, se estimaba que sólo podría llegar al final de su período. Se le hacía responsable por acción o por omisión: no podía no saber y si no sabía, no podía seguir al frente.
Pero no cayó, se recuperó y es el favorito.
Hasta Collor, quien ahora pugna por una banca en el Senado por el Estado nordestino de Alagoas, apoya su candidatura . Y esto no le quita votos a Lula, como tampoco que se le compare con Adhemar de Barros, político paulista cuyo eslogan era “Adhemar rouba mas faz” (roba pero hace).
¿Cómo se explica este fenómeno?
Una primera comprobación es que Lula se maneja mejor en las tribunas que en el palacio de Gobierno. Es más como candidato que como gobernante.
Un dato es que las tres cuartas partes de los brasileños (76 por ciento) se declaran felices, según una encuesta de Datafolha de hace unos días.
Quizás los que no estén tan felices sean los brasileños que integran la castigada clase media. Pero es un hecho que los pobres, entre los que el gobierno reparte sus “becas de familia” (de 30 y 35 dólares mensuales) y que suman varias decenas de millones, no están descontentos. Y es de aquí, precisamente, de donde proviene la gran mayoría de los votos de Lula.
Tampoco en la otra punta (los ricos) están descontentos. Lula acentuó la política liberal de su antecesor Fernando Henrique Cardoso y ha cumplido a pie juntillas con las obligaciones (intereses) de la deuda interna en manos de las clases más poderosas del Brasil.
He ahí, entonces, una explicación. Bastaría con añadirle que el ex obrero metalúrgico no tiene un contrincante de valía enfrente. Ni Geraldo Alckmin, del partido de Cardoso, ni la disidente del PT, Heloisa Helena, tienen trayectoria y estatura política para hacerle sombra ni fuerza y carisma para pelear con él .
Es justo, además, reconocerle a Lula que aún en los momentos más difíciles y cuando los ataques arreciaban, fue un presidente respetuoso de las instituciones democráticas y de la libertad de prensa. Esa virtud, por cierto, no la pueden exhibir sus colegas Néstor Kirchner, de Argentina, ni Hugo Chávez, de Venezuela.
Este es un elemento que también importa y que los brasileños habrán de tener en cuenta el próximo día 1 de octubre, al momento de resolver si le dan un segundo chance. Seguramente lo harán y, además, no serán los primeros en hacerlo.