Al igual que María Gabriela, se estima que en el país hay unos mil niños diabéticos. ( LA PRENSA/G.FLORES)

Un amargo enemigo en la sangre

El corazón de los padres se vuelve chiquito cuando se enteran que sus hijos tienen diabetes, una enfermedad que además de cambiar los hábitos de vida de los pequeños también se las puede arrebatar de un solo tajo [doap_box title=»“Pedimos para que los niños vivan”» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] Según la Asociación de Padres con Niños y […]

  • El corazón de los padres se vuelve chiquito cuando se enteran que sus hijos tienen diabetes, una enfermedad que además de cambiar los hábitos de vida de los pequeños también se las puede arrebatar de un solo tajo
[doap_box title=»“Pedimos para que los niños vivan”» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Según la Asociación de Padres con Niños y Jóvenes Diabéticos, en Nicaragua se registran oficialmente 360 niños —desde meses de nacidos hasta los 15 años— con Diabetes Tipo 1. La mayoría son hijos de madres solteras de escasos recursos económicos.

Aunque por estudios realizados estiman que la cifra de niños enfermos puede oscilar entre los 800 y 1,000 casos. La falta de conocimiento, habitar en zonas remotas y el poco acceso a los servicios básicos de salud influyen para que los padres no se enteren de la enfermedad de sus hijos.

Cada año la asociación logra captar entre 10 y 20 niños “debutantes” con la enfermedad. La cifra de fallecidos la manejan con sigilo, pero según indicaron, se enteran cuando los expedientes de los pequeños desaparecen o si están, los niños tienen varios meses de no asistir a consulta.

Aura Cuadra, presidenta de la Asociación de Padres con Niños y Jóvenes Diabéticos, dice que la diabetes “no te perdona” si no hay un tratamiento médico establecido el cual se debe cumplir de forma religiosa todos los días.

La falta de un tratamiento —concuerdan Cuadra y el doctor Alfonso Matus— además de producir cetoacidosis o hipoglicemia (niveles de azúcar muy bajos) puede desembocar en enfermedades como el bocio, retinopatía diabética, insuficiencia renal, neuropatía, entre otras.

Pero son pocos los padres que pueden costear el tratamiento completo de sus hijos. La compra de frascos de insulina, jeringas, láminas para hacerse el chequeo de los niveles de azúcar, por mencionar algunas de las adquisiciones que son de absoluta obligación, fácilmente puede costar entre 150 a un poco más de 200 dólares por mes.

Aunque la Convención Internacional de los Derechos del Niño y la Constitución de la República indican que el Estado debe entregar las medicinas y de forma gratuita, esto no se cumple.

Hace dos años el Ministerio de Salud (Minsa) sólo entregaba insulina para 80 niños enfermos. Ahora entrega entre dos y tres frascos de insulina mensual para los niños atendidos en La Mascota. El problema es que la mayoría de los afectados necesita entre cuatro y cinco frascos de insulina.

“El ministerio nunca ha dado jeringas ni el hospital, nosotros como asociación garantizamos las jeringas y lo que podemos, pero no damos abasto. Hay niños que viven largo que no pueden venir al hospital, ellos se inyectan hasta tres o seis veces con la misma jeringa y entonces ocurren problemas de infección”, dijo Cuadra, quien también solicitó al Minsa la realización de encefalogramas y tomografías para los niños.

María Eugenia Urbina, madre de María Gabriela, sabe a lo que se refiere Cuadra. “A la niña le regalaron un glucómetro, pero si no tengo cintas reactivas no puedo hacerle la prueba de azúcar, una vecina diabética me regala cintas porque a veces no tengo dinero”, indicó Urbina.

Aura Cuadra explica que la Asociación a pesar de haber sido fundada hace 14 años vive a la “buena de Dios”. No tienen local propio y en el Hospital La Mascota, cuyas autoridades les han dado posada, los viven cambiando con frecuencia de salas. Tienen dos cuentas de ahorro en dos bancos, pero ambas no tienen dinero.

“Es triste porque la Asociación no cubre todas las necesidades de los niños, hay poco apoyo, no sé por qué, pedimos ayuda para que los niños vivan, no para otro tipo de cosas”, lamenta Aura Cuadra, madre de una adolescente diabética.

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El aspa del abanico giraba a más no poder, pero el bochorno que se sentía era abusivo, humedecía la piel igual que cuando se está cerca del mar, en la pequeña sala donde dos grandes espejos —de esos que se ven en las peluquerías— robaban la atención.

Lo bajo del zinc y una fugaz brisa que ese viernes había caído al mediodía, propiciaba el ardoroso ambiente en el interior de la casa número 129, en la popular Villa Miguel Gutiérrez, de Managua.

El acelerado abanico tampoco pudo con una misión más sencilla: secar las lágrimas que surcaban el fino rostro, hasta perderse en la barbilla de María Eugenia Urbina.

“Ayer se me estaba muriendo mi criatura”, relata en voz baja y quebrada.

Se refería a María Gabriela Tapia Urbina, su primera y única hija de 10 años, quien el próximo 27 de septiembre cumplirá un año desde que los médicos descubrieran, después de una serie de exámenes, que padece de Diabetes Tipo 1 o Diabetes Infantil.

La Diabetes Infantil es una enfermedad crónica que ocurre cuando el páncreas produce muy poca insulina para regular los niveles de azúcar que existen en la sangre.

La insulina sirve para meter la glucosa o azúcar en el interior de las células para que se metabolice y sirva de energía. “Es como la gasolina de un vehículo, fuente de energía”, expresa el doctor Alfonso Matus, endocrinólogo pediatra del Hospital La Mascota de la capital.

Al faltar la insulina el azúcar no entra de la mejor forma en las células, el plasma comienza a ponerse más espeso y las personas comienzan a botar el azúcar por medio de la orina en forma constante, se deshidratan, tienen más sed de lo acostumbrado y sufren pérdida —muchas veces excesiva y rápida— de peso corporal.

El doctor Matus explica que la enfermedad puede manifestar sus síntomas en forma lenta o progresiva, esta última es cuando los niños caen en un estado de cetoacidosis o subida repentina del azúcar.

Al no haber suficiente insulina para movilizar la glucosa en las células, añade el médico, ésta se puede acumular en la sangre y el cuerpo busca otras formas de energía y utiliza la grasa como fuente de combustible.

Cuando las grasas son descompuestas los ácidos conocidos como cetonas se acumulan en la sangre y resultan tóxicos para los tejidos corporales provocando en las personas resequedad de la piel y boca, náuseas, vómitos, dolor estomacal, respiración rápida y profunda que si no se trata puede llevar a la muerte.

CATACLISMO

“Fue como que se me vino el cielo y la tierra”. Así describe la joven de 32 años el momento cuando le comunicaron que su hija era diabética. Esta sensación la sintió el jueves cuando su hija fue internada de nuevo en el Hospital La Mascota, donde estuvo unas horas en sala de observación.

“La diabetes es una enfermedad donde se lucha a diario por la vida del niño y si no estás en un constante cuido el niño puede morir”, dijo Urbina.

María Gabriela, quien de súbito entró a la sala luciendo unas llamativas trenzas en su cabello, se sienta en las piernas de su madre para luego mirarla fijamente como diciendo “es cierto lo que decís”.

Por eso, al saber de su enfermedad, aceptó borrar de su diccionario las palabras meneítos, bombones y chocolates. También dijo adiós a las carreras en los patios del colegio Gabriela Mistral. Una subida de los niveles de azúcar o cetoacidosis sabe que es mortal.

CHISTES GROSEROS

Además de las restricciones alimenticias la niña tuvo que superar algo peor: la burla de más de 30 niños compañeros de aula del cuarto grado.

Con una leve sonrisa, más que con sentimientos de molestia y rencor, en medio del sofocante calor recordó los chistes crueles de sus amiguitos que en su momento le golpearon el alma. “Yo me ponía a llorar porque se burlaban de mí, mis amigos me preguntaban que si cuando ellos no tuvieran azúcar yo les podía regalar”, evocó la pequeña.

Por suerte esto ya no ocurre y sus amigos ahora la tratan como una niña normal. Y así la considera su mamá, con la salvedad que sus comidas deben ser “especiales”, sin grasas y que todos los días, sin importar celebración alguna, debe inyectarse dos veces una dosis de insulina. También tiene que pincharse otras cuatro veces para saber cómo están los niveles de azúcar.

“Tu vida como padre de familia cambia por completo, duermo con ella y a cada instante la estoy tocando, porque estás con temor que le puede pasar algo, por eso uno tiene que aprender a saber llevar esta enfermedad con la ayuda de Dios”, dijo María Eugenia Urbina.

“Tengo que seguir progresando, porque hay muchos niños que no tienen la oportunidad”, dijo segundos después la niña.

Su mamá la sujeta contra su pecho y al instante otra lágrima vuelve a recorrer su rostro.

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