Los diques de contención que rodean Nueva Orleáns cedieron y la ciudad se vio inundada en un 80 por ciento. (LA PRENSA/Archivo)

A un año de Katrina

Nueva Orleáns aún está lejos de recuperarse y se ha vuelto dos ciudades en una [doap_box title=»Rayo de esperanza» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»] “Un año después, hay algunos destellos de esperanza. ¿Erradicaremos la pobreza urbana o resolveremos siglos de tensiones raciales? Posiblemente no”, estimó Anne M. Milling, activista comunitaria en Nueva Orleáns y fundadora de Women of […]

  • Nueva Orleáns aún está lejos de recuperarse y se ha vuelto dos ciudades en una
[doap_box title=»Rayo de esperanza» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

“Un año después, hay algunos destellos de esperanza. ¿Erradicaremos la pobreza urbana o resolveremos siglos de tensiones raciales? Posiblemente no”, estimó Anne M. Milling, activista comunitaria en Nueva Orleáns y fundadora de Women of the Storm, un grupo responsable de llevar a muchos miembros del Congreso hacia Nueva Orleáns después de Katrina.

“Sin embargo, una nueva realidad supera actualmente las profundas divisiones raciales y económicas: Un 80 por ciento de nuestros hogares resultó severamente dañado… Esta realidad presenta una oportunidad excepcional de superar las tribulaciones pasadas mientras buscamos soluciones innovadoras a problemas mutuos”, agregó.

“ Women of the Storm no es un ejemplo único. Varios vecindarios racialmente mixtos emprenden un esfuerzo colosal de reconstrucción, dándole forma al futuro y conservando las influencias europeas, africanas y caribeñas que definen el alma de Nueva Orleáns. El proceso de planificación, un diálogo profundo y honesto entre todos los vecinos, está teniendo éxito”. (AP)

Racismo al desnudo

A fin de analizar la dimensión que tuvo el azote de huracán Katrina y sus efectos sobre las divisiones raciales y económicas en la zona afectada, The Associated Press entrevistó a varios estadounidenses con amplio conocimiento de la región.

Katrina evidenció una profunda división entre razas como también entre ricos y pobres, en la costa del Golfo y en Estados Unidos. ¿Se ha reducido esa brecha durante el último año? ¿Encuentra usted motivos para confiar en que se reducirá en el futuro?

Ésta es la respuesta de Charles Reagan Wilson, historiador y director del Centro para el Estudio de la Cultura del Sur en la Universidad de Misisipí en Oxford. Es editor general de The New Encyclopedia of Southern Culture y editor de seis volúmenes más sobre la historia de la cultura sureña.

“Las imágenes de los afroestadounidenses atrapados en la inundación de Nueva Orleáns después del huracán Katrina seguirán acosando durante mucho tiempo a este país. La gente que quedó en Nueva Orleáns, que pedía ayuda desde los tejados y en las calles aledañas al Superdome y al Centro de Convenciones, no era sólo afroestadounidense, sino pobre.

“La tormenta destruyó todo en la línea costera de Misisipí y en sus inmediaciones (donde residían menos negros), dejando un impacto racial menos perceptible que en Nueva Orleáns. Sin embargo, los pobres en Misisipí tendrán más dificultades para recuperarse.

“Los estadounidenses que han visitado la costa del Golfo en busca de los placeres culturales del Barrio Francés, la emoción de los casinos de Misisipí o el descanso en las playas descubrieron el año pasado las disparidades raciales y económicas que marcan estos sitios. Un año después, las divisiones raciales y económicas han empeorado en muchos aspectos, especialmente en Nueva Orleáns.

Todo el contexto de las relaciones raciales ha cambiado; el hecho más relevante es que 350,000 personas que residían en Nueva Orleáns no han vuelto desde Katrina, y el 80 por ciento de esa gente es de raza negra…

AP[/doap_box]

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    NUEVA ORLÉANS, EE.UU./AFP

    “El contexto demográfico para discutir sobre raza y pobreza en Nueva Orleáns incluye ahora una población hispana que es 25 por ciento más numerosa que antes de la tormenta, y los trabajadores itinerantes forman buena parte de la reconstrucción porque están dispuestos a aceptar salarios bajos”.

    Furia natural

    El primer zarpazo de Katrina en territorio estadounidense fue el 25 de agosto de 2005 en el sur de Florida, donde llegó como ciclón de categoría uno en la escala de Saffir-Simpson (de cinco grados), y cuatro días después asoló Luisiana con vientos superiores a los 209 kilómetros por hora. La llegada de Katrina a Estados Unidos dejó al menos 1,833 muertos y pérdidas económicas por valor superior a los 80,000 millones de dólares, según un informe del Centro Nacional de Huracanes.

    Mientras Nueva Orleáns se prepara para el primer aniversario del huracán Katrina, un cartel que le da la bienvenida a los Saints, el equipo local de fútbol americano, ondea bajo el reluciente nuevo techo del estadio que llegó a refugiar a unos 10,000 damnificados.

    El Superdome, que hace un año fue escenario de las mayores miserias, ahora está siendo catalogado por los líderes locales como un símbolo del renacimiento de la ciudad. Pero la recuperación está lejos de concluirse.

    Dos ciudades en una

    Nueva Orleáns se ha convertido en dos ciudades. En el Barrio Francés y el distrito Garden, que escaparon a las inundaciones porque se asientan en zonas altas, es difícil hallar algún rastro de Katrina. Los bares de la calle Bourbon ahora sirven “huracanes”, las rosquillas continúan frescas en el Café du Monde y los acordes de jazz volvieron a Preservation Hall.

    Pero fuera de las principales zonas turísticas, los escombros aún se apilan en las calles.

    En el Lower Ninth Ward, uno de los barrios bajos más afectados, crece el pasto en torno a los cimientos de casas que fueron barridas por las corrientes de agua cuando colapsaron los diques que protegían la ciudad.

    Una inscripción en un bloque de cemento envía un silencioso mensaje a los más de 1,300 muertos de la ciudad: “No serán olvidados”.

    Más de la mitad de la población de Nueva Orleáns sigue desperdigada a lo largo y ancho de Estados Unidos, mientras barrios enteros siguen a oscuras y abandonados al moho y la miseria, evocando las inundaciones que anegaron el 80 por ciento de la ciudad cuando Katrina tocó sus costas en la mañana del 29 de agosto.

    En Nueva Orleáns vivían hasta antes del desastre miles de nicaragüenses, hondureños y otros centroamericanos. Los hondureños eran la comunidad migrante centroamericana más grande.

    Y la oficina del alcalde no tiene previsto emplazar un plan de reconstrucción para antes de finales de año.

    “El alcalde no ha asumido el rol de liderazgo en este proceso. Lo han hecho básicamente cada hombre, mujer y niño por sí mismos”, dijo Susan Powell, profesora de ciencias políticas de la Universidad de Nueva Orleáns.

    “Considerando el alcance de su impacto, Katrina fue uno de los desastres naturales más devastadores en la historia de EE.UU.”, sentenció el Centro Nacional de Huracanes, en un informe reciente.

    Temor al regreso

    Muchas personas se han mantenido alejadas de la ciudad ante la incertidumbre y el temor de que las precipitadas reparaciones de los diques no resistan otra tormenta. Y aquellos que volvieron están exhaustos de la presión que significa reconstruir sus destrozadas vidas y lidiar con la interminable burocracia del gobierno y las compañías de seguros.

    Además, vivir en mínimas casas rodantes o en cuartos compartidos de amigos y familiares ha conducido a un incremento de la violencia doméstica, mientras el abuso de las drogas y el alcohol se han vuelto formas comunes de “automedicación”.

    Así, la depresión aumenta y las tasas de suicidio continúan al alza y la Guardia Nacional ha convocado a patrullar las calles, luego de una serie de asesinatos que parecen obra de pandilleros.

    Por otra parte, Katrina arrojó una luz sobre las profundas diferencias raciales y económicas que todavía plagan Estados Unidos, a más de 40 años de que se dictara una ley que prohíbe la segregación y de que el presidente Lyndon Johnson instalara un plan para combatir la pobreza.

    La incapacidad —y según muchos también el desinterés— del gobierno federal de enviar ayuda a las miles personas que quedaron atrapadas por las inundaciones y abandonadas por días sin comida ni agua, enfureció entonces a la nación. Pero todavía los debates en Nueva Orleáns siguen dominados por un profundo sentimiento de haber sido traicionados.

    A veces es difícil entender por qué la gente querría volver al escenario de tanta miseria y dedicarle su vida a reconstruir una ciudad que figura entre las más pobres y violentas de Estados Unidos.

    Pero quienes se fueron y volvieron dicen lo mismo: no hay nada como Nueva Orleáns.

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