“No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar”.
(Benedicto XVI)
La política es la ciencia y el arte que tienden a la búsqueda del bien común. Tiene valor y resonancia pública y, por consiguiente, está hecha para el hombre, para el bien del hombre, no para la manipulación, el aprovechamiento ni el sometimiento y la explotación del pueblo.
El Papa Benedicto XVI habla de “una buena política”, es decir, de una política que, tanto en su concepción como en su ejercicio, no se toma como asunto privado y al margen de cualquier juicio o sanción moral. Nadie como el político debe medir las consecuencias de su comportamiento o proceder partidario o candidatural, fijándose bien si sus acciones en tal aspecto son buenas o, por el contrario, malas. Al político profesional, a los caudillos y líderes políticos especialmente, parece oportuno y saludable recordar el consejo que el Apóstol San Pedro nos brinda en una de sus epístolas. El Príncipe de los Apóstoles nos exhorta a proceder siempre “como quien va a ser juzgado”.
Porque, no lo perdamos de vista jamás, el político, crea o no en Dios, va a ser juzgado por Jesucristo como tal, como político precisamente.
El mal político no es tanto aquel que comete “errores técnicos” dentro de este de por sí noble y precioso arte, no es tanto el poco diestro estratégicamente; el mal político es quien dentro de su intención está lejos de procurar “el bien que se concreta en el ser y el actuar”. Ser y actuar sobre todo a favor de un pueblo cada vez más cansado de escuchar los mismos discursos y de padecer los mismos problemas y necesidades e injusticias que claman al cielo… la mala política del caudillismo y el megasalario, el hambre, la miseria, el sufrimiento en sus mil formas…