¿Cuán lejos se puede llegar en un reclamo ante la sospecha del político perdedor de que un fenomenal fraude se cometió en su contra?
Para Andrés Manuel López Obrador, popularmente conocido como AMLO, candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática (PRD) — la principal fuerza de la izquierda mexicana— la respuesta parece ser: hasta que las autoridades electorales me den la razón a mí, aunque me toque doblarles el brazo y colmar la paciencia del público.
El sábado pasado, el Tribunal Federal Electoral, rechazó un conteo total de los más de 41 millones de votos de las elecciones presidenciales, pues no halló razones justificadas.
Reconoció, eso sí, algunas irregularidades que ya habían sido reportadas por el Instituto Federal Electoral (IFE), la prensa, y los observadores internacionales. Por tanto, dispuso un recuento de 11 mil casillas, o el 9 por ciento del total de 130 mil a nivel nacional.
El conteo del IFE dio por vencedor a Felipe Calderón, dirigente del conservador Partido Acción Nacional (PAN), en el gobierno, por apenas 0.58 por ciento. Para la historia política latinoamericana, quedará seguramente como uno de los resultados presidenciales más estrechos.
AMLO se negó de inmediato a aceptar el fallo y ante una multitud de sus airados seguidores, proclamó una continua jornada de resistencia civil hasta que el Tribunal revierta su decisión. “No queremos un diezmo de democracia, queremos democracia al ciento por ciento”, proclamó.
Sus simpatizantes han bloqueado las principales arterias de Ciudad de México, haciendo colapsar el tráfico de la urbe de más de 20 millones de personas, una gran molestia para muchos. Han organizado manifestaciones frente al Tribunal y a otros órganos. Cabe destacar que hasta hoy estos actos han sido pacíficos.
Aunque, según trasciende en artículos de opinión y en las declaraciones públicas en México, lo más probable es que el Tribunal Federal Electoral descarte las impugnaciones y declare el 6 de septiembre como ganador a Calderón.
López Obrador es un político educado en la vieja guardia del PRI —su fundamental escuela antes de renegar de él en 1988—. El politólogo Jorge Castañeda, ex canciller y reputado académico, lo cataloga como un representante del populismo tradicional latinoamericano. Esta corriente lleva a cabo políticas económicas irresponsables, es dada al derroche para contentar a las masas, utiliza una retórica elevada para mantener la movilización de sus bases, y el poder, su conservación y ejercicio, es su categoría suprema.
“Su ideología de formación es el nacionalismo revolucionario”, considera George W. Grayson, un analista estadounidense y autor de una de sus biografías.
En 1994 se lanzó en pos de la gubernatura de su natal Estado Tabasco, pero perdió en condiciones dudosas ante el priista Roberto Madrazo, quien finalizó tercero en los últimos comicios presidenciales.
Como hoy, su respuesta fue la movilización popular —verdadera expresión de la democracia, según sus ideas— , aunque no revirtió el resultado.
El destacado escritor e intelectual Enrique Krauze pronosticó con acierto en su artículo preelectoral El Mesías Tropical:
“Hay diversos escenarios para la mañana del 3 de julio (un día tras la elección) … El menos probable es la derrota de López Obrador por un margen amplio, digamos más de un siete por ciento: en ese caso, el tabasqueño esperaría una nueva oportunidad en el 2012. Si el margen fuera menor que un siete por ciento, López Obrador repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo”.
A favor de AMLO podemos quizás decir que es inevitable evocar el fantasma del fraude electoral de 1988, cuando el PRI le robó la elección a Cuauhtémoc Cárdenas, también del PRD.
Pero esta vez los observadores internacionales han defendido los comicios como justos, hay un IFE con prestigio y las demás fuerzas políticas han aceptado el resultado.
Cuando finalmente el Tribunal dé su veredicto, AMLO deberá respetarlo. Por el bien de la democracia mexicana y por las consecuencias para el resto de Latinoamérica. Hay que ser consecuentes si aceptamos antes las reglas del juego.
Ya ha logrado sembrar en las mentes de una parte del electorado la idea del fraude. Le será útil si no es proclamado ganador y si decide probar otra vez en 2012. Pero ya habrá hecho un gran daño a la democracia de su país, al mandato del futuro presidente, y en general, a los procesos políticos regionales.