- El líder de Pemex, Luis Ramírez Corzo, podría estar preparando la mudanza. Su plazo se cumplió.
Ciudad de México a finales de 2004. Raúl Muñoz Leos presenta su renuncia al cargo de director general de Petróleos Mexicanos, Pemex (Nº 1 en el ranking de AméricaEconomía). La administración de Vicente Fox no lo piensa demasiado y acepta la dimisión del funcionario (quien antes de esta incursión en el sector público se desempeñaba como presidente y CEO de DuPont México (Nº 408). Algunas versiones de la prensa mexicana señalan que la renuncia, de hecho, fue solicitada por el propio gobierno federal.
Y, en realidad, el asunto no exigía un gran análisis. Muñoz Leos abandonaba el cargo en medio de una tormenta: criticado por el desempeño de la paraestatal, envuelto en conflictos con el poderoso sindicato de Pemex y, por si fuera poco, involucrado en un escándalo personal (el pago, con recursos públicos, de un tratamiento de liposucción para su esposa).
El primer día de noviembre de 2004, el gobierno mexicano nombraba a un nuevo director general en Pemex. El reemplazo se encontró en casa: Luis Ramírez Corzo. Durante la gestión de su antecesor, este ingeniero petrolero egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) ocupaba la dirección general de Pemex Exploración y Producción, la división más importante de la petrolera estatal. Fuera de Los Pinos -la residencia oficial del presidente de México-, muy pocos recibieron el nombramiento con aplausos. Analistas y líderes políticos de oposición manifestaron públicamente su desconcierto por la designación. Algunas críticas señalaban que, antes de su ingreso al sector público, Ramírez Corzo había brindado servicios de asesoría a importantes proveedores de Pemex (como Nova Corporation, Motores y Partes Coatzacoalcos y Equipos Peerles del Centro), lo que supondría un grave conflicto de intereses.
Fría recepción que seguramente no sorprendió a Ramírez Corzo. El cargo de director general de Pemex representa una gran responsabilidad, que viene acompañada por múltiples y constantes presiones: económicas, políticas, sindicales, financieras, mediáticas. El sillón del líder corporativo de Pemex es, diría el ingenio mexicano, «tan cómodo como una silla eléctrica».
Y peor aún: aunque sortee con éxito las dificultades y alcance resultados positivos, ningún director general de Pemex tiene asegurada la continuidad. Cada seis años, con la llegada de una nueva administración federal, la dirección general de la compañía se alista para una inminente mudanza. Así, para Ramírez Corzo, el «largo plazo» probablemente llega sólo hasta diciembre de 2006. En ese momento, un nuevo presidente de México entrará en funciones, y quizá la cabeza de Pemex no esté contemplada en su agenda.
Equilibrio
Una posición de liderazgo que no es fácil de enfrentar. El reto principal para cualquier director general de Pemex no sólo tiene que ver con un asunto de capacidad para lidiar con las restricciones, sobre todo en una organización estatal, sino también en equilibrar el factor racional o económico, el aspecto organizacional y la dimensión política.
Exigencia que se acentúa ante la situación de la petrolera mexicana. El año pasado, Pemex obtuvo ganancias, antes de impuestos, por US$ 46.430 millones. Sin embargo, durante el mismo período, la organización estatal registró una pérdida -después de impuestos- por US$ 6,999 millones. Como siempre ocurre, una parte muy importante de las ventas de Pemex, alrededor del 60 por ciento, será entregado a las arcas del gobierno. Aporte obligado e indispensable -Petróleos Mexicanos es el pilar más importante de la economía- que, desde hace varios años, ha colocado a Pemex en una situación delicada: soporta a una burocracia costosa e improductiva, no tiene dinero para invertir en renovación de infraestructura tecnológica ni capital para llevar a cabo proyectos de exploración y explotación de nuevos yacimientos y está atrapada en severas disputas políticas (una de las principales: la disputa entre quienes se niegan a aceptar la participación de capitales privados en áreas importantes de la empresa, y aquellos que promocionan un modelo que permita la inversión privada en algunas actividades petroleras). Ni siquiera un año de bonanza para el sector, con precios del crudo en niveles históricos, ha sido suficiente para calmar las aguas en Pemex. Ni siquiera para plantear un futuro distinto para la petrolera del Estado mexicano.
Propuestas rechazadas
Luis Ramírez Corzo entiende los retos que se anuncian. El director de la petrolera ha planteado en la prensa local algunas ideas que ayudarían a mejorar la situación actual de la compañía. Sus propuestas incluían un nuevo régimen fiscal para Pemex; un modelo distinto de gobierno corporativo; una renovación de las relaciones laborales; una reestructuración de las operaciones de la empresa; y la participación de organizaciones privadas en algunas áreas de la producción y comercialización de energético.
Ideas que no podrían calificarse como innovadoras, pero que, como siempre, se han topado con el rechazo, la indiferencia y la polémica política, la «grilla», como se dice en México. Así, es poco probable que Ramírez Corzo insista en sus propuestas durante los próximos meses; ni los tiempos ni el contexto político juegan a su favor. Gane quien gane la elección, el actual director general de Pemex sabe que su continuidad en el cargo es un asunto incierto, prácticamente, una posibilidad remota. De hecho, durante las próximas semanas, Ramírez Corzo probablemente dejará de ser un actor político y empresarial importante, y el interés se concentrará en esperar el nombramiento del director general de Pemex de la nueva administración federal (por cierto, durante las campañas electorales, ningún candidato se atrevió a sugerir un nombre). El plazo se ha cumplido y Luis Ramírez Corzo seguramente lo sabe.
Y habrá poco espacio para el reproche. De nada servirá hablar de resultados, avances o soluciones para el futuro. El código de la política mexicana es contundente en ese sentido: en la dirección general de Pemex la única constante es el cambio. Ramírez Corzo se sumará a una lista de funcionarios especiales: aquellos que tuvieron la suerte de dirigir a la empresa más importante de México y de Latinoamérica. Un nombre más en la lista de usuarios de la «silla eléctrica» mexicana.