La dinastía somocista tuvo siempre la protección del embajador norteamericano de turno. (LA PRENSA/IHNCA-UCA)

Oficiales ex GN descobijan al somocismo

En los últimos años varios oficiales que pertenecieron a la Guardia Nacional han escrito libros, dando dramáticos testimonios, haciendo relatos que demuestran cómo Anastasio Somoza García, sus hijos y nieto, convirtieron la institución en un instrumento al servicio de la dictadura, involucrándola en torturas, asesinatos y robos. Se comprueba lo que en parte se sabía […]

  • En los últimos años varios oficiales que pertenecieron a la Guardia Nacional han escrito libros, dando dramáticos testimonios, haciendo relatos que demuestran cómo Anastasio Somoza García, sus hijos y nieto, convirtieron la institución en un instrumento al servicio de la dictadura, involucrándola en torturas, asesinatos y robos. Se comprueba lo que en parte se sabía

Especial para LA PRENSA

Que los participantes en el complot de abril de 1954 fueron asesinados y no muertos en combate. Que Luis Scott y Rito Jiménez Prado no se fugaron sino que fueron asesinados estando presos en las cárceles de la Aviación. Que Anastasio Somoza García, sus hijos Luis y Anastasio ordenaron asesinatos y torturas ha sido siempre conocido, pero nunca se habían tenido testimonios de oficiales miembros de lo que fue la Guardia Nacional.

Primero se conoció el libro La Saga de los Somoza, escrito por Agustín Tórrez Lazo, quien fue el Fiscal de la Corte de Investigación primero y luego del Consejo de Guerra en la causa del atentado que le costó la vida al General Anastasio Somoza García. Siguió el libro del Teniente Coronel Guillermo Mendieta Chávez, fallecido hace unos tres años, titulado Militares Centroamericanos, Factor de Liberación o Centuriones a Sueldo. Después apareció Memorias de un Soldado, del Coronel Francisco Boza Gutiérrez.

El último ha sido Samper Fidelis, escrito por Justiniano Pérez, quien fuera oficial Ejecutivo de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), cuyo jefe fue Anastasio Somoza Portocarrero, conocido como “el chigüín”. Anastasio Somoza García y sus herederos en el poder político y militar, incluyendo su nieto, hicieron de la Guardia Nacional una institución al servicio de la familia gobernante, al extremo que cuando eran niños Luis y Anastasio, altos oficiales hacían las funciones de chinos, aguantando los caprichos de los cachorros del dictador que creó un sistema de complicidad colectiva deshonrando el uniforme de quienes juraron servir a la patria.

LA SAGA DE LOS SOMOZA

Agustín Tórrez Lazo, luego de estudiar la carrera de Derecho en España, fue el Fiscal Militar en uno de los procesos más marcados por la tortura. Después pasó a ocupar un cargo diplomático en Washington, donde renunció y fue declarado traidor a la patria. El libro, editado en el año 2000, provocó mucha polémica. Durante una presentación en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica de la UCA, se le reclamó que dijera no haberse enterado que los prisioneros eran torturados.

Dos años después, en una segunda edición, se conoce que las primeras declaraciones se lograron bajo la presión de crueles torturas. Pero Tórrez Lazo, no se limita al proceso de 1954 sino que relata otros hechos que fueron de su conocimiento. Hace un historial cómo Somoza García llegó a amasar una gran fortuna, producto del robo, amenazas y muerte. Confirma cómo los participantes en el complot del 4 de abril de 1954 fueron torturados y asesinados, luego de ser capturados.

Da nombres de oficiales a los que Luis Somoza Debayle les ordenó entregar a Jorge Ribas Montes y Luis Morales Palacios que estaban prisioneros en la llamada Casa de Piedra en el Campo de Marte para que fueran asesinados. El ejecutor de la orden fue el coronel Carlos Silva, en represalia por la muerte de Somoza García. Eso fue el 20 de octubre de 1956, en el libro aparece el relato de Silva de cómo los mató. Sobre Ribas Montes, hecho prisionero en abril de 1954, dijo que se lo llevó a un cerrito, sacó la pistola y le pegó un tiro en la cabeza por detrás. Como no caía, le dio otro y finalmente le puso el cañón en medio de los dos ojos y disparó. Eso se lo contó el 31 de diciembre de 1957, en el Casino Militar a Tórrez Lazo.

Recién se había formado la oficina de Seguridad Nacional, asesorada por el norteamericano Van Winckle. El proceso sirvió para que se entrenaran en técnicas de torturas, donde se destacaron Oscar Morales Sotomayor, Lázaro García, Carlos Malespín, José Silva Reyes, Ruperto Broker, José Iván Alegrett etc. El valor de este libro es que tiene datos que van más allá del expediente del proceso o de otros libros sobre el mismo hecho, como los escritos por el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y el doctor Clemente Guido.

EXPULSADO POR INDESEABLE

En enero de 1979, el teniente coronel Guillermo Mendieta Chávez fue expulsado de la Guardia Nacional por “indeseable”. Tuvo conversaciones con amigos militares que se dan a conocer en su libro, como la del entonces teniente Vicente Zúñiga Mercado y Anastasio Somoza Debayle, quien lo envió a Carazo en persecución de los complotados de abril de 1954. Le ordenó decirle al mayor Agustín Peralta que “no quiero ningún prisionero”. Zúñiga fusiló a varios de los prisioneros, en julio de 1979 fue muerto durante la insurrección a Estelí.

Cuenta el fallecido Mendieta Chávez que desde que era cadete en la Academia Militar, pudo darse cuenta y ver cómo eran “interrogados” los prisioneros en el Campo de Marte. Desnudos, acostados en catres metálicos, amarrados de pies y brazos, los testículos atados a cables que transmitían descargas eléctricas. Otros, colgados de las muñecas, a los que golpeaban en el estómago. Varios de estos torturados eran instructores de ética y buena educación en la Academia Militar. Eso impactaba, según Mendieta Chávez, a los Caballeros Cadetes.

Igual que Tórrez Lazo hace un relato de la familia Somoza, cómo llegaron a tener tanto poder militar, político y económico. La forma en que los oficiales de la Guardia Nacional se corrompían, se les hacía participar en un sistema de robos, torturas, asesinatos, poniendo a la institución al servicio de la familia gobernante. El libro revela interioridades de la Guardia Nacional que justifican se le llamara Guardia Somocista.

Mendieta Chávez dedica buen espacio a la relación entre Anastasio Somoza Debayle y su amante Dinorah Sampson. Cómo esta mujer llegó a tener un tremendo poder que determinaba nombramientos a civiles y militares. La corrupción llegó al extremo que en una ocasión doña Salvadora Debayle, viuda de Somoza García, pidió que la llevaran donde ella, en un acto público y le dijo: “a ver quiero conocer a la mujer que hace feliz a mi hijo”, cariñosamente le dio un beso.

Mendieta Chávez cuenta que debido a su actitud había malestar entre oficiales cercanos a Somoza Debayle. Se reunieron varios y el general Gustavo Medina propuso que lo mataran en el trayecto del Planetarium, donde vivía cerca de la Carretera a León, el trayecto hacia la Carretera Sur; echándole la culpa al FSLN. Adonis Porras estuvo de acuerdo, designaron a Aquiles Aranda Escobar para que le pidiera su parecer a José R. Somoza; éste dijo que aceptaría lo que ellos decidieran. Humberto Corrales opinó que no era conveniente en ese momento y que ya habría oportunidades de eliminarlo.

CORONEL BOZA GUTIERREZ

“No voy a escribir la historia de mi país que es Nicaragua. Esta deben escribirla los historiadores, yo únicamente soy uno de los tantos protagonistas de ella; o mejor dicho, fui parte de ella y quisiera contribuir en forma modesta para que algunos acontecimientos ocurridos lleguen al conocimiento de mis compatriotas”, dice al inicio de su libro quien por muchos años desempeñó importantes cargos en la Guardia Nacional, retirándose con el grado de coronel.

Ingresó en 1928 a la Guardia Nacional. Fue uno de los que vio los cadáveres de los generales Sandino, Estrada y Umanzor y Sócrates Sandino, la noche del 21 de febrero de 1934. En 1946, estando de servicio en Casa Presidencial, se enteró que Luis Scott y Rito Jiménez Prado, conocidos opositores al régimen de Somoza García, habían sido asesinados en las cárceles de La Aviación y se señalaba como responsables a Carlos Eddy Monterrey y un teniente de apellido Paniagua. Somoza García no tomó ninguna medida en su contra. Monterrey fue quien mató al general Sandino.

El coronel Boza Gutiérrez, en su libro también señala que los participantes en el complot del 4 de abril de 1954 fueron asesinados y no muertos en combate como decían los comunicados oficiales del gobierno somocista. Menciona cómo uno de los ejecutores al entonces capitán Agustín Peralta Ruiz. Muchos fueron llevados a los sótanos de la Casa Presidencial, en la Loma de Tiscapa, entre los interrogadores estaba el mayor José Luis Aguado, Jefe de Leyes y Relaciones de la Guardia Nacional. En 1958 participaría en un complot, descubierto por traición de César Napoleón Suazo.

Aguado insistió ante el general Somoza García y el coronel Somoza Debayle para que los reos no fueran ejecutados pues muchas personas los habían visto vivos. Cuenta el coronel Boza Gutiérrez que en esos días se comentaba que durante los interrogatorios a Adolfo Báez Bone, Somoza Debayle se aprovechó de la indefensión del prisionero y le dio un puñetazo en la boca quebrándole varios dientes y que Adolfo, en un gesto de rebeldía le había escupido la cara llenándole con su sangre y Somoza Debayle lo mató. Desde entonces, se decía, miraba sangre en su camisa y se la cambiaba frecuentemente.

En su libro, el coronel Boza Gutiérrez, publica una lista de los muertos de abril de 1954 y le llama “lista completa de los ejecutados”. También se refiere a la captura del teniente Jorge A. Cárdenas, al que desnudaron y torturaron en forma continua varios días, dirigió personalmente el coronel Somoza Debayle. Entre los otros torturadores señala a Juan José Rodríguez Somoza, Carlos Silva, Ronaldo Bermúdez, Pablo Rivas, Oscar Morales, Iván Alegrett, Levy Sánchez y Germán Bello.

Un hecho poco conocido es en relación a la detención del coronel Lisandro Delgadillo, otro de los participantes en el asesinato del general Sandino, para la época del atentado a Somoza García, comandante de la Guardia Nacional en León. Expresa el libro del coronel Boza Gutiérrez que Delgadillo fue hecho prisionero internado en un cuarto aislado de la Casa Presidencial.

Anastasio Somoza Debayle comisionó para interrogarlo a los oficiales Roberto Martínez Lacayo, Camilo González Cervantes, Heberto Bermúdez, Luis Ocón y Boza Gutiérrez. Al prisionero lo tuvieron sentado por muchas horas en un banquito de madera con una lámpara de gran potencia en su cara, según los instruía Oscar Morales Sotomayor debía permanecer encendida las 24 horas del día. Se aclara que el único que torturó a Delgadillo fue el coronel Martínez Lacayo. Por invitación de Anastasio Somaza Debayle, el coronel Boza Gutiérrez penetró a una habitación donde torturaban al doctor Pedro Joaquín Chamorro y Horacio Ruiz, en la Casa Presidencial.

EJECUTIVO DE LA EEBI

Samper Fidelis, de Justiniano Pérez, no es sólo un testimonio sobre la vida de un militar, tiene el mérito de ser un libro que analiza las causas que provocaron el fin de una institución que había nacido para servir a la nación nicaragüense y no a una dinastía.

Justiniano Pérez fue el oficial Ejecutivo de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería EEBI, cuyo comandante era Anastasio Somoza Portocarrero. Pertenece a la generación de oficiales entrenados como rangers, los boinas verdes, lanceros, kaibiles o como se les quiera llamar a las tropas de élite. En su inicio, Pérez analiza lo que él llama factores triviales que llevaron a Anastasio Somoza García a la jefatura de la Guardia Nacional, tratándose de un general sin ser militar pero amigo del embajador Mattew Hanna y de su esposa Loretta. Desde su inicio, la Guardia Nacional se vio en el gran dilema de serle fiel a la constitución o a Somoza García. Eso se comprobó en los derrocamientos de los presidentes Juan Bautista Sacasa en 1936 y de Leonardo Argüello Barreto en 1947.

El libro hace una relación de los intentos de rebelión por parte de miembros de la Guardia Nacional, cómo terminaron encarcelados, exiliados, torturados y muertos. Así menciona abril de 1954 y el intento de 1958, señalando que la traición de César Napoleón Suazo le mereció ganar favores, convirtiéndose en el símbolo de esa lealtad enfermiza que arrastraría en parte a la Guardia Nacional a su propio fin. Igual pasó en la conspiración de 1978 cuando fueron encarcelados Bernardino Larios, Melvilla Hogdson, José W. Mayorga, Eduardo Montalbán y José Balladares.

En su análisis, Justiniano Pérez define tres etapas en la Guardia Nacional. La primera comprende la del general Anastasio Somoza García, etapa en la que se despoja a la Guardia Nacional de su institucionalidad para convertirse en una “fuerza sumisa que apoyara sus fines políticos y su agenda partidista”. La segunda etapa es la de Anastasio Somoza Debayle y la tercera éste, su hermano José y su hijo Anastasio Somoza Portocarrero.

Señala Justiniano Pérez los altos niveles de corrupción que había en la GN, donde los cargos se obtenían a base de recomendaciones y mordidas. Era costumbre que algunos cargos estaban ligados con la llegada del retiro a la vida civil, una oportunidad para hacer dinero. Cuenta cómo se vendieron aviones a US $ 25,000.00 que luego se subastaron a un millón de dólares cada uno.

Samper Fidelis le dedica bastante espacio a Dinorah Sampson, perteneciente a un círculo de “damas alegres”, algunas de ellas llegaron a casarse con altos oficiales de la GN y formaron parte de la corte de la poderosa amante de Somoza Debayle. En el libro aparece una foto de la Dinorah donde está con una blusa transparente que permite ver sus senos.

Afirma Justiniano Pérez que la Guardia Nacional fue administrativamente conducida para servir exclusivamente a la dinastía; sometida, usada y moldeada para un único fin: hacer posible 43 años de dictadura. Estratégicamente, agrega, fue desprovista de evolución, dejándola hasta el último día, tal como había comenzado manteniéndole la yunta de Policía y fuerza de combate, funciones que debieron marchar en direcciones opuesta. Técnicamente fue mantenida por conveniencia por ignorancia en permanente atraso en comparación con ejércitos vecinos y regionales.

UNA FUERZA POLITIZADA

Se cuenta en Samper Fidelis que el 2 de enero de 1933, cuando partían los marines, en el Puerto de Corinto, uno de ellos dijo: “sin duda vendrá un sarandeo en la Guardia Nacional; muy pronto será una fuerza politizada para mantener el partido en el poder”. En efecto, un año después, Somoza García decidió el asesinato del general Sandino, su hermano Sócrates, los generales Estrada y Umanzor, haciendo firmar a un grupo de oficiales un documento de respaldo a lo que él decidiera. El documento es conocido en la historia como El Pacto de Sangre o La Muerte del César.

Comenta Justiniano Pérez que estando ya Anastasio Somoza Debayle en el exilio, trataba de exonerar a su padre de la muerte de Sandino, culpando directamente a la Guardia Nacional. Conforme las palabras del ex Oficial o Ejecutivo la EEBI, “participaron reconocidos oficiales de la época, arrastrados en una complicidad magistral que iniciaría el período de la lealtad, para encubrir al mismo tiempo, el germen de su propia destrucción”.

Para Pérez hubo tres elementos que causaron mucho daño a lo interno de la Guardia Nacional. Los dos primeros fueron las muertes de Leonel Peralta y David Tejada Peralta. El primero era egresado de la famosa Escuela Militar francesa de Saint Cyr, equivalente a la West Point. Una noche, en el restaurante Munich que quedaba en el costado sur del Palacio Nacional, se escuchó un disparo y Leonel quedó muerto con un tiro en la sien.

Se señaló como autor del hecho al entonces coronel Guillermo Noguera. Por estar emparentado con la familia Somoza hubo una abierta protección, el caso fue declarado como suicidio, aunque se confirmó que el arma usada era la de Noguera que llegó a Mayor General y Jefe del Estado Mayor General. El segundo elemento fue la muerte a golpes por Oscar Morales Sotomayor de David Tejada Peralta en las instalaciones militares de la Loma de Tiscapa. El tercero fue el nivel de corrupción que alcanzó la GN por el poder que tenía Dinorah Sampson, a la que acudían muchos oficiales para lograr cargos y ascensos.

Semper Fidelis fue lema de la Guardia Nacional. Según Justiniano Pérez “paradójicamente este lema resonaría en el aspecto disciplinario de la GN pero en un sentido diametralmente opuesto. El concepto patrio sería sustituido por un apellido y el concepto de compañerismo por el de supervivencia personal”. Expresa que las bases disciplinarias y el concepto de lealtad con que se fundó la GN, a partir que Somoza García asumió como Jefe Director, desaparecieron.

La Guardia Nacional se convirtió en un medio coercitivo de poder político. El cargo de Jefe Director fue parte de la herencia dinástica. Por eso el 17 de julio de 1979 cuando se supo que se había marchado del país Anastasio Somoza Debayle, entre los soldados se escuchó: “ya el jefe se fue, no hay nada más que hacer”.

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