- Para muchos se trata del mejor cerrador de todos los tiempos
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mariano rivera, un orgullo latino
Karl “Chico” Heron frunció el ceño de su rostro moreno, cuando vio de nuevo al mismo pelao (chavalo, en “panameño”) en su prueba de prospectos en el terreno de juego del vetusto Estadio Juan Demóstenes Arosemena, de la capital de Panamá.
“¡Vaya la vida!, pero si a este pelao ya lo miré”, refunfuñó Heron. Pero el recomendador que lo traía desde Puerto Caimito, le explicó que el angosto chavalo, con cintura de modelo, fácil sonrisa y ojos saltones, era ahora pitcher y no shor stop.
“¿Pitcher?”, indagó el legendario scout panameño.
El chavalo empezó a soltar su brazo y tras varios envíos a 84 y 85 millas, Heron decidió dejarlo entre el grupo de jóvenes que adiestraría durante varias semanas para luego mostrárselos a su supervisor, Herb Rayburn, de los Yanquis de Nueva York.
Rayburn lo vio y no lo firmó aquel día, pero una noche después llamó a Heron y le dijo: “Oye, firma al pitchersito que vimos. Creo que vale la pena. ¿Cómo es que se llama?”
— “Mariano Rivera”, respondió Heron. Y así se quedó el joven, que se dedicaba a la pesca en la zona de La Chorrera y que ahora conocemos como el mejor cerrador de la historia.
“Firmar a Mariano para mí fue una bendición de Dios. Aún lo recuerdo con su cuerpo bien angosto y con una gran habilidad para fildear porque era short, pero sobre todo, me gustó que su recta se movía”, dice Heron, ahora scout de los Cardenales.
Desde aquel día, la vida de Mariano dio un giro drástico y tras varios obstáculos que debió superar en las Ligas Menores, incluyendo una cirugía, ahora se dedica a sembrar el pánico en los últimos innings desde la colina de los Yanquis, a cuya grandeza ha contribuido bastante.
“Soy un campesino a quien Dios le dio una habilidad que he tratado de aprovechar”, me dijo una mañana de 1996 en Tampa, mientras concluía una sesión de entrenamientos en primavera.
El año anterior, Rivera había hecho su debut en las Grandes Ligas y aún con su récord de 5-3 y 5.51, los Yanquis estaban convencidos de que sería el preparador perfecto para John Wetteland, el veloz derecho que laboraba como cerrador.
Su temple y su frialdad para crecer sobre la presión que agobia a los demás, hizo que los Yanquis dejaran ir a Wetteland y le dieron el puesto de taponero a partir de 1997. Y desde entonces, no ha parado de cerrar puertas a los contrarios en los últimos episodios, para construir una de las carreras más brillantes de todos los tiempos entre los rematadores.
Durante esa década, Rivera ha saltado la frontera de los 50 rescates en dos ocasiones y cuatro veces la de 40.
Su autoridad, presencia y el nivel de eficacia que ha conseguido, lo han vuelto para muchos expertos, el mejor de cuantos cerradores han existido.
“Es el mejor de todos los tiempos”, dice Dennis Eckersley, el otrora sensacional relevista corto de los Atléticos de Oakland.
Recién ha doblado la curva de los 400 rescates y lejos de perder brillo, se ha vuelto más duro y preciso asfixiando oponentes, mientras llena de orgullo a toda Latinoamérica.