(FOTOS LA PRENSA/B. PICADO)

“Me creía Superman y no llegaba ni a Batichica”

Esta es la historia de Omar Cisneros, quien tras un acelerado proceso se convirtió en manager. Luego se enamoró del puesto y muy pronto, a sus 28 años, estaba dirigiendo la Selección Nacional de Beisbol en un Mundial (Italia 1988), aunque para ello hizo todo lo que estuvo a su alcance, incluyendo intrigas, pero muy […]

  • Esta es la historia de Omar Cisneros, quien tras un acelerado proceso se convirtió en manager. Luego se enamoró del puesto y muy pronto, a sus 28 años, estaba dirigiendo la Selección Nacional de Beisbol en un Mundial (Italia 1988), aunque para ello hizo todo lo que estuvo a su alcance, incluyendo intrigas, pero muy pronto lo bajarían de las nubes

omar cisneros, manager de la selección nacional de beisbol

ASÍ SE INICIÓ A FIJARSE EN TODO E INTRIGAR
HEBERTO LO TUMBÓ A ÉL

Cuando el desaparecido manager Heberto Portobanco, para burlarse de Omar Cisneros, decía que éste no había jugado ni “boliyoyo”, no exageraba. Es más, ni siquiera mentía. Sin embargo nada parecía disminuir y mucho menos frenar al impetuoso timonel que estaba emergiendo y que entraba pisando fuerte los terrenos del beisbol nacional, pese a la fragilidad de sus antecedentes.

Y tras un paso fugaz por el beisbol menor como dirigente, Cisneros estaba de pronto en Primera División y luego en la Selección Nacional de Beisbol; y hasta llegó a arañar un campeonato del mundo en 1990. Pero su acelerado éxito no alcanzó para disimular sus fallas fuera del campo. Enfermo de vanidad, creyó estar por encima de todo y, cuando despertó, estaba en una prisión.

A este Omar Cisneros, que fue capaz de todo por alcanzar notoriedad y que, por darse una vida que no podía sostener, vendió dos veces una misma casa, razón por la cual se le privó de su libertad, lo tengo frente a mí. Su cara se ha alargado. La cabellera le inicia más atrás que antes y habla con menos ímpetu. Quizá lo que más le entristece es que aún no se le crea que haya cambiado.

“Sé que uno carga con su pasado y que hice cosas de las cuales no siento orgullo, pero quienes están más cerca de mí, conocen de mis cambios. Yo sé que he cambiado y Dios también lo sabe. Aún hay gente que me grita cosas en los estadios o en la calle, pero sé que el tiempo pondrá todo en el lugar correcto”, dice el timonel, a quien ahora también ha comenzado a dársele el crédito como mentor.

Apreciado por unos y detestado por otros, Cisneros se ha convertido en una realidad, en un manager con más triunfos que reveses, carismático, magnífico para el periodismo y con un liderazgo que no tiene discusión. Asegura que en efecto ha dado un vuelco a su vida, pero está claro que toma tiempo restituir una imagen.

w ¿Cómo fue tu infancia y cómo te vinculaste con el beisbol?

En mi infancia, lo más que llegué a jugar fue chibolas y algo que llamábamos beisbol inglés, que es tirar la bola contra la pared y fildearla. Nunca jugué nada más, excepto los juegos de todo chavalo. Pero el beisbol nunca me llamó la atención. Incluso, una vez me integré a un equipo y jugaba por allá. Eso sí, no fallé: todos los turnos fueron ponches (Recuerda Cisneros mientras sonríe).

w He escuchado que un sacerdote te introdujo en el beisbol.

Cuando chavalo, yo visitaba algunas veces el cuadro conocido como el Manchester, en la zona del barrio Cristo del Rosario, adonde me llevaba mi tío Eduardo Cisneros. Pero jamás me llamó la atención el beisbol. Y ciertamente, para mí todo comenzó cuando el padre Mario Fiandry me ordenó que agarrara un equipo de chavalos que se había quedado sin manager y que lo dirigiera.

w ¿Qué te dijo el padre Fiandry?

Me dijo que agarrara el equipo, que había que ayudarle a los chavalos para que no se le fueran a dedicar a otras cosas. Y cuando yo le dije que no sabía nada de beisbol, que no podía hacerlo, me emplazó que agarrara al equipo o que me fuera de Don Bosco. Así que no tuve otra opción y resulta que en el equipo estaban Nemesio Porras, Brant Alyea, Carlos Torres, Basilio Marín y muchos más.

w Ese equipo ganaba solo, ¿no?

Claro. En que aquel momento, todos eran unos chavalitos, pero ya tenían el material que luego los llevaría a ser estrellas. Recuerdo que llegué donde estaban ellos con un bate, las bolas y como siete manoplas y les dije que ahí me mandaba el padre Mario y que tenían que hacerme caso. Y de pronto, comenzamos a ganar donde jugábamos. Después pasé a los Industriales Don Bosco y luego a Primera División.

w ¿Cuándo te sentís atraído por el beisbol y descubrís que de eso podés vivir?

Precisamente cuando empiezo a ganar. Gano campeonatos en todas las categorías y de pronto estoy en las radios y los periódicos. Y estando en Don Bosco, como manager campeón, Octavio Abea me lleva a los Industriales y dijo algo que nunca olvido: “este es el futuro manager de la selección”. Y luego me manda a llamar el general Humberto Ortega y me dice que quiere que esté en los Dantos junto con César Jarquín.

w ¿Cuál fue tu reacción al estar junto a personas que sí sabían de beisbol?

Estaba impresionado. Asustado. Esos Industriales tenían a jugadores como Germán Jiménez, Apolinar Cruz, Danilo Sotelo, Julio Sánchez, Elvin Jarquín, Luis Solís y muchos más, que eran gente famosa. Recuerdo que la primera vez que me puse el uniforme, me lo puse como a las cuatro de la madrugada para un juego que sería a las 9:30 en Bluefields. Pero era parte de mi entusiasmo.

w ¿Ya en los Dantos llegás a ser manager en Primera División?

Así es, pero es estando en los Industriales cuando yo decido que definitivamente eso es lo que quiero. Entonces me pongo a leer las revistas mexicanas hit, le doy su pasadita a los reglamentos de beisbol, a todo lo que se publica, al semanario que sacaba Edgard Tijerino y lo que caiga en mis manos. Me fijo en que hay peloteros que tienen miedo y otros que no, entonces sé cómo debe utilizárseles; en fin, me fijo en todo. Luego llego a los Dantos y me nombran manager.

w Hasta ese momento, sin embargo, no se te da crédito como manager, sino como alguien intrigante, que serrucha pisos, ¿no?

Es cierto. Y a alguien como vos, a quien no considero un periodista normal, sino un amigo, tengo que decirle la verdad. Yo tenía un gran defecto: quería que en la liga no existiera nadie más que yo. Le quitaba el puesto a cualquiera de la manera que fuera. No reparaba en nada ni en nadie. Era una persona intrigante y hacía lo que fuera para quitar a cualquier manager. Ahora me da pena hablar de eso, pero así era. A los jóvenes les aconsejo que ahí les va a llegar su momento, que no tumben a nadie, pero yo lo hice y desgraciadamente uno no puede borrar el pasado.

w ¿Cuál es el recuerdo más vivo que tenés de esa etapa de intrigas en tu vida?

Lo que pasó con Heberto Portobanco en España en 1991. Yo les decía a los muchachos que “pronto se va ir este señor, porque está veterano y yo soy quien va a dirigir a la Selección. No le hagan caso”. Y lo que Heberto hizo fue quitarme en medio del torneo delante de todos. Recuerdo que dijo: “A este muchacho quiero que lo quiten de aquí porque está destruyendo al equipo, les dice que no me hagan caso, está llamando a Nicaragua diciendo que me va a quitar a mí y entonces, yo lo corro ahora mismo”. Y me tumbó del equipo. Fue la experiencia más humillante que he tenido en el beisbol.

w ¿Por qué esa actitud, esa sed de figurar, de quitar a la gente?

La juventud, la inmadurez. Vos sabés que a los 24 años yo era manager de los Dantos y de pronto, yo tenía dos o tres carros, tenía gente que hasta el agua me pasaba. Yo nunca esperé tener eso en la vida. La juventud lo hace a uno hacer cosas que no debe. Pero las hice. Yo no quisiera ser lo que fui en el pasado, pero lo fui. Y lo único que me queda es aconsejar a los muchachos nuevos a tener paciencia, a prepararse y esperar su momento.

w Hay gente que no cree en tus cambios…

Yo lo sé y sé que toma tiempo para que eso suceda, pero quienes me conocen, quienes están más cerca de mí, saben que ahora soy una persona distinta. Hay muchas cosas de las cuales yo siento pena, pero no me avergüenza hablar de ello; de que fui intrigante, que quitaba manager cuando se me ocurría y que hice mucho daño, pero lo hablo con el propósito de que sirva de ejemplo a jóvenes, así como Sandy (Moreno), Rafael Mendoza y muchos otros más que vienen en busca de una oportunidad.

w ¿Qué había en tu cabeza cuando te ponen a dirigir la Selección Nacional a los 28 años en el Mundial de Italia en 1988?

Pensaba que el mundo era mío y que lo tenía a mis pies, que sólo yo existía. Me creía Superman y no era ni Batichica. De repente me vi con unas camionetotas y hasta con escoltas. Y no era nada. Pero Dios me puso en mi lugar y le agradezco. Le doy gracias que me haya dado una nueva oportunidad de seguir en el beisbol y poder decirle al pueblo de Nicaragua que sí, que fallé, que caí, pero que aquí estoy de nuevo, convertido en otro Omar, dispuesto a luchar pero con otra visión de la vida.

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí