- Un relato personal explica por qué a veces los jóvenes latinos en EE.UU. dejan de estudiar
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MINNEAPOLIS, EE.UU./Reportaje de AP
Un día de verano en 1993, cuando el hoy estudiante universitario Abraham Castro tenía 7 años, se halló solo frente a un restaurante en el sur de California.
La gente a la que su familia había pagado para que lo filtrase por la frontera desde México lo dejó allí y le dijo que su madre iría a buscarlo pronto.
“Yo no hablaba inglés, no sabía dónde estaba y me moría del susto”, recordó Castro.
“Cuando los inmigrantes cruzan la frontera ilegalmente, ése es el tipo de incertidumbre con que viven, aún mucho después de haberse establecido en Estados Unidos”, explica.
Y para Castro, al igual que muchos estudiantes que llegaron ilegalmente a este país, una de las incertidumbres más salientes en la vida en Estados Unidos es su futuro después de la secundaria.
“La gente se pregunta por qué los hispanos tienen bajos porcentajes de graduación”, dice. “Pero cuando descubrí que quizás no iba a poder ir a la universidad también me sentí inclinado a abandonar”.
Luego de graduarse en el 2004 en la secundaria de Highland Park, Castro siguió estudiando y ganó una beca académica completa para la universidad. En vez de celebrar como la mayoría de los graduados, empezó a buscar empleo.
“Recibir la beca fue casi más una decepción que otra cosa porque estaba seguro de que, aún consiguiéndola, no podría usarla”, recordó.
Él no podía obtener la beca a menos que recibiera la residencia legal en Estados Unidos. Su familia la había solicitado diez años antes, pero todavía no había llegado. De modo que sus perspectivas de recibirla en los tres meses siguiente le parecían muy escasas.
Se hizo el milagro
Pero el milagro se produjo. “Nos llamó nuestro abogado para decirnos que la residencia podía llegar a fines del verano (del 2004)”, recordó Castro. “Entonces todo lo que hicieron fue estampar nuestros pasaportes y después ya pude ir a la universidad”.
“Pero el caso de Castro es inusual”, dijo Alondra Espejel, organizadora de comunicaciones de la Red de Minnesota para la Libertad del Inmigrante (Minnesota Immigrant Freedom Network) y graduada universitaria.
Si Castro no hubiese logrado su residencia a tiempo, sus opciones habrían sido mucho más limitadas.
“Cuando los estudiantes que aguardan la regularización de su condición legal solicitan ingreso a la universidad podrían ser aceptados, pero pagando las tarifas para estudiantes no residentes en el estado”, dijo la asesora de admisiones Michelle Garay, quien recluta específicamente en comunidades hispanas.
Para el año académico 2005-06 eso significaba pagar 18,770 dólares en vez de 7,140.
Agregó que los solicitantes sin documentos tampoco pueden aspirar a ninguna ayuda financiera. Eso incluye las becas como las de Castro, también significa que no pueden solicitar préstamos estudiantiles.
“Los únicos fondos disponibles para ellos son las becas privadas, y éstas son muy pocas y muy espaciadas”, dijo Garay.
Por eso, aún los estudiantes que han vivido aquí la mayoría de sus vidas, que han estudiado en el sistema educativo de Minnesota y que han obtenido buenos resultados en la secundaria, “si no tienen documentos la universidad no es para ellos una opción realista”, mantiene Lisa Sass Zaragoza, coordinadora del Departamento de estudios chicanos.
Sin opciones
“Esos chicos no tienen muchas opciones”, afirmó. “Y eso es parte del mensaje a la comunidad en general y a la universidad: hay muchos chicos talentosos y brillantes cuyas opciones se están limitando y a los que perderemos”.
Felipe Mancera, un amigo de Castro, fue uno de los graduados talentosos.
Al igual que Castro, se graduó en el Highland Park y ganó una beca universitaria completa, además de una beca por futbol americano en la Universidad St. Thomas. Pero Mancera no pudo lograr la residencia como Castro, de modo que no pudo aprovechar ninguna de las dos becas.
Los dos muchachos afirmaron que lo que más les disgustó fue que nadie les dijera, hasta bien avanzada la secundaria, que estar ilegalmente en Estados Unidos les impediría aprovechar sus becas.
“Cuando solicité mi inscripción (a la universidad) me anoté como estudiante internacional. Me llamaron y me preguntaron por qué, y fue allí cuando me di cuenta de que no iba a dar resultado”, dijo Mancera. “Pero no pensé que eso atentaría contra todo lo que había hecho hasta ese entonces en mi vida”.
Ahora trabaja como voluntario de tiempo completo en la Red de Minnesota para la Libertad del Inmigrante, donde promueve una legislación que suministre a gente como él acceso a la educación superior.
“La única esperanza es por medio de una legislación en Washington que otorgue visas a la gente para que puedan vivir aquí legalmente”, arguye Mancera. “Eso o el Dream Act”.
Ese proyecto permitiría a los inmigrantes ilegales pagar la tarifa universitaria de residentes, dijo Mariano Espinoza, director ejecutivo de la Red Libertad (Freedom Network).
“Pero de todos modos todavía no podrían recibir ayuda financiera del Gobierno”, agregó.
“La impresión es que si uno es indocumentado no puede ir a la universidad. Y queremos cambiar eso”, concluyó Espinoza.