- Crónica desde un país que sufre con la derrota
[/doap_box]
No llores por mi…
buenos aires/PURO GOL
La ciudad estuvo desierta mientras se jugó el partido de cuartos de final con Alemania. Ni siquiera en la mañana de algún domingo invernal hubo tan poca gente en la calle. El 80 por ciento de los institutos de enseñanza le dieron asueto a sus alumnos, al 20 por ciento restante se les permitió ver el partido en el recinto escolar y llevar camisetas.
Los bares ofrecieron un menú especial, y en muchos de ellos se agotaron las reservaciones. Días antes, las casas de electrodomésticos, que antes del Mundial vendieron más de 200,000 televisores casi no pudieron enfrentar las demandas de más aparatos de pantalla plana.
Los argentinos, fieles a su costumbre, se desplazaron a los bares o a los puntos clásicos desde donde ven los partidos importantes: el estadio Monumental de Núñez, la Bombonera, el Teatro Gran Rex y el mítico Luna Park.
Lugares al aire libre, porque aquí es invierno.
Todos estaban expectantes y vestidos con su camiseta. Algunos además, envueltos en la bandera y con las caras pintadas. Todos cantaban, como si estuvieran en la tribuna, al son de los monótonos “bombos peronistas”. Todos estaban muy nerviosos. La clasificación les costó más de lo que esperaban. Maxi Rodríguez, con el golazo del alargue les dio la posibilidad de seguir soñando con levantar la Copa del Mundo 20 años después, pero lejos quedaron las certezas celebradas tras la goleada a Serbia.
Se sentaron, porque sabían que si cometían los mismos errores que contra México, los dueños de casa no iban a tener compasión.
Muchos ya tenían decorados los vehículos, que los esperaban, para llevarlos lentamente al Obelisco y celebrar allí que daban un paso más rumbo al sueño. Pero el partido pasó de ser sueño a pesadilla y ni siquiera la fuerza que hicieron todos los hinchas desde todos los rincones del país fue suficiente. Perdieron irremediablemente el juego y sellaron el pasaporte para volver a su tierra.