Las “zonas prohibidas al futbol” han sido muy poco frecuentadas en Alemania e, inclusive, los precursores de este operativo “antibalompié” han reconocido ser también víctimas de la euforia contagiosa que provoca la Copa Mundial.
Hasta poco antes del puntapié inicial del torneo, el director de cine muniqués Stephan Barbarino contaba con hacer bastante ruido lanzando un movimiento de resistencia al furor mediático.
En su sitio en Internet (www.fussballfreie zone.de), propone sugerencias de tipo turístico, culturales o gastronómicas para escapar a este fenómeno, y ha tenido hasta 12,000 visitantes diarios. Pero, según se acerca la final, las consultas han mermado al punto de ser casi nulas.
Los sondeos revelaban al comienzo del Mundial que el 34 por ciento de las mujeres y el 21 por ciento de los hombres no se interesaban por el evento. Después las cosas comenzaron a cambiar y nadie podía dudar que el Mundial fuera un éxito.
Aficionado al futbol, tuvo que conformarse con seguir los partidos por la radio e informar a sus clientes, cuando los tiene, porque “cuando Alemania juega (el local) esta vacío”.