(“Lucharemos como leones /venceremos al final…”)
NUESTRO equipo desplegó todos los ánimos por la nítida grama del estadio. El campeonato ya estaba decidido: perdíamos por una carrera en el noveno inning. El pitcher entró con mayor impulso y seguridad. Baquita pegó un roletazo al cuadro y no pudo llegar a primera. Polo, inesperadamente, se ponchó. Sólo faltaba el cuarto de la alineación que no había bateado como de costumbre, aquella soleada mañana. Firme, me coloqué dejando pasar el primer strike, recto y veloz; volví a cruzar el bate con lentitud y vi venir una curva que no pude encontrar. Los desalentados compañeros y las tristes sotanas preparaban el regreso. Más de uno lloraba en el bus colegial con el motor encendido. Entonces, paralelo a mi cintura y hacia el centro del home, devolví con todas mis fuerzas el tercer lanzamiento y fui cargado en hombros entre el griterío de los míos. Al empatar ya nadie nos detuvo: anotamos otra carrera para obtener el trofeo. Ese día yo era el ser más feliz de la tierra.