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Siempre he creído que las preferencias políticas, religiosas o de cualquier otra índole, son un asunto de carácter individual, y deben ser respetadas, en tanto se muevan dentro de un marco precisamente de respeto hacia quienes piensan distinto que nosotros.
Herty Lewites entendía bien eso. Y lo empleó como un estilo de trabajo durante su estadía en la Alcaldía de Managua, donde laboró con gente con opciones políticas diferentes a las suyas.
De ninguna manera pretendo decir que Herty era el mejor candidato o que yo votaría por él. Aparte de que sé que la gente no está preocupada por saber por quién voy a votar, nuestro código de ética prohíbe hacer proselitismo político.
Más bien quiero rescatar la esperanza que en el ámbito deportivo comenzamos a acariciar tras una reunión que él sostuvo con cronistas, donde escuchó sugerencias y los planteamientos que se le hicieron sobre el enfoque que el deporte necesita en el país.
“Propongan candidatos para manejar el deporte. Es más, voy a dejar en manos de ustedes esa escogencia”, dijo Lewites. Eso nos alegró porque históricamente se coloca en esos puestos a gente por confiabilidad política y no por capacidad. Aquí ha habido comisionados de beisbol que no sabían con cuántos outs se sacan un inning y encima son malos administradores.
En ese contexto, el paso dado por Lewites en aquel momento nos alentó. Dar atención a los deportes es algo más que entregar utilajes deportivos en las campañas electorales. Es establecer políticas que transformen el sistema viciado e incompetente que hemos tenido en los últimos años.
Pero además, la muerte de Herty debe llevarnos a la reflexión sobre nuestra propia fragilidad. Ojalá sirva para que la clase política que tenemos entienda que somos pasajeros y que deberían aprovechar sus puestos y el tiempo para pensar en el bien común y no sólo en su propio enriquecimiento.