En Bogotá se invierte en seguridad poco más de 40 millones de dólares. Este presupuesto aumenta cada año y se materializa en la creación de nuevas estaciones policiales. (LA PRENSA/A.MORALES)

Bien portados a la fuerza

Hace cuatro años, cuando Lissette Jaimes, 22 años, comenzaba a “rumbear”, como le llaman los colombianos al ir a bailar o a echarse unos tragos, se sentía casi como una Cenicienta. A la una de la madrugada en punto le tocaba arrancar de la discoteca o del bar al que había ido. No importaba si […]

Hace cuatro años, cuando Lissette Jaimes, 22 años, comenzaba a “rumbear”, como le llaman los colombianos al ir a bailar o a echarse unos tragos, se sentía casi como una Cenicienta. A la una de la madrugada en punto le tocaba arrancar de la discoteca o del bar al que había ido. No importaba si estaba en el fragor del bailar, tenía que irse. Y no por miedo a romper un hechizo o a perder una zapatilla, en su caso una bota tacón de aguja de las que usa, como el personaje del cuento. Tampoco por el temor a una faja o una reprimenda de sus papás en la madrugada. La razón era sencilla y contundente: a esa hora todos los bares y discotecas cerraban. “Así era la hora zanahoria”, recuerda con alivio Lissette.

La hora zanahoria impulsada por el ex alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, debutó contra viento y marea en las fiestas de diciembre de 1995, el mes de más consumo de licor. La campaña estuvo plagada de mensajes orientados a defender la vida. Muchos de los comerciales eran provocadores. Había uno, en el que chocaban dos carros, y uno de los sobrevivientes del accidente, miraba a su acompañante y decía, “todavía la tengo viva”, y podía referirse tanto a la mujer como a la borrachera todavía fresca.

Mockus participó en los primeros operativos nocturnos de la ofensiva zanahoria. Muchas veces entró disfrazado a las discotecas. Una vez, se fue de monje y se apareció con un reloj en el pecho que marcaba la una, para recordarle a la gente que era hora de marcharse.

A pesar de los abucheos y de las trampas que trataron de tenderle, este edil, filósofo y ex rector de la universidad pública, dice que fue implacable con su ley.

Lissette era una adolescente en esos años, pero recuerda bien que sus primeras rumbas, por efecto de la Ley Zanahoria, comenzaban a las ocho de la noche. A esa hora la zona rosa, que ahora nuevamente se prende después de las nueve, pasadas las 10:00, ya estaba desbordada de gente. “Era bastante aburrido salir a esa hora”, dice Lissette, quien en esos años cursaba secundaria.

A la par de la restricción, se impulsó una campaña de desarme, y otra en contra el uso de pólvora, porque los diciembre se habían vuelto sinónimo de niños quemados. Hasta hoy en Bogotá no se escucha el ruido atronador de la pólvora, ni los 24 y 31 de diciembre a la medianoche como en Managua. Tampoco se ven niños con las chispeantes candelas romanas.

La primera temporada zanahoria rindió los resultados esperados. Una comparación estadística de las muertes violentas de los primeros semestres de 1995 y 1996 arroja que hubo 62 asesinatos menos entre un período y otro, respectivamente.

El número de fallecidos por accidentes de tránsito bajó en 57, según el mismo cuadro comparativo.

Para dar estas primeras cifras el alcalde ocupó las bóvedas del cementerio general de la ciudad. En ellas, entraron una gran cantidad de muchachos que al canto del Himno de la Alegría comenzaron a salir de las tumbas. Con esta simbólica escena, el alcalde, al que siempre le gustó personalizar la campaña, dijo que la ciudad se había ahorrado de perder esas vidas.

La iniciativa de la hora zanahoria no tardó en ser retomada por otras ciudades colombianas como Cali y Medellín.

Ciudad aburrida

Una de las críticas que se lanzó por esos días, y que todavía sobrevive en los comentarios de locutores, en algunas emisoras, es que la ciudad desde entonces se volvió aburrida.

Algunos dicen que por culpa de la “hora zanahoria”, Bogotá, no tiene una vida cultural nocturna tan boyante como Buenos Aires, la capital argentina donde los teatros programan funciones a la medianoche y las librerías abren las 24 horas.

Pero Mockus dice que Bogotá nunca tuvo ese ritmo cultural, y explica que la campaña restrictiva se complementó con una serie de actividades recreativas vigentes todavía: como la ciclovía nocturna de diciembre, que es el recorrido a pie o en bicicleta por una gran cantidad de calles de la ciudad, (que religiosamente existe los domingos y feriados), los septimazos, que son caminatas en la carrera séptima, una de las principales arterias, así como conciertos y festivales de teatros y cuenteros en los parques.

Se apoyó la idea de recuperar el espacio público, para eso se ampliaron las avenidas, se construyeron amplias aceras y áreas verdes, que fueron tomadas por las familias los fines de semana.

Una de las desventajas que Mockus reconoce de la Ley Zanahoria es que, por no ser un decreto nacional, ocurría que se bajaban los niveles de consumo de alcohol y criminalidad en la ciudad, pero aumentaba en los municipios aledaños donde no existía la restricción. “Creo que si es algo nacional, impulsado por la Policía sería mejor”.

ZANAHORIA SE ALARGÓ

En el 2003, el último año de Mockus en la Alcaldía, las muertes por accidente descendieron a 23 por cada 100,000. Ese resultado, y la creencia de que tras siete años, la ciudadanía había interiorizado reducir el consumo de licor hasta cierta hora, flexibilizaron la medida. La hora de cierre de los bares y discotecas se alargó hasta las tres de la madrugada.

Hasta hoy, el actual alcalde, Luis Eduardo Garzón, lo mantiene vigente. Juan Manuel Ospina, segundo hombre al mando de la actual Alcaldía, coincide con Mockus en que la Ley Zanahoria ya es parte de la cultura ciudadana de Bogotá. “Ha prestado un servicio importante y ya fue interiorizado por la ciudadanía”.

Mockus dice que la gente se acostumbró a “rumbear” hasta esa hora “porque además eso le permite liberar el día siguiente” para realizar otras actividades.

Ospina dice que aunque la hora se prolongó en algunas localidades (distritos de la ciudad) se mantiene hasta la una. Eso depende de los niveles de consumo y de los índices de hechos violentos.

A pesar de los resultados de la medida restrictiva, las autoridades coinciden en que la hora zanahoria generó un mundo de fiestas ilegales que ha sido difícil de controlar. Uno de los efectos, ha sido la proliferación de clubes privados, que no están sujetos al cierre temprano ni al mismo control por parte de las autoridades. A esta figura se ampararon muchos bares y discotecas.

Luis Peña, administrador de Quiebra Canto, dice que esa fue la alternativa para no cerrar su discoteca a la una. Ahora cuenta con unos 4,000 afiliados que pagan una cuota anual y a los que no se les cobra la entrada. Si bien, Quiebra Canto está supervisada y debidamente autorizada, muchos clubes representan problemas para las fuerzas del orden.

“Tenemos que fortalecer y sofisticar el control sobre los clubes privados”, dice Ospina.

Además de los clubes, aparecieron los “after party”, fiestas ilegales que se celebran en casas privadas sin ninguna clase de vigilancia de la fuerza pública. Esta modalidad, además de licor después de las tres, mueve toda clase de drogas y es un negocio creciente, aseguran distintos consultados.

LA FIESTA SIGUE

Es sábado, 11:00 de la noche. Lissette está sentada en una acera de la zona rosa donde acaba de encontrarse con su amiga Alejandra Samudio. La pareja de amigas, que comparten estudio y trabajo, esperan a un grupo de amigos para entrar a una de las discotecas de la zona. A esa hora, en el sector rosa, hay abiertos unos 250 negocios entre bares, discotecas y clubes. La temperatura es fría. Las noches por estos días, son más heladas. Las amigas de maquillaje impecable, refugian sus manos en los bolsillos de las chaquetas. Ha empezado a lloviznar. El par de mujeres sin aflojar su cerveza en lata, la segunda de la noche, se refugia bajo el alero de una taberna. Aunque la noche se enrumba a la medianoche, las dos están frescas, ya no se sienten como la Cenicienta. La parranda todavía es joven, al fin y al cabo les quedan un poco más de tres horas para rumbear. Después de todo, la hora ya no es tan zanahoria.

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