La Bala sin Nombre (No Name on the Bullet; 59; Jack Arnold) comienza como una helada premonición, con la insidia amenazante de ciertos sueños: un hombre vestido de luto riguroso se aproxima a una granja. Sin prisas, deliberado, calmo, pregunta por la dirección del pueblo cercano. El perro acezante del granjero no ha cesado de ladrar, clarividente, con ese olfato infalible para detectar la presencia del mal que ciertos animales comparten con los niños. El espectador se mueve trémulo en su butaca.
El atuendo funerario del jinete es, en realidad, una metáfora de su naturaleza interior y de su oficio. Se llama John Gant, y a su nombre lo precede una reputación tan árida y ríspida como los rastrojos llevados por el viento del desierto. El villorrio al cual se encamina ha sido bautizado curiosamente (o quizás no tan curiosamente): Soledad. El jinete tiene su secreto y es parco en palabras.
El extraño, ya lo habrán adivinado ustedes, es un asesino a sueldo. Nadie sabe de dónde llega, y una vez logrado su cometido (alguien le ha pagado para que liquide a uno de los prominentes prohombres del poblado. Ni éstos, ni el espectador, están en condiciones de suponer la identidad de la víctima), se marchará a dónde sólo el demonio conoce. El forastero (la caracterización de Audie Murphy le concede un aire espectral, un gesto perpetuamente esquinado, un ademán fugitivo que es una cifra de un conflicto soterrado), únicamente con su presencia muda, desata una eclosión de paranoia colectiva como expresión de culpa compartida. Todos los pilares de la sociedad tenían algo que ocultar (hacendados, comisarios, banqueros, alguaciles, rancheros). Todos devienen culpables. El jinete ambiguo no era otro que el Ángel de la Muerte.