A Jorge Fiedler
Dormite Adolfito que tengo que hacer, lavar tus pañales, sentarme a coser. Cuando el Füerher oyó cantar a los hijos de Göebbels la típica canción bávara, recordó a su madre. Si este niño se durmiera le daría medio rial y si se despertara, se lo volvería a quitar. Los cuatro angelitos, dos varoncitos y dos mujercitas subidos en la pequeña tarima dirigidos por la Señora Göebbels, dulces y bonitos, callaron sus voces de cristal. A mi jefe la rabia impotente por la cercana derrota a veces le devolvía unas rachas de ternura.
El día que me entrevistó lucía cansado, los ojos alicaídos pero bien rasurado con el bigote negro, su recortado moscardón brillándole a la mitad del labio superior. Fue a medianoche, las medidas de seguridad eran extremas después del toque de queda, los bombarderos enemigos podrían incursionar. Bajamos estrechas escaleras que desembocaban en túneles largos interceptados por antecámaras cerradas con puertas de hierro. El asistente no nos hizo esperar mucho, estábamos nerviosas con los abrigos puestos, fui la primera en pasar, me hizo teclear el párrafo de un mensaje, me preguntó la edad y creo que mis veintiún años decidieron su elección.
Al caer las bombas se activaban las alarmas, se apagaban las luces y no teníamos para dónde agarrar, por eso estábamos en el búnker, el refugio más seguro de Berlín, sede del Reichtag durante la Segunda Guerra Mundial. El puesto de secretaria me cayó del cielo, no sólo era imposible sino inimaginable encontrar un trabajo en la ciudad vacía, bombardeada a tal punto que por la profusión de hoyos que mostraba su antiguo esplendor la llamaban campeona de golf. Mi urbe era una ruina humeante, un escenario lamentable de muros cortados y boquetes con entrepisos superpuestos sin paredes ni fachadas, un esqueleto de arquitectura lacerada y despellejada por donde deambulaban algunos sobrevivientes.
Yo no pertenecí a las juventudes nazis, era un tanto tímida y muy poco anuente a exhibirme en los estadios y las plazas, sin embargo me encantaban los desfiles, recuerdo que corríamos a alinearnos en las calles para verlos pasar. Los muchachos del sector se veían tan bellos como los dioses del Rhin, en shores muy cortos y camisetas blancas sin mangas, mostraban sus piernas musculosas y bíceps sólidos, las chavalas llevaban el pelo corto como los varones y poco se diferenciaban, aquello era una muestra exquisita y nutrida de jóvenes andróginos, rubios y de ojos azules, los mejores exponentes de la raza aria que salían de los gimnasios donde adiestraban el cuerpo con una disciplina férrea de tipo militar heredada de la cultura grecorromana.
De noche los espectáculos eran apoteósicos, entraban al estadio marchando y hacían acrobacias levantando antorchas por todo lo alto frente a la tribuna del Füerher, ¡Heil Hitler! saludaban gritando con un grito estremecedor. El arquitecto Albert Speer, favorito de mi jefe, era un genio de la escena, del espectáculo total concebido como un ritual sagrado donde la música de Wagner acompañaba el leitmotiv nazi de imponer al mundo el predominio de la raza germánica. La estética de Leni Refiensthal, captando toda esa belleza con su cámara no le iba a la zaga, era la mejor cineasta alemana.
Gritos, oí muchos gritos, en el búnker las rabietas de mi jefe al informarle su Estado Mayor que los aliados se aproximaban a Berlín y no tenían tropas para enfrentarlos, sus golpes sobre la mesa y frenéticos alaridos daban pavor. Del hospital subterráneo salían los gritos de los soldados cuando les cortaban los miembros con serruchos de ferretería y ni la más fuerte morfina los amortiguaba, también se oían los gritos del Staff borracho aligerando con abundante champaña sus últimos días de vida, en la alegre compañía de la mujer del Füerher la amable rubia Eva Braün que siempre me trató con especial cariño y me regaló un lujoso abrigo de zorros plateados. Sí, el búnker era muy ruidoso, a veces desde algún despacho entre los partes de guerra sonaban en la radio canciones del cabaret y de Kürt Weil, el único silencio triste ha de haber sido el de la noche en que la Señora Göebbels mató a sus cuatro niños dormidos introduciendo en sus bocas una capsulita de cianuro apretándola entre sus mandíbulas. Dormite mi niño, dormite mi amor, dormite pedazo de mi corazón. La pobre mujer horrorizada ante la próxima capitulación pensaba que no soportaría vivir con los suyos en una patria sin nacional socialismo.
El día que me quedé dormida y llegué tarde a la oficina mi jefe no me regañó, antes bien con mucha deferencia me pidió que huyera, que me salvara y no me quedara a morir con él, mi juventud ansiaba vivir, así que con casco y traje de camuflaje abandoné el búnker.
Hoy insisto y repito que nada vi, lo que apenas oí o teclee me pareció tan incomprensible y absurdo que jamás lo relacioné con el holocausto del que supe hasta después, solamente constaté de mi jefe, Mein Füerher, su odio absoluto a la compasión.
Posdata: En las calles de América Latina, grupos de niños juegan cantando este estribillo: yo no fui, fue Teté, pégale, pégale, que él fue.